viernes, 20 de abril de 2018

LA CRISIS DE 2008





LA CRISIS DE 2008


            En el año 2001 salieron a la luz cosas que ya tenían una existencia. Latente. Dos aviones se estrellaron contra las torres gemelas. Estaban cargados de pasajeros y, por primera vez, los medios de transporte eran utilizados como bombas humanas. Antes se habían utilizado como bombas pero ahora el mismo piloto era una bomba; los vehículos se habían usado para matar, sí, pero ahora se usaban para morir matando. El suicidio iba a convertirse en arma de combate. Mucho antes había habido ya ejércitos suicidas, los más conocidos eran los del Japón; pero ahora los objetivos ya no eran militares. Lo que querían aquellos combatientes era morir matando al mayor número de personas posible. Apareció el suicida convertido en arma de destrucción masiva. Con Hitler se había buscado la destrucción de poblaciones enteras, pero el que mataba no pretendía morir; los kamikazes morían para matar, pero mataban soldados, no poblaciones indefensas; la novedad de los asesinos islámicos era que morían para matar civiles, cuantas más víctimas mejor. Se habían empeñado en patentar una nueva versión de la masacre de los inocentes. Derrumbaron, en las torres gemelas, el símbolo económico de la cultura occidental. Nueva York.
            Los locos islámicos inauguraron la era de la muerte total. Morían en esta vida para ganar el más allá. Y con ellos debía morir cualquier rasgo de existencia no islámico. El rasgo común a casi todas las religiones (sacrificar esta vida para ganar la otra) había sido criticado por Nietzsche como la cobardía de los resentidos, de los fracasados, de los débiles. A Nietzsche no le dolía que hubiera gente que fracasara después de luchar; lo que le dolía era el fracaso de la gente que no luchaba, de quienes fabrican un dios y luego se entregan a él, de quienes disfrazan su cobardía como valor porque no tienen agallas para luchar de veras. La debilidad que él condenaba no era la del enfermo que lucha por salvarse, sino la del sano que quiere morir; la debilidad de quien ha renunciado a la lucha y se inventa un combate falso con enemigos inexistentes: para tener la ilusión de vencer cuando lo único que hace, suicidándose, es demostrarle al mundo su derrota. El terrorismo islámico es la voluntad de no querer nada, voluntad disfrazada de quererlo todo, voluntad de poder: ese deseo de ser impotente es la verdadera rebelión contra Nietzsche. Nietzsche, mofándose de la compasión convertida en espectáculo, era compasivo de verdad. Ser bueno no es matar para ir al cielo, sino respetar tu deseo de vivir en la tierra. Nietzsche criticó, en las religiones, a toda la cultura occidental. Ahora, en oriente están rescatando al occidente enfermo que criticaba Nietzsche; y de nuevo se libera el virus de aquella terrible enfermedad. Dios, poderoso, quiere que el ser humano sea impotente; y el ser impotente se destruye para no poder ser nunca el reflejo de dios; dios, que nos creó desde el principio como un pálido reflejo de sí mismo, a imagen y semejanza suya. Y ahora no queremos parecernos a Nietzsche. La rebelión contra Nietzsche esconde, terrible paradoja, la última rebelión contra dios. Las religiones despiadadas son un último eco del canto del cisne de las religiones.


            Los  países islámicos son una fuerza de trabajo desparramada por el mundo: fuerza cargada de energía, pero sin materia sobre la que trabajar; sin instrumentos de trabajo, pues hasta las bombas con las que matan han sido producidas por occidente (e incluso el reloj que tiene Bin Laden en la muñeca, cuando lo graban con la Kalashnikov); fuerza sin tecnología, trabajadores sin ingenieros, sólo les queda la ideología como fuerza de combate; como no pueden luchar por la vida porque no tienen recursos, luchan contra ella; pero necesitan disfrazar de potencia esta rebelión de los impotentes. Porque, debajo de la agitación islámica, lo que hay en sus mentes es un sentimiento de frustración, un futuro hipotecado, un presente postrado, por suerte, sólo hay una llama que brilla con resplandor: la del pasado. El pasado (predicaciones, invasiones, califatos, territorios llenos de emires) es la gasolina que alimenta la llama; y la llama salta con la chispa de la necesidad mezclada con el poder: necesidad de la inmensa mayoría, desgarrada entre el hambre y la incultura; y poder que sale del petróleo, que es el arma que les permite comprar tecnología sin desarrollo. Sobre una mentalidad generalizada de postración secular crece una mentalidad coyuntural de poder ficticio; y ésta se encarna en una yihad que arrasa el mundo a sangre y fuego, pero que tiene sus días contados: porque nadie puede construir destruyendo. Lo ilustró muy bien Ortega y Gasset comparando a Napoleón con Gengis Khan: el primero espoleó la guerra para extender sobre Europa la cultura y el culto de la libertad; el segundo no extendió sobre el mundo más que la guerra; y si hoy sobreviven muchas cosas de Napoleón (entre ellas el código de leyes que lleva su nombre), de Gengis Khan no quedan, desparramadas en la historia, más que sus cenizas.
            El mundo que está sembrando la yihad no es el de la competencia, sino el de la competición; no busca desarrollarse, sino adaptarse; la agresión y la guerra sustituyen a la felicidad y la plenitud. Pero sucede que las culturas que permanecen en la historia tienen una doble raíz en sus corazones: sentido crítico para tocar tierra en la realidad, y entusiasmo para anclar el presente en la utopía; el realismo del presente debe prolongarse hacia el futuro en un horizonte de plenitud. Si no se dan esos dos ingredientes, las sociedades desaparecen; y en el islam del terror hoy no se da ninguno de ellos.
            De modo que los éxitos del islam hay que buscarlos en los fallos de occidente. Y, dentro de occidente, de Europa. Una Europa deshumanizada ha crecido (está creciendo) en las entrañas del atlantismo; junto con la Europa del humanismo y de la humanidad. En esa misma Europa todavía florece la irracionalidad en sus estertores (dos muestras terribles son las dos guerras mundiales). Pero indudablemente occidente es, hoy por hoy, la cultura de la vida: sus dos caras son como la cara y la cruz de la misma moneda; el atlantismo es su versión más primitiva, puritana y militarizada; y el europeísmo su rostro más humano: con Kant y con la epifanía de los derechos humanos.
            Occidente ha descubierto sus dos caras y ambas se completan la una a la otra: la defensa del individuo (en el liberalismo) y la defensa de la persona (en el socialismo y la socialdemocracia). Marx es un producto típicamente europeo: pero tenía rasgos despóticos, orientales; queriendo redimir a la humanidad, ha construido, sin querer, imperios terribles. Sin embargo Kant, europeo hasta la médula, es profundamente occidental sin ninguna contaminación del despotismo de oriente. Sólo Europa ha sabido construir sobre tierra lo más parecido a un paraíso; que es el Estado del bienestar, el welfare State. Los Estados Unidos, compartiendo nuestra tradición democrática, no la han llenado de contenido humanístico: su cultura es menos espiritual y más despótica; y hay, quizá, más rigidez mental donde tenía que haber más espiritualismo. Y estando profundamente hermanados (porque compartimos las libertades de occidente), hay algo que nos separa al europeísmo y al atlantismo: el amor por la humanidad en el primer caso; y en el segundo, la obcecación por el individuo.


            Este Estado del bienestar ha garantizado protección universal para los desprotegidos; y ha reconocido derechos humanos para todos. Pero los excesos del liberalismo dieron al traste con ello. Se empezó a decir que las empresas debían tener menos cargas sociales para producir más. Y el Estado, bajando los impuestos de los ricos, se quedó con menos recursos para ocuparse de los pobres. Los agujeros de la seguridad social tuvieron que ser colmatados por las obras de beneficencia; por las ONG y las asociaciones humanitarias. En oriente este vacío fue siendo ocupado por el radicalismo islámico. Los militantes crearon comedores populares y embriones de asistencia médica en los espacios abandonados por el Estado; y la caridad quedó asociada a una política agresiva; los ciudadanos, al votar por quienes les ayudaban  con la comida, votaban también a quienes les llevaban la yihad. Y así las masas se fueron radicalizando. Si occidente no hubiera desertado de la asistencia social, oriente no habría podido extender su mensaje de guerra. Esto rebotó contra occidente. El Estado Islámico contrataba con el dinero del petróleo a los musulmanes que en occidente malvivían con el paro; si en occidente no se hubiera retirado la seguridad social, la tercera y la cuarta generación de musulmanes no habría sido carne de cañón para los violentos. A esto se une que el racismo visceral que imperaba en las calles de Inglaterra o de Francia no habría despertado en muchos el impulso de volver a los orígenes; y de abrazar una cultura de la opresión después de haber estado, sin conocerla verdaderamente, en la Francia de la libertad. También en España se llegó a gritar un día, sin que la gente se sonrojase lo más mínimo, “¡que vivan las cadenas!”
            Estas cosas empezaron a pasar en Europa en las postrimerías del siglo XX. Pero en el año 2008 el sistema se colapsó. Se hundió la bolsa de Nueva York,  la riqueza cambió de manos y se hundieron también muchas empresas. El paro se disparó. Y como habían vivido en el Estado del bienestar, mejoró la asistencia sanitaria y los viejos ahora se morían más viejos; había que pagar más pensiones. Los jóvenes, en su deseo de buscar la felicidad, se extraviaron en el placer y, para huir de las privaciones, tuvieron menos hijos; había menos gente para trabajar, y por lo tanto menos cotizaciones, y el Estado se quedó con menos dinero. Siguieron oyéndose las voces de que había que bajar los impuestos para que las empresas produjeran más. Al mismo tiempo había que rescatar a los bancos, que se hundían sin liquidez. El cóctel fue explosivo: el número de parados se triplicó en España y el dinero que tenía el Estado para atenderlos siguió bajando; y como muchos de aquellos parados se habían endeudado para comprar casas en los tiempos de bonanza, se ejecutaron las hipotecas y empezaron los deshaucios. Al mismo tiempo España se endeudaba y tenía que pagar la deuda externa. El equilibrio presupuestario, al asfixiar al país, asfixió también a las comunidades autónomas, a las diputaciones, a los ayuntamientos. La única política posible era una política de recortes. Menos jueces, menos médicos, menos maestros, menos ambulancias, menos de todo. No fue por culpa de Rajoy. También lo había empezado a hacer Zapatero, que tenía un corazón inmensamente más grande. No había dinero para gastar, la realidad mandaba.


            El mismo vacío que aprovecharon los radicalismos islámicos (el de la asistencia social) lo aprovechó el nacionalismo catalán. La culpa no era de la crisis: era de España. España nos roba. Y la ideología, lenta y soterradamente supurada en las escuelas, produjo, después de cuarenta años, un inmenso lavado de cerebro. Sólo unos ojos deslumbrados por la ficción pudieron ver sometimiento donde había libertad. Los mismos espacios que repoblaba Israel con viviendas judías para que no pudieran volver los palestinos, los repobló la ideología catalana para que no pudiera volver la verdad, enterrada bajo cascotes de mentiras; entiéndase, mentiras ideológicas. Y lo peor fue que los políticos no supieron estar a la altura de las circunstancias. Todos, desde Iglesias hasta Rajoy, pasando por Sánchez y la mismísima Colau, se la pasaron defendiendo intereses mezquinos sin amplitud de miras; como si un ciclista se entretuviera mirándose las ruedas en lugar de mirar el horizonte. Enfrente, en el bloque catalanista, se extendía un movimiento populista cuya calidad democrática caía a marchas forzadas y adquiría lentamente ribetes cada vez más parecidos al fascismo. Y lo defendía una izquierda demodada y obsoleta. Quienes representaban a la clase trabajadora defendían a capa y espada, en Cataluña, los intereses de la burguesía. Valle Inclán resucitado: ¡el esperpento!
            ¿Qué nos quedaba a los españoles con la crisis? ¿Luchar? ¿Contra quién? ¿Contra el gobierno? El gobierno poco podía hacer, tanto si mandaban los unos como los otros, porque había que mantener el equilibrio presupuestario: “no se construye un paraíso social”, decía aquel loco, “sobre ruinas económicas”. Pero no se trataba de construir un paraíso; se trataba simplemente de evitar el infierno. Entonces, ¿contra quién había que luchar? ¿Contra el Estado? ¿Que se hundiera Roma para que entraran los bárbaros? Ya sabemos contra quién lucha Rajoy, contra quienes quieren que también colaboren los empresarios. Pero Iglesias ¿contra quién lucha? ¿Contra nosotros mismos? ¿Contra España? ¿No hay ninguna izquierda que quiera defender a los pobres sin cargarse a los pobres y a los ricos? ¿No hay nadie que tenga visión histórica, sentido de la responsabilidad, preocupación por el futuro? Hoy, más que nunca, hace falta escuchar el imperativo de responsabilidad. Ya lo dijo Hans Jonas: actúa de tal manera que mañana siga siendo posible la existencia de una vida humana sobre la tierra.  
            La solución no es matar ricos, como en el 36. Ni sinvergüenzas, ni ideólogos, ni aprovechados, ni fanáticos. La solución es crear utopías y ser listos. Creer que es posible un mundo mejor y para eso es necesario conservar el que hemos creado ya, aunque no sea perfecto: Europa. Aunque siga habiendo cosas que no nos gusten. Aunque a veces se nos escarapele la piel. Si para salvar a los pobres nos cargamos a Europa so pretexto de atacar a los malvados que viven en ella, es que vamos al suicidio. Atacar a España desde Venezuela es preferir el despotismo. Menospreciar la democracia que tenemos. Suele ocurrir que no vemos lo que tenemos precisamente porque lo tenemos cerca, y solamente lo podemos ver claramente desde lejos; así, no valoramos la libertad más que cuando la hemos perdido. Europa es, con todos sus defectos, la única isla de humanidad que flota en el mundo. La quiere destruir Rusia, y su arma es la división. Rusia alimenta cualquier foco de división que hay en Europa. Le ha venido bien el bréxit en Inglaterra. En Francia y Holanda no ha podido lograr que gane el Frente Nacional, lo está intentando ahora con Cataluña. ¿Qué quedará en el vacío de una Europa dividida? El nacionalismo. Las naciones europeas, espoleadas por ideologías agresivas y excluyentes, se enfrentarán entre sí y Rusia se frotará las manos. La mejor de sus visiones sería una guerra europea. También Donald Trump ha querido dividirnos, pero Estados Unidos son el atlantismo y comparten, con nosotros, la idea de occidente; por mucho que algunas voluntades en la superficie quieran cosas, no pueden evitar ser arrastrados por corrientes subterráneas; y la corriente que arrastra a Europa rema en el mismo sentido que la que arrastra a los Estados Unidos. Hubo un momento, cuando cayó el bloque soviético, que se habló de integrar a Rusia en la casa común europea. No fue posible. No era posible. Rusia no estaba madura para dar el vuelco hacia el humanismo.
            Oriente es, como lo era desde las guerras médicas, el despotismo. Y aunque Grecia se hiciera despótica cuando invadió Persia, y Roma cuando se adueñaba del Meditarráneo, el espíritu grecorromano era el de una humanidad fecundada por el cristianismo (que también en sus momentos despóticos masacró a diestro y siniestro). Toda la antigüedad, toda la Edad Media fueron campos de exterminio, pero la política flotaba sobre un terreno fértil lleno de semillas: semillas de humanidad, que venían de Grecia, del cristianismo; y cristalizaron los ideales de la Revolución francesa a pesar de la guillotina y de las guerras. Hasta llegar a Kant. Y a Andrés Laguna, que teorizaron lo mismo pero sin las guerras.


            Lo interesante del cristianismo es que viene de oriente. Es la prueba visible de que en oriente hay también semillas de humanidad. Pero todavía no cristalizan. En oriente tenemos la intransigencia islámica. La intolerancia rusa. La opresión deshumanizada que palpita en China. Y algunos brotes de demencia en Corea del norte. Sin hablar de la intolerancia religiosa en Indonesia, en Filipinas. Pero hay islotes de occidente (aunque de colores muy tenues) en la India y en Japón; por supuesto que en Australia; y en Nueva Zelanda. Al ver un mapamundi está claro que oriente se enfrenta a occidente. Quienes, desde Podemos u otras atalayas, se alinean contra occidente, se está equivocando de enemigo.
            Entonces ¿qué tenemos que hacer? Salir de la crisis sin salir de Europa. La crisis le ha quitado a Europa lo mejor que tenía: la humanidad. Hay que salir de la crisis sin dejar de ser europeos porque el mayor peligro no es el terrorismo islámico, sino que estallemos nosotros mismos desde dentro. Europa debe mantenerse unida. No debe desaparecer. Y, cuando las circunstancias lo permitan, recuperar lo más sagrado de nuestras esencias: la seguridad social; la educación gratuita; la justicia renovada, independiente y buena; la solidaridad; la persona que nos enriquece, la densidad del individuo; la humanidad y la cultura, que la cultura nos humaniza; la objetividad en la historia, el sentido crítico; la búsqueda de la plenitud, la naturaleza que nos lleva, la espiritualidad que hemos perdido; la libertad, la democracia. Todo eso está en peligro. Lo perderemos si nos suicidamos, como se pierde el islam en el suicidio. Saber bien adónde vamos, adónde queremos ir, tener amplitud de miras. No confundir la solidaridad con los pobres con la defensa de los intereses que nos fagocitan; y nuestros intereses, hoy por hoy, no están en Venezuela ni en Rusia. Si Cataluña se les entrega y acaba en sus manos, estará dando un gran paso hacia oriente y se desconocerá a sí misma. Lamentará luego haber abandonado la tierra que fue su cuna.
            No caben hoy las revoluciones marxistas. Si Marx levantara la cabeza seguro que renegaría de sí mismo. Hace falta estar ciego para no darse cuenta de su fracaso. Pero en su propio fracaso se encuentra su éxito: si falló la teoría, todavía está vivo el espíritu, la emancipación de los oprimidos; la búsqueda de la felicidad sobre la tierra y, de la mano de Nietzsche, la esperanza de que el espíritu del cielo no nos robe esta tierra que nos pertenece: la tierra donde hemos nacido; que es, en sentido propio, el espacio limitado por la cuna y la tumba, y en sentido figurado, una búsqueda de plenitud: cada tiempo tiene sus jalones en esta búsqueda, y el tiempo presente lo ha encontrado en Europa. Europa tiene que ser, en adelante, la cuna de las utopías realizables, pero realistas; ideales, pero libres; y que el ansia de un mundo nuevo no nos impida evitar los cantos de sirena, las ganas de felicidad que esconden bajo sus alas el despotismo; hay que saber mirar para no dejarse deslumbrar por las apariencias.
            Esta crisis durará lo que tenga que durar. La agresión islamista se enquistará en nosotros durante muchos años, pero no constituirá un peligro de fondo. Dentro de nosotros hay un lobo malo y un lobo bueno: hay que alimentar al lobo bueno, que el mismo país que ha engendrado a Trump ha engendrado también a Obama; de modo que América podrá tener sus diferencias con Europa, pero en el fondo son dos hijas de la misma madre. Como llamaba Laguna a la unidad de Europa frente al peligro turco, así debemos hacer nosotros frente a Rusia. Pero Laguna parece que escribió un Viaje de Turquía que quería comprender al adversario en lugar de atacarlo; ponerse en su pellejo: así nosotros también con Rusia; debemos empaparnos de la cultura rusa, apreciarla y conmovernos; despertar las semillas de bondad que duermen en ella, impregnarnos de Turgeniev; de Chejov, de Tolstoi, de Tchaikovsky; sumergirnos en sus cuadros, en sus películas, en su folklore, en sus edificios; Einsenstein y Dostoievsky; sólo el conocimiento, crítico y espiritual, realista y soñador, del espíritu ruso nos permitirá aspirar la plenitud bajo la superficie; que hay un corazón ruso debajo de la voluntad descorazonada, mucho Raskolnikov debajo de Putin. Rusia es, hoy, nuestro peligro, pero aspiramos a una casa común y será también, un día, nuestro futuro.
            Mientras tanto las ONG trabajan por la gente pobre. Hay mucha solidaridad bajo tanto egoísmo, pero no hay que permitir que el amor al prójimo nos nuble la vista: como cuando queremos tanto a un pajarillo que las ansias de ternura se agarran a la mano y, queriendo acariciarlo, lo ahogan; no, no hay que dejar que nuestro amor le lleve al prójimo la asfixia en nuestro arrebato por ayudarlo. Ada Colau se cubrió de gloria cuando defendía, como abogada, a los deshauciados; hoy, como alcaldesa de Barcelona, y sobre todo como miembro de su partido, ya no se sabe qué intereses defiende. También Sendero Luminoso mató sin piedad, y en su afán murieron pobres y ricos, queriendo ayudar a los pobres. Hoy la crisis nos plantea profundos retos. Uno de ellos es no empeñarse en defender al débil con ideologías desfasadas, obsesivas, inoperantes y suicidas: tener demasiado corazón a veces es lo mismo que ahogar abrazando. La única solución es escuchar al corazón con la cabeza; y no desesperarse si hay bolsas de pobreza que no podemos erradicar, y abusos en el mundo que no podemos arreglar, no desesperarse; hay cosas intolerables pero no es bueno perder la paciencia. Y mirar en el horizonte sin perder el rumbo, porque en él está anunciado, aunque tarde, como una redención inexorable, el destino de la humanidad. Será el lucero del alba.




viernes, 13 de abril de 2018




OCCAM Y LA CULTURA DE LA IMAGEN  


             Un signo es una realidad con significado. El significado es una intención del alma (a no ser que se trate de señales, en cuyo caso sería más bien una atención del alma). Vayamos por partes:
Una intención del alma es cuando ponemos cosas dotándolas de significado. Pulgarcito dejó piedras en el camino para marcar el camino de vuelta; para él esas piedras no eran piedras sino avisos, marcas, señales que identificaban, entre todos los caminos posibles, cuál era el que tenía que tomar para volver a casa. Un marcapáginas es una señal que ponemos en el libro para saber hasta dónde hemos llegado con nuestra lectura. Y una fotografía es una señal que hemos puesto debajo de un nombre para identificar a una persona.
            Una atención del alma es cuando atribuimos significado a las cosas, convirtiéndolas en signos cuando descubrimos relaciones lógicas entre ellas. Esos signos son causados por sus significados cuando no se parecen a ellos; el humo es causado por el fuego, el agujero es producido por la bala y la herida ha sido abierta por el bisturí. En la película de Jean-Jacques Annaud, Fray Guillermo estudia unas pisadas que hay en la nieve sobre una pendiente; las que suben son menos profundas que las que bajan: la razón es que, al bajar, el fraile iba con un peso encima, posiblemente el cadáver de otro fraile; lo dejó al fondo del terraplén y por eso al volver, sus pisadas eran menos profundas.
            Los signos intencionales sirven para comunicar; la atención a los signos, para descubrir. El investigador debe estar atento a las señales que tiene delante para poder interpretarlas. En algunos casos esas señales se parecen a lo que representan, como una foto se parece a su modelo o una estatua se parece a su personaje; en otros casos no se parecen, como el humo no se parece al fuego ni la pisada al pie; en el primer caso hablamos de imágenes; en el segundo, de huellas; tanto las huellas como las imágenes pueden servir para expresar cosas (como el pintor del Escorial firmaba con un caballo blanco, o el ciudadano se identificaba con una bandera, o aquella sociedad secreta firmaba con el dibujo de una mano negra); o para estudiarlas (como los huesos del paleontólogo o las huellas de Fray Guillermo). Hay, pues, signos para llamar y signos para entender.
            Hay otros signos que no se parecen a lo que representan pero tampoco son causados por sus significados: son las palabras. La herida es una señal que avisa de la presencia del bisturí, pero la palabra “bisturí” sirve para señalar el bisturí que estamos buscando y para hacernos preguntas acerca de él. Una chaqueta en el asiento de un cine sustituye a su dueño para indicar que la silla está ocupada: ésa es una señal entendida como mensaje lanzado por su dueño; pero un papel con la palabra “ocupado” produce también el mismo efecto. Las palabras reemplazan o sustituyen (a veces pueden suplantar) a una pluralidad e individuos; por ejemplo el término “hombre” sustituye a todos los hombres individuales. Occam decía que las palabras sustituyen a las cosas a las que se refieren (es la teoría de la suppositio; “suppositio” significa en latín “sustituir”).


            En la teoría de Occam las imágenes y huellas no producen intelección, a menos que conozcamos previamente la realidad a la que se refieren; un círculo rodeado de otros círculos es ininteligible (a menos que conozcamos lo que es un átomo, en cuyo caso lo identificaremos con un núcleo rodeado de electrones); o un montón de esferas apelotonadas como una frambuesa es imposible de identificar (a menos que sepamos que es el ojo de un insecto fotografiado con muchos aumentos). Las palabras, en cambio, sí producen intelección, o lo que es lo mismo: desarrollan nuestra inteligencia.
            La idea de Occam es muy sugerente si la trasladamos a la cultura de la imagen. Una imagen (decían los chinos) vale más que mil palabras, y era porque la escritura china es tan compleja que resultaba más fácil dibujar que escribir. Pero con Occam sabemos que una palabra vale más que mil imágenes; por lo tanto, leer una novela nos enriquece mucho más que ver una película. Si la novela habla de un coche nosotros nos tenemos que imaginar cómo es el coche, atendiendo al contexto y, muy especialmente, al lugar y la época; pero una película te lo muestra tal y como es y te ahorra, por tanto, el trabajo de imaginarlo.
            Si nos atenemos a la teoría de la evolución, veremos que el progreso ha consistido en sustituir el tacto por el olfato, el olfato por la vista y la vista por el oído. Los mamíferos primitivos tenían un lóbulo olfatorio muy desarrollado, pero los insectos tenían antenas como los gatos pelos en el bigote; nuestro lóbulo olfatorio se ha atrofiado bajo la masa encefálica en la que se han desarrollado, como flores en primavera, el lóbulo occipital (que controla las imágenes) y el lóbulo temporal (que controla el habla con las áreas de Broca y de Wernicke). Evolucionar es, por consiguiente, pasar del contacto al olor, del olor a la imagen y de la imagen al sonido; un animal que habla es más perfecto que un animal que ve; y leer es siempre más interesante que mirar una pantalla. Cuando los seres antropomorfos se hicieron arborícolas necesitaron dominar las tres direcciones del espacio para no caerse, y desarrollaron una visión estereoscópica; pero cuando el cambio climático destruyó la selva necesitaron dominar no sólo la realidad presente, sino también sus posibilidades; y desarrollaron una forma de comunicación infinitamente más potente que la imagen: el lenguaje. Sin embargo hoy la tecnología está sustituyendo otra vez los sonidos por imágenes, arrastrándonos a una involución que es una evolución al revés, y estamos andando hacia atrás como los cangrejos. Es más, la imagen se ha convertido en soporte de videojuegos, y más que entender una historia nos interesa ahora demostrar nuestra destreza manual apretando botones. En otras palabras: de la inteligencia abstracta (con los conceptos) retrocedemos a la inteligencia concreta (con las imágenes) y ésta sirve de trampolín para proyectarnos hacia la inteligencia sensomotriz: que es la que tienen los niños de menos de un año.


            O sea que la cultura de la imagen nos está atontando. Cierto, también podemos crear poesía con las imágenes, pero eso nos obliga a proyectarlas hacia el concepto, y necesitamos símiles, metáforas, metonimias, sinécdoques, hipérboles, ironías y mucha interacción, la mayoría de las veces compleja, entre la imagen y el sonido; pero eso a nuestros jóvenes no les interesa, y en cuanto ven más de dos secuencias del Potemkin nos mandan parar porque “eso ya raya”; prefieren unas secuencias de Torrente, que produce encefalogramas planos.
            En resumen: en Occam (siglo XIV) encontramos herramientas para hacer una buena crítica de la sociedad en la que estamos; porque las huellas y las imágenes nos enriquecen si van asociadas al lenguaje, sea éste de imágenes, sonidos o palabras; pero las imágenes solas, al margen del entendimiento, sólo pueden atrofiar la mente de los jóvenes; y éste es un producto desastroso del progreso, que debería desaparecer, si queremos, fecundando las imágenes con palabras. Para eso, desde luego, hay que echarle voluntad al asunto. Y estar dispuestos a ponerle esfuerzo al consumo pasivo de imágenes para mantener vivo nuestro esqueleto cerebral; sin asustarse de tener que rayarse un poco cuando eso nos obligue a pensar, tan pronto como empezamos a enriquecernos, con nuestras mentes demasiado cómodas y atrofiadas.




viernes, 6 de abril de 2018

DIVAGACIONES SOBRE LA FE



Breviario de filosofía.



DIVAGACIONES SOBRE LA FE
(VER PARA CREER)



  1. Credo quia absurdum.

            Creo porque es absurdo: así decía Tertuliano. Nada más absurdo que la virginidad de María; que una mujer dé a luz sin haber tenido contacto con ningún hombre no tiene sentido porque, por definición, la especie humana se reproduce sexualmente. Habrá quien diga que dios la fecundó con el espíritu para que naciera Jesús. También ha habido pueblos que creían en el poder fecundador de los espíritus mientras relegaban la unión sexual a mera forma de placer, despojándola de cualquier influencia en la reproducción: así lo plantea Jean-Marie Auel en El clan del oso cavernario. El fondo de la cuestión es reconocer que sólo podemos creer lo que es absurdo; las cosas que se entienden se descubren investigando, no hace falta creerlas.
            También era absurdo afirmar que existía la energía negativa; por eso sólo se tomaban, de las ecuaciones de Maxwell, las soluciones positivas; las que tenían signo negativo se ignoraban. Hasta que se le ocurrió a Dirac que las soluciones negativas podían tener sentido físico: lo cual parecía absurdo, y lo trataron de loco; pero se descubrió que la energía negativa también existe y le dieron el premio Nóbel de física; acababa de descubrir la antimateria.
            Dirac, como Tertuliano, propuso creer en algo que parecía absurdo, pero había una diferencia: que el absurdo de la concepción sin espermatozoides se resolvía mediante intervención divina y había que creer en algo sobrenatural; mientras que el absurdo de la antimateria se resolvía dentro de los límites de la naturaleza, ampliando sus leyes. Además, se pudo comprobar experimentalmente la existencia de la antimateria, mientras que no se ha comprobado nunca que los espíritus fecunden los cuerpos. Una hipótesis científica es un absurdo provisional que acabará teniendo sentido lógico o empírico; una creencia religiosa es un absurdo que no tendrá sentido nunca. La fe del científico es, pues, un salto en el vacío, pero la orilla desde la que saltas no te deja ver, desde la bruma, la orilla a la que llegas; y crees que esa orilla existe, pero no lo puedes demostrar y por eso te arriesgas: calculando y observando lograrás demostrarlo algún día. Pero el absurdo de Tertuliano no se aclara nunca: creer absurdos sobrenaturales es lanzarte desde una orilla como si hubiera enfrente otra orilla, pero ni la hay ni hay ningún banco de niebla que te la oculte.
            Los absurdos científicos son, además de provisionales, definibles. Son ideas locas que no engendramos para permanecer en la locura, sino para salir de ella. Pero los absurdos religiosos son locuras permanentes de las que no se sale nunca. Es verdad que cada cual puede ser feliz abrazando sus propias locuras, siempre que no se las imponga a nadie ni cimente sobre ellas persecuciones y cazas de brujas. También hay absurdos ideológicos, cosas que todavía no existen pero existirán algún día: son las utopías; y, como los elementos de Mendeleiev que no existen en la naturaleza de nuestro planeta, pero en algún sitio se descubrirán poco a poco: así también las utopías podrán un día realizarse a menos que se conviertan en quimeras.
            Muchos misterios hay en la vida. Muchos enigmas que la naturaleza tiene que resolver, utilizando a los científicos como detectives. De la misma manera si a nadie se le ocurren posibilidades utópicas, la sociedad no mejorará nunca: pero hay que vigilar que las utopías no sean quimeras sobre las que se construyan sociedades terribles; como las locuras del científico, deben estar atentas a que haya orillas en la niebla donde sólo vemos el vacío de un abismo. Un absurdo es algo inexplicable con la ciencia que tenemos ahora, pero perfectamente explicable con la ciencia que vendrá después. Hay que huir de esos otros absurdos, demasiado peligrosos, que no se explican nunca; sobre ellos pueden levantarse sociedades opresoras y crueles; y no nos dejan disfrutar del absurdo vigorizante, apasionante y lúcido, que llena de sustancia las limitaciones de la vida.


2. La razón y la fe.

            Durante mucho tiempo se han observado huesos que no correspondían a ningún animal de los que existen. En China se han interpretado los dinosaurios como dragones. Mucha gente ha creído que eran huesos de animales desaparecidos, han entendido que sólo de esa manera los podrían explicar.
            Pero otros han supuesto que tales animales desaparecidos eran nuestros antepasados. En la clasificación de los animales, tal y como la vemos en Linneo, se comprueba que las ramas muy próximas se parecen mucho entre sí: ¿por qué no pensar que proceden de un antepasado común? Esos antepasados han desaparecido y de ellos sólo quedan algunos huesos.
            Así, pues, los huesos de animales desaparecidos pueden interpretarse de dos formas: o como animales actuales que se han extinguido (al lince ibérico podría pasarle eso) o como animales pasados de los que procedemos nosotros (como el homo erectus); el primer punto de vista corresponde al fijismo; el segundo se conoce como evolución.
            ¿Cómo explicar la evolución? Lamarck dijo que si las jirafas estiran el cuello sus descendientes nacerán con el cuello más largo. Hoy nadie lo cree, porque sería como afirmar que si yo estudio filosofía mis descendientes nacerán con una vasta cultura filosófica; o si fortalezco mis músculos en el gimnasio mis hijos nacerán con músculos fuertes como los míos; sería estupendo que si quiero tener ingenieros entre mi descendencia bastara con que yo estudiara ingeniería. La idea, desde luego, es atractiva, pero nada realista: es muy fantasiosa.
            Darwin pensó, por el contrario, que en la naturaleza a veces nacen individuos extraños: unos nacen con seis dedos, otros con dos cuerpos unidos por la cintura, otros con los dedos palmeados, unas mariposas blancas de repente tienen entre su descendencia alguna mariposa negra… Pero no todos perduran. Sobreviven solamente las formas que encajan mejor con su medio; por ejemplo, si el bosque está cerca de una fábrica y los árboles están ennegrecidos por el humo, las mariposas negras no se verán cuando se posan en los troncos y no se las comerán los depredadores; como pasará, en cambio, con las mariposas blancas; es como si la naturaleza seleccionase algunas variedades y no otras que estuvieran menos adaptadas.
            Yo no he visto la selección natural por ninguna parte, pero he supuesto que existiría basándome en la observación de los hechos: y me conviene creer en ella, porque gracias a ella entiendo todo lo demás; diremos que la selección natural es una hipótesis, y de ella deducimos conclusiones que nos permiten predecir fenómenos nuevos; por ejemplo, si descubro una flor con un cáliz estrecho y profundo, puedo adivinar que existirán en ese mismo lugar insectos con una larga trompa o pájaros con picos largos y estrechos; fue lo que predijo Darwin al ver esas flores, y buscó esos animales y los encontró; el entender la relación que había entre esas flores y esos animales le hizo creer que esos animales existirían.
            Esto lo sintetizó San Agustín con dos expresiones famosas: creer para entender y entender para creer.
            Intellige ut credas: entiende para creer. Si comprendo cómo y porqué evolucionan las especies, entonces si veo una flor de cáliz estrecho tendré que creer que existen animales capaces de acceder a su néctar, y al final los encontraré.
            Mendeleiev creyó que los elementos estaban ordenados por números y pesos atómicos, y su famosa tabla ayudó a entender numerosos fenómenos químicos; el comprenderlos le hizo creer a su vez que existirían los elementos de su tabla que aún no se habían encontrado: se empezaron a buscar y se acabaron encontrando. Creemos para entender, y gracias a que entendemos nos abrimos de nuevo a la fe. Las creencias de partida son las hipótesis; las de llegada, las predicciones; todas las ciencias deben crear hipótesis iniciales para predecir fenómenos que luego tendremos que buscar; y en algunos casos, encontrar. Si creo que existen los átomos, podré entender las reacciones químicas y éstas, a su vez, nos harán creer en cosas que aún no habíamos visto. El caso más curioso es el de la física cuántica, que nos hace creer (porque lo exige el entendimiento, porque lo exige el cálculo, porque lo exige la matemática) en fenómenos incompatibles con la experiencia; fenómenos increíbles como la superposición, que consiste en admitir que una misma partícula puede estar en dos sitios a la vez.


3. Lo insólito y lo absurdo.

            Credo quia absurdum. Tengo que creer que existen cosas absurdas para que avance la historia. Pero “absurdo” se puede entender en dos sentidos: como algo contrario a la experiencia (es absurdo pensar que la tierra da vueltas alrededor del sol) o como algo contrario a la lógica (es absurdo pensar que existen círculos cuadrados); el primer absurdo es aceptable (y, más que absurdo, lo podríamos llamar insólito, extraño, misterioso); el segundo, no, (sería absurdo en sentido propio: lo inconcebible, lo que no tiene ni pies ni cabeza). La virginidad de una madre es algo insólito, pero no inconcebible. Y la ciencia es una inmensidad de islas emergiendo en un mar de cosas insólitas, no en un océano de imposibles. Es como si el mundo fuera un océano de posibilidades insólitas rodeado de tierras imposibles y del fondo de ese océano emergieran a la superficie miríadas de realidades.
            El mundo es un universo de seres animados o no. Entre esos seres hay una inteligencia agarrada a unos sentidos y a un cuerpo: esa inteligencia soy yo. Las cosas que me rodean y me envuelven se escinden en dos grandes bloques: por un lado está lo que conozco, lo que conforma mi experiencia; y por otro las cosas que no conozco aún, que son el terreno de lo insólito, lo exótico, lo extraño y misterioso: lo desconocido; pero más allá está lo que no se puede conocer, lo que, a fuer de absurdo, nos parece inconcebible. Entre lo insólito y lo absurdo están los límites de la realidad; de mi realidad. Que una partícula esté en dos sitios a la vez nos parece increíble, pero lo increíble ¿es aquí absurdo o solamente extraño? ¿Puede una partícula contravenir las leyes de la lógica y formar, al mismo tiempo, parte de la realidad? Quizá es como el objeto que proyecta dos imágenes en dos espejos, y en ello no hay nada imposible que nos saque de los límites de la realidad.
            Pues bien, cuando en mi experiencia aparece un hecho insólito tengo que creer que hay algo (una hipótesis) que me ayuda a comprenderlo, a integrarlo en mi experiencia, a ensanchar los límites de mi realidad; por ejemplo si veo flotar en el aire un globo tripulado por seres humanos, debo creer que está lleno de algo que pesa menos que el aire; y entonces entiendo que flota porque el globo es tan grande que el peso de sus tripulantes, unido al peso de ese gas ligero, es inferior al peso del aire que el enorme volumen del globo está desalojando.
            Comprender ese hecho me ayuda a creer también en otras cosas; por ejemplo, que si lo sumerjo en el agua tapándolo para que no se escape, ese gas también flotará. Así, si me dicen que si hunden ese globo en el agua y me preguntan qué creo que pasará contestaré sin pensármelo mucho. Comprender lo insólito gracias a mi creencia en la hipótesis del gas ligero me ayuda a creer que también flotará dentro del agua: ver para creer; creer para ver.
            Pero eso supone que tengo un criterio para distinguir lo que puedo creer de lo que no. En el evangelio se dice: “guardaos de los falsos profetas”. Dios en persona nos dice que no debemos creérnoslo todo con los ojos cerrados; incluso creer en él sería cuestionable si lo dice un profeta falso para apartarnos de él. Curiosa paradoja: si nos hacen creer en dios para apartarnos de él la única forma de acercarnos a él sería no creer en él; no creer en la palabra “dios” cuyo significado nos enseñan los profetas falsos; creer en quien habla sería requisito indispensable para creer lo que dice; el mismo dios nos dice que hay que pensar y dudar para identificar a quienes hablan en nombre de dios enseñándonos cosas incompatibles con la naturaleza divina.
            ¿Creer en absurdos, como decía Tertuliano? No: el evangelio lo rechaza; pero sí creer que más allá de nuestra experiencia hay hechos insólitos y estar siempre abiertos a todo, y dispuestos a admitirlos; ellos nos abren a mundos de creencias que pueden ensanchar nuestro conocimiento; pero no aceptar como verdaderas cosas contrarias a la lógica: y para ello debemos cuidarnos de no confundir lo extraño con lo absurdo, que, como nos pasó con las contradicciones, podemos pensar equivocadamente que no es sensato contradecirse cuando lo insensato es negar que nuestro aparato sensorial pueda llenar de contradicciones nuestra experiencia; y que no sólo confundimos las cosas insólitas con las absurdas, sino que el mismo absurdo puede ser necesario muchas veces para interpretar lo insólito.
            Pero la lógica sería un invariable manteniéndose idéntico por detrás de los cambios. Como la velocidad de la luz que resplandece, en el seno de la relatividad, como pilar que la sostiene, incombustible, intocable, invariable y absoluto. Y posiblemente eterno.
  




viernes, 30 de marzo de 2018

EL OJO DE DIOS



         A una distancia de años luz, en algún lugar del espacio, existe una nebulosa extraña; los astrónomos la llaman “el ojo de dios”. Parece que nos está mirando.
         En homenaje a Stephen Hawking.
  


EL OJO DE DIOS

 

¡Cantad, musas, la cáscara del cielo! ¡Cantad las bóvedas oscuras que envuelven nuestra nuez! Un día estallaron en la mente de los pueblos y se abrió el mundo. Penetró la vista en los abismos del cielo y se hundió en las tinieblas; se llenó todo de explosiones de historia, de poesía, fue carne preñada de verbo. ¡Calíope, Euterpe, cantad para mí! ¡Arrancad la música escondida en el espacio y traedla a mis oídos, donde vendrá la palabra, arrancada de los pozos del universo, preñada de tiempo en la placenta de la eternidad! Allá en el espacio mira, desde un fondo sin límite, la pupila celeste y extraña; la mirada rodeada de colores; el polvo perdido en el espacio; el ojo de dios.
¿Es nube de historia o corazón de galaxia? ¿Poética sin fondo o palabra sin decir? ¿Es música, es voz en el insondable silencio? ¿Es vida, es cuerpo, espíritu sin carne, o es carne sin cuerpo? ¿Es la voz de la carne o es la carne de un silencio? ¿El tremendo silencio del espacio en el que brilla, como un globo, la mirada de dios? ¿Es voz sin palabra la insondable nebulosa, es música, es aire, una mancha variopinta plantada en un ojo del universo, un hueco del espacio en los espacios del tiempo, un pozo del ser? En sus confines late como un poema la música del caos, los albores del tiempo, la cuna del espacio, Ginungagap.
Cantad, musas, la tremenda historia brotada en el seno de la poesía. Cantad los albores del tiempo, los orígenes del ritmo y el canto, la voz que fue vida y mientras lo era ya era palabra; de ella salimos todos, y cuando no habíamos nacido aún no estábamos allí para oírla, pero ya era, ya estaba, y estaba fuera del tiempo, ya existía. En las tinieblas brilla con bellos colores la mítica galaxia, la nebulosa misteriosa, la voz inefable y la extraña presencia, el ojo de dios.
El ojo de dios es una nebulosa que flota en el espacio en uno de sus confines. En uno de sus agujeros, en un universo sin límites, en un patio sin esquinas, sin arriba ni abajo ni superficie ni profundidad. Allí, en ese espacio negro, brotan como miles de flores los agujeros del tiempo, los extraños huecos del espacio, como agujeros negros, los pozos del ser. Son miles de fuentes de historia y poesía, y de ellas salen millones de gusanos, vientos erigidos como túneles del tiempo, música silenciosa, porque no estábamos nosotros para oír. Allí, en el ojo de dios, está la palabra. Y en millones de manantiales que brotan de nubes de espuma más allá de la cáscara del cielo, más allá de los confines del mundo, donde la bóveda duerme con su luz celeste, una cápsula en las tinieblas, nuestro planeta enquistado en el mundo, el sistema solar.
¡Cantad los violines del universo! ¡Cantad las cuerdas que vibran y en su vibrar construyen los átomos, los puntos de materia surgidos del espacio, electrones y bosones, los gluones, los quarks! ¡Ahí, ahí estamos nosotros envueltos de cielo! ¡Allí encapsulados, dormidos en la cáscara, aislados en el mundo, insensibles al dolor! Incapaces de sentir vibraciones, pero vibrando y sintiendo aún como cuerdas, no como seres humanos; dormidos en el tiempo, perdidos en el espacio, antes de nacer.
Cantad, musas, la fuente de poesía donde brotó la historia. El mundo sin espacio, el mundo sin tiempo, la vida y la palabra, el huevo del cosmos, el caos sin forma: Ginungagap. Cantad el tiempo donde no vive el tiempo, la vida sin cuerpo que fue cuerpo vivo antes de ser; la carne del verbo donde brotará todo, un cuerpo de música, pero cuerpo sin cuerpo, cantad a la vida: ¡cantad!




viernes, 23 de marzo de 2018

NASCITURUS



NASCITURUS
  

            Hubo un tiempo en que el aborto empezó a ser considerado una conquista. Los métodos anticonceptivos estaban prohibidos, o condenados por las iglesias, o eran inaccesibles al bolsillo de la gente humilde; se tenían hijos sólo por hacer el amor y uno no se podía organizar, no podía planificar su vida familiar, no era dueño de su destino; además, la naturaleza ha hecho a los hombres sacos errantes de esparcir semillas, y a las mujeres cuerpos ocupados donde los embriones crecen; el hombre, como el pájaro, deja su carga y se va; la mujer queda, como la anémona, plantada en el suelo custodiando esa carga que se hace dueña de ella durante nueve meses; el hombre carga y la mujer queda cargada; el hombre es como la pala que saca la tierra trozo a trozo; la mujer, como un carro que debe soportar esa carga hasta que la naturaleza la vacíe de su peso y la saque fuera; el hombre nunca deja de ser dueño de sí mismo (la mujer debe dejar de ser dueña de su vida para pasar a cuidar de otra vida que manda en ella); si los meses de embarazo pueden llenar de ilusión los corazones, también interrumpen los trabajos, laminan los estudios, destruyen los proyectos.
            La naturaleza nos ha hecho así. El hombre es un cuerpo que pasa y la mujer un cuerpo que queda: poblado por un ser que se ha instalado en ella pues crear vida es, para el hombre, soltar su ser y para la mujer, recibirlo como un inquilino. El niño que va a nacer es una carga que pesa sobre su vientre, que le come la comida, le martiriza la espalda, le absorbe su calcio y debilita sus huesos; el ser que va a nacer es como un vampiro que chupa las energías de la madre y la deja débil; lastra su cuerpo haciéndolo pesado como le pesan al porteador los fardos que transporta. Sujetad una piedra que pesa unos kilos, soportad su peso; caminad con ella a todas partes y al final del día notaréis, como quien no quiere la cosa, que os habéis cansado bajo ella: así vive la mujer con esa carga.
            La naturaleza ha decidido por ella. La vida cotidiana es un montón de cosas que hacemos por voluntad propia, otras las hacemos porque nos mandan (el médico, el trabajo, el maestro), y otras porque nos manda la naturaleza (engendrar a los niños, criarlos, estar vivos). Muchas de ellas nos obligan a aplazar proyectos, viajes, ilusiones; a la mujer la naturaleza la ha obligado a aplazar muchas cosas durante nueve meses; y luego, para dar el pecho, unos meses más; y otros para recuperarse; durante años vive media libertad porque la otra media se la ha llevado el hijo; es cierto que, si el hombre invirtiese la otra media que le corresponde, la servidumbre de ser padres quedaría reducida a la cuarta parte; pero en muchos hogares no es así y el hombre conserva toda su libertad en la mujer, que la pierde toda; así son las cosas en muchos sitios; así han sido durante mucho tiempo; así dejarían de ser si las cosas fueran como tienen que ser, si ser padres no fuera trabajar una de criada y otro de patrón, sino siempre hacer del trabajo una tarea compartida.


            Afortunadamente la naturaleza ha puesto el sentimiento. Allí donde están las tareas más ingratas están también las emociones más hondas. Parir es desgarrar la carne entre dolores y al mismo tiempo la más maravillosa de las experiencias. Pero la sociedad no ha puesto sentimiento en el sufrir. La mujer que vive explotada por su familia no siente la explotación como plenitud, ahí está el problema: que la misma mujer que sufre con resignación, con espíritu de sacrificio, la maravilla que supone concebir y dar la vida: esa misma mujer no soporta los sinsabores del sufrimiento que le produce la falta de resignación de su marido; el sufrimiento natural es un regalo, el que nos impone la sociedad es un castigo. La maravilla de sufrir por los hijos se convierte en una renuncia; la renuncia del hogar cuando no es hogar, sino cárcel.
            Por eso se empezó a pensar en el aborto como una liberación. No es que dar la vida sea una condena, pero estar atada a un ídolo es sufrir una condena a cadena perpetua; no hay ninguna alegría que te sirva de compensación por estar en la cárcel. Tu cuerpo es libertad en su sufrimiento, divino tesoro; tu casa es esclavitud en su alegría, horrible miseria. Luego están las violaciones. Violar a una mujer no es dar la vida sino utilizar su cuerpo; el violador decide disfrutar y la mujer, convertida en cosa, no puede ni siquiera dar su opinión; y encima carga para siempre, si prende la semilla, con el fruto que no ha buscado de una relación que tampoco ha querido. La ley del péndulo lleva las cosas al lado contrario: de parir sin decidir al “nosotras parimos, nosotras decidimos”; uno no es dueño de su vida cuando, atormentado por las pasiones poderosas, busca al sexo opuesto para desahogarse: no para procrear. Eso también  les pasa a las mujeres. Deberían poder decidir cuándo quieren tener un niño y cuándo, sencillamente, se quieren aliviar. En la violación está claro que no quieren ni lo uno ni lo otro. Pero en la administración de su propia vida deberían elegir.
            Para eso se inventaron los métodos anticonceptivos. Una educación insana los ha condenado como pecaminosos. Pero si dios ha inventado la templanza para comer sin abusar y seleccionar el momento en que debemos comer unas cosas y no otras; si el médico está para prescribirnos cuándo debemos comer verdura y cuándo carne: ¿no ha de decir lo mismo el médico del erotismo? Si debemos ordenar nuestra vida para disfrutar comiendo sin caer en la gula, ¿no vamos a poder ordenarla para disfrutar en la sexualidad sin caer en la procreación? Los alimentos sirven para dos cosas: para nutrirnos y para gozar; y la templanza consiste, seguramente, en ajustar la nutrición con el placer. También el erotismo sirve para procrear y disfrutar; y si la lujuria es procreación esclavizada en el goce, la represión es el goce esclavizado en el procrear; seguramente la castidad sea un ajuste razonado, liberando placer y felicidad, sentimiento y sensación, entre el instinto de disfrutar y el de procrear, reservando una ocasión para cada cosa; y buscando siempre el momento propicio: su kairós. Si dios es bueno no puede haber convertido la naturaleza en un pecado. No nos ha dado un cuerpo para condenarlo después porque si lo condenara se condenaría a sí mismo. Digo yo.


            Pero si el mundo nos ha condenado a procrear cada vez que gozamos, es evidente que estamos atentando contra la ley de dios; el colmo de lo perverso es poner en boca de dios lo que sólo ha podido salir del ser humano; porque dios nos ha hecho naturaleza y quien va contra la naturaleza va contra él. Y él ha puesto en nuestro cuerpo instintos sexuales imposibles de reprimir sin castigar artificialmente (y por tanto de manera perversa) a nuestro cuerpo; que no se diga que reprimir nuestra libido y lavar nuestra conciencia a costa de ensuciar nuestro inconsciente ha podido ser obra de dios; él nos ha creado para que vivamos sanos, y no cabe en ningún espíritu que nos haya querido dar armas para enfermar.
            Aberrante es la represión de la naturaleza: perversión. Condenadas a no sentir placer sino a dárselo a sus maridos, las mujeres están condenadas también, a la vez que le satisfacen, a procrear; y ni viven la sexualidad con agrado ni viven con agrado la maternidad. La única salida para esta prisión sin puertas es el aborto. Pero el aborto, que es la liberación de la mujer cuando ser madre es una cárcel, para el niño es un cautiverio. Primero porque le quitamos la vida; y luego porque le hacemos sufrir. Abortar es arrancar el feto al útero, donde está firmemente implantado; y después despedazarlo, aspirar con fuerza para sacarlo de allí. Todavía no es un niño, sino un feto; ha dejado de ser embrión. ¿No sufre con esas cosas? ¿Qué diríamos si le hicieran lo mismo a un recién nacido? ¿No se nos removería la conciencia? Lo triste es que no podemos darles la razón a los antiabortistas: ellos que, tan celosos de proteger la vida del no nacido, no tienen ningún problema en atentar contra la vida del que ha nacido ya; muchos están a favor de la pena de muerte, semejantes a aquellos antitaurinos que, preocupados por la vida de los toros, desprecian la de los toreros; ¡como si un hombre valiera menos que un toro! Así que comparan el aborto con la bomba atómica pero no con la silla eléctrica: como si hubiera gente que mereciera morir, que no es la gente por la que vale la pena luchar, según ellos.
            Pero no es ése el único problema que plantea el aborto. También está el dominio del cuerpo. “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, dice la propaganda. El cuerpo es la propiedad de la mujer. Su útero. Y lo que tiene dentro. Pero el feto también tiene cuerpo y debería ser propiedad del feto, que todavía no tiene la posibilidad de decidir; no de la madre, que decide por él. Pero es que ni siquiera creo que seamos propietarios de nuestro cuerpo. “Mi cuerpo es mío”, dicen los alumnos en ética; “yo hago lo que quiero con él”. Ya. Igual que un kilo de fruta: como yo lo he pagado, si quiero me lo como y si no lo tiro; nadie puede impedirme que me suicide si quiero, porque en mi vida mando yo.
            Sabio era, desde luego, Laín Entralgo. Porque, como gustaba de decir, yo no tengo cuerpo sino que soy mi cuerpo. Mi cuerpo no es mi propiedad, yo no puedo hacer con él lo que quiera, tengo la obligación de respetarlo porque respetándolo a él me respeto a mí. Así que no tengo derecho a decidir en contra de mi cuerpo. Ni tampoco del cuerpo de los demás. Ni siquiera de los que están en nuestro cuerpo instalados. “Nosotras parimos, nosotras decidimos”: no hay mayor falsedad. Ser dueños de nuestro cuerpo es confundir la naturaleza con la economía, y es que la economía es un modelo del que queremos calcarlo todo. Pero ni amar es dar amor a cambio de recibirlo ni solidaridad es dar ayuda para que luego te la devuelvan; amar es dar sin pedir, ser generoso también; y ser felices viendo felices a los demás: pensar lo contrario es tratar el amor como una mercancía, que yo sólo te quiero a ti si tú me quieres: pero las cosas no son así.
            La vida no es la propiedad de nadie. Todos los niños tendrían que nacer. Eso sí, que una sociedad puritana no ponga trabas a nuestra libertad robándonos los anticonceptivos; y que ninguna madre tenga que criar a un hijo cuando ha nacido sin su permiso. La solución está en educar: mucha educación; para amar a los niños. Y una buena organización de guarderías para mimar a todos los niños que han nacido sin pedirles permiso a sus padres; quién sabe, quizá en un futuro, tal vez cuando las circunstancias hayan cambiado, los padres quieran buscar a esos hijos que en su momento no pudieron criar. El Estado, que se hace cargo de los niños, ama a los que aún no han nacido y a esos padres que no los pudieron atender. Ésa sería una solución amorosa; de lo contrario a las madres, cuando las ha sorprendido la vida, no les quedaría otra salida que abortar.






viernes, 16 de marzo de 2018

A VUELTAS CON EL AMOR




A VUELTAS CON EL AMOR


            No es la primera vez que me acerco al significado de esta palabra. Tampoco será la última. La psicología de Maslow me sugiere algunas ideas que pueden ser fecundas y que intentaré desarrollar ahora, pero nunca he entendido bien lo que Maslow quería decir aunque lo dijera de manera sugestiva; lo tomaré, pues, como punto de partida y desarrollaré puntos de vista que sería injusto atribuirle a él, aunque se le acerquen mucho; cuanto aquí se vierte es, pues, fruto de mi propia reflexión; pero debo reconocerle a él la paternidad de las líneas maestras.
            Podría decirse que el amor es un árbol cuya raíz es el cuerpo y cuyo follaje es el espíritu. Por cuerpo entiendo materia bruta; por espíritu, materia elaborada; el cuerpo tiende a conservarse encerrándose en la rigidez, que pesa; el alma son las formas que, lejos de hacerse duras, se vuelven ligeras y vuelan. Pues bien, las raíces donde crece el amor son nuestras necesidades primarias: comer, beber, dormir, abrigarse, copular… ¿Se imagina alguien a dos enamorados que no tengan abrigo ni pareja ni comida? No. Por eso dice el refrán: contigo pan y cebolla. La palabra latina “amor” está relacionada con la raíz indoeuropea “*amma” (en nuestro caso “mama”), que es la voz con que los niños llaman a la madre; la madre da el alimento, el sueño, el calor, todo el sustrato material que el bebé necesita para desarrollarse; de hecho, el vocablo “mater” significa también materia y madera. Podríamos decir, pues, que donde no hay materia no crece el espíritu, del mismo modo que donde no hay fuego no puede haber humo. Dice el refrán popular: donde no hay mata no hay patata. La raíz le suministra a la planta la sustancia nutricia para poder crecer, y amar, en ese primer sentido, es satisfacer las necesidades biológicas más primitivas del ser humano; hay padres cuya única forma de amar a sus hijos es darles comida, cama y dinero; y darles todo lo que les piden es para ellos darles todo; no entienden que querer a los hijos pueda ser algo más.
            Pero claro, no basta con que el alimento llegue hoy a la raíz: hace falta tener la seguridad de que mañana también llegará. Sería difícil que fructificara el amor en un lugar inseguro, y por tanto desprotegido, donde cada día es una incógnita sobre lo que nos deparará el futuro. La seguridad de que comeremos mañana la da el hogar: un hogar es ese sitio donde hay calor, descanso, protección y comida. Dos amantes no cultivan su amor cuando les falta agua, comida o sexo, pues donde no hay sexo no hay pareja que se ama (y entonces si se ama no es precisamente como pareja): es que quien presume de amor platónico, puro y sin sensualidad, muchas veces no quiere de verdad; el amor requiere contacto, siempre he tenido la duda de qué clase de amor era el que sentía Pascal por su sobrina: reprimido en una visión puritana de la religión, sin un beso, sin un acercamiento, sin una caricia; aquí no estamos hablando de tocamientos sexuales, que no vienen al caso, por supuesto, sino de caricias puras y tiernas. En cierta ocasión un viejo militante materialista presumía de que en su casa nadie se besuqueaba ni se andaba con zalamerías, pero todos se querían mucho; siempre dudé del cariño que crece con miedo al cuerpo: ¿puede ser amor verdadero? ¿Puede haber amor done no hay manifestaciones de cariño? También entra en crisis el amor cuando el futuro se hace incierto porque nos han quitado nuestra casa o nos hemos quedado en paro; o cuando vivimos amenazados por las persecuciones, donde se arriesga nuestra vida, la de los seres que queremos o, simplemente, nuestra supervivencia.


            Lo mismo que no hay edifico sin cimientos tampoco hay amor sin alimento; ni sin seguridad ni sin estabilidad; pero, al igual que los cimientos no son todo el edificio, tampoco podemos decir que el amor se reduzca solamente a comer y tener un hogar; esas cosas son necesarias, pero no suficientes. ¿Qué cosas, pues, le hacen falta al amor?
            El tronco del amor es el afecto. El bebé que mama, bebe, duerme, se siente seguro y vive confortablemente, morirá con toda probabilidad si su madre o su familia no le dan cariño. Y ¿qué es el cariño? Es el sentimiento de pertenecer a un grupo del que podamos decir que es nuestro hogar. El niño es feliz con sus padres, el joven con sus amigos y, como el adulto, también con su instituto, su universidad, su pueblo, su barrio o su equipo de fútbol. Pocas cosas saben tan mal como sentirse marginado. El ostracismo, la excomunión, el acoso, la prisión, son experiencias desgraciadas. Hay una película que se titula “Solo en casa” y otra cuyo título es “El niño rico”: en ambas se ve que los protagonistas tienen de todo en lo material, pero les falta el cariño; y no son niños felices; los niños pobres con casa y familia son más afortunados que los niños ricos que tienen casa, pero no tienen familia. Por las mismas razones solemos desplegar nuestras iras por defender lo nuestro. Amar es, así, arropar a la tribu que nos arropa, aunque lo que estemos protegiendo sean abusos e injusticias.
            El tronco es necesario, una persona satisfecha que no le tuviera apego a nada viviría siempre en el desasosiego. Pero de él salen las ramas donde brotan las hojas que corrigen sus defectos: en esas hojas está el valor de nuestras obras, la fuerza de nuestro trabajo, el vigor de nuestro sacrificio, el mérito; el amor a los nuestros se refuerza en el mérito que les reconocemos a todos, y entonces ya es amor crítico; no es sólo afecto, es también la estima que tenemos de nosotros mismos, pero no la que imponemos ni la que nos regalan sin merecerlo, sino la que nosotros mismos hemos conquistado con nuestro esfuerzo. El honor mal entendido es la fama, la soberbia, el orgullo, el miedo al qué dirán, la presión del grupo; pero el verdadero honor es la satisfacción del deber cumplido y el sentimiento de nuestra valía, y necesitamos que nos lo reconozcan: de lo contrario nos sentiríamos devaluados y disminuidos, y mal puede haber amor donde ha habido menosprecio. El amante que ignora a su amada aun queriéndola con locura la podrá querer como se quiere a la tribu, pero nunca como se quiere a las personas.
            Los pájaros alimentan a sus crías: quererlas es para ellos darles de comer.
            Las abejas viven seguras en el panal; nosotros, como ellas, vivimos tranquilos cuando tenemos un trabajo fijo; y quererse así es protegerse el uno al otro, pero poco más.
            Los animales viven arropados por la manada; y la manada no sólo les da comida y estabilidad, sino también sentimiento de pertenecer a ella. Quererse así es defender lo propio a costa de lo ajeno. Buscar la identidad del grupo sin saberla valorar, y despreciar las identidades ajenas. El creyente lucha contra los infieles (aunque los infieles tengan razón) porque no son de los suyos; el hincha de un equipo insulta a los hinchas de los otros equipos solamente por ser diferentes (porque no aman lo ajeno); y las naciones se combaten unas a otras porque desprecian la diferencia, aunque tampoco sepan valorar su identidad, si es mala o es buena. Es el espíritu de la tribu, el del rebaño, superior al de la colmena porque no sólo el grupo nos da seguridad, sino también afecto.


            Y luego está el espíritu crítico; el del mérito; el de quien no solamente se siente a gusto sabiéndose querido en el grupo, sino que es capaz de criticar al grupo (aunque no quiera) cuando no es justo con él o con los demás; cada uno puede, no ya sacrificarse por el grupo como hacía en el rebaño, sino sacrificar su pertenencia a él y separarse cuando el grupo no lo merece. No es lo mismo ser excluido de la tribu que excluir a la tribu que no vale la pena; son dos formas de marginación, las dos por amor: pero una es un amor gregario y la otra un amor crítico; por eso San Agustín, cuando nos decía que había que amarse, no decía “ama”, sino “dirige”, es decir, ama con conocimiento de causa. No es lo mismo ser valorado por tus padres cuando no has hecho méritos que serlo y al mismo tiempo merecerlo; hay quienes les consienten todo a sus seres queridos y no se dan cuenta de que no deberían consentirlos; al menos no consentirlos sin crítica.
            Pero verse reconocido en sus méritos significa haber hecho algo para merecerlos; y cuando esos méritos corresponden a nuestra vocación, realizamos todas las cosas de las que somos capaces y a veces nos da energías el amor, como también nuestro amor le da energías al ser amado: entonces nos sentimos realizados. La autorrealización es a la vez el efecto y la causa del amor; del amor creativo, se entiende; por él trascendemos más allá de nuestras necesidades y trabajamos por el puro placer de trabajar, un poco a la manera como los griegos apreciaban el saber por el saber, practicaban la ciencia por gusto sin buscarle aplicaciones técnicas, y era el amor al saber sin necesitarlo: la búsqueda del saber gratuito. Precisamente podemos llamarlo trascendencia porque hacemos cosas que no necesitamos ni para vivir ni para crecer, pero que nos llenan de gozo y siembran plenitud en nuestro espíritu. Es el pintor que ya no necesita vender sus cuadros, y sin embargo sigue pintando.


            Hay padres que crían a sus hijos con un amor biológico y no conciben que el amor sea algo más que darles de comer, y atender con mimo sus necesidades básicas. (Amor que vemos en “Family life”, una película donde Ken Loach nos muestra a una chica infeliz en una familia donde la mayor felicidad, para la madre, es hacerle todos los domingos un pastel de manzana sin preocuparse por su desgracia).
Otros los crían con un amor servil, porque creen que querer a sus hijos es darles seguridad en el hogar, estabilidad en el empleo, brindarles protección; y se creen que los hijos, a cambio, tienen la obligación de obedecerles como el siervo pagaba con su mansedumbre la protección (por cierto interesada) que le daba el señor feudal. Es, por así decirlo, el espíritu de la colmena.
El amor tribal o gregario es el de los padres que sienten por sus hijos un afecto que va más allá de los cuidados que les dan, y les prohíben salir con jóvenes que a ellos no les gustan.
Por último el amor crítico es el de los padres que corrigen a sus hijos si hace falta y los elogian si lo merecen; el que no tienen, precisamente, quienes por confundir el amor con la tribu confunden también el honor con la reputación, con el miedo al qué dirán, y esconden sus vergüenzas bajo las apariencias; amor crítico es el de los padres del joven Billy Eliott, que le animan a dedicarse a la danza en contra de la opinión de quienes piensan que la danza es cosa de niñas, sin miedo a la mala reputación que les devolverá el entorno; y en contra de los padres del joven que, en “El club de los poetas muertos”, se ve obligado por ellos a estudiar derecho o medicina (no recuerdo ya), despreciando la vocación de actor que tenía el pobre muchacho. Por último, la relación de Mozart con su padre puede ser un buen ejemplo de amor creativo; o no.
            También podemos buscar ejemplos, no ya en la familia, sino en la pareja. Los instintos de dos amantes obsesionados sólo con el sexo son un ejemplo de amor biológico. La sociedad que obliga a la mujer a servir a su marido a cambio de que, con su sueldo, éste le dé protección, es un ejemplo de amor servil; por supuesto que el poder lo tiene quien lleva el sueldo a casa, y que la protección que la mujer recibe a cambio, al privarla de iniciativa, la convierte precisamente en desprotegida: en esa casa la mujer no tiene acceso a la toma de decisiones. El amor de Tony por María en “West Side Story” es un buen ejemplo de amor gregario, que intenta, sin éxito, escapar a la influencia de la tribu, lo mismo que les pasaba a Romeo y Julieta. Y lo fue también, quizá, la historia de Bonny y Clyde. Jimena, en “El Cid”, de Corneille, consigue finalmente escapar al amor gregario cuando comprende que la muerte de su padre a manos de su prometido no supone un obstáculo para que Rodrigo y ella se quieran: entonces aparece el amor crítico; como el que se profesaron, probablemente (quién sabe, acaso no), Darwin y su esposa, ella profundamente religiosa y él un ateo convencido; y si no se respetaron, debieran haberlo hecho. Pero la relación entre El Padrino con su hijo menor puede ser un buen ejemplo de amor crítico; y conflictivo. Como lo fue también el amor de Frida Kahlo. Por último, María Slodowska y Pierre Curie formaron una pareja donde el amor creativo unió sus vidas; lo mismo puede decirse de Carl Sagan y Lynn Margulis. Obsérvese que el matrimonio Curie, al profesarse un amor creativo, también sentían el uno por el otro amor crítico, gregario, servil y biológico; pero la protagonista de “Historia de O” o de “El último tango en París”, o quién sabe, tal vez de “Instinto básico”, al sentir un amor servil y biológico se quedaron en él: su relación nunca pudo ser ni crítica ni creativa. El todo incluye a la parte, pero en una parte no se contiene el todo; para decirlo con otras palabras, quien puede lo más puede lo menos, pero nunca sucede al revés.
            ¿Cuál es el tipo de amor que hemos levantado en nuestra vida?