viernes, 18 de mayo de 2018



PLATÓN:
CUATRO FORMAS DE LOCURA


            Para que podamos fiarnos de la inspiración es preciso criticar los pensamientos inspirados. Platón distingue dos procesos independientes y complementarios:
            (1) La inspiración. “Es un don que nos alcanza en tres ocasiones bien definidas: durante el sueño, o en una enfermedad, o debido al entusiasmo; en todas ellas se detiene el poder de la inteligencia. “No es trabajo propio del que está poseído por un frenesí (…) juzgar lo que se apareció (…), sino que (…) conviene (…) al sensato hacer y conocer sus propias cosas y a sí mismo” (T.116).
            (2) La crítica. “Es propio del sensato tratar de entender lo dicho en sueños o en vigilia por (…) el entusiasmo en el momento que se recuerda, y distinguir con la razón todas las visiones (…), si significan algo” (T.116).
            Esto se parece mucho a la técnica conocida como lluvia o tormenta de ideas, que se desarrolla a lo largo de dos fases separadas y consecutivas: la creación y la crítica; durante la creación se dice todo lo que se nos ocurre, por muy absurdo que parezca, para evitar que la autocensura yugule la creatividad; y durante la fase crítica se divide lo que se ha creado, poniendo a un lado las ideas válidas, acertadas, y a otro las inútiles y absurdas.


1. Adivinación.

            La inspiración profética se somete a las dos fases que hemos descrito al hablar de la inspiración a secas; pero, en lugar de dos momentos protagonizados por una misma persona, dan lugar a dos personas con oficios diferentes: el adivino, que sufre un rapto de inspiración, poseído por un frenesí incontenible e incontrolable; y el intérprete, que, en su calidad de juez de los adivinos inspirados, descubre el sentido “de las palabras dichas mediante enigmas y visiones” (T.116). En el oráculo de Delfos, es la diferencia que hay entre la sibila y el sacerdote.
            Insiste Platón en que la inspiración profética es otra forma de locura (“manía”, en griego): por eso la llamaron “mánica”, aunque alguien introdujo una “t” para convertirla en “mántica” (F’.210). Es, más que investigación del futuro (propia de quienes están en posesión de sus facultades mentales), la predicción del futuro (fruto de un rapto de investigación); y en la primera sugiere Platón que hay dos especies: la de quienes ven el futuro en las aves y otros indicios y señales (augurios), y la de quienes lo ven en la reflexión (predicciones científicas): a ambas se les ha dado, por oposición a mántica, el nombre de oionística (F’.211).
            Por eso el alma, además de ser “lo que se nueve a sí mismo” (F’.214), es también “algo con cierta capacidad de adivinación”; Platón aduce como ejemplo el demonio de Sócrates: “me vino”, dice, “esa señal divina que (…) siempre me detiene cuando estoy a punto de hacer algo (…) y me pareció oír de ella una voz que me prohibía marcharme” (F’.206). Es lo que podríamos llamar corazonada, presentimiento y, en cierto modo, intuición. Junto a la inteligencia puede alcanzar el doble ideal de Platón:
a)      Ser sabio en mi interior”.
b)      Y que lo que me rodea “sea amigo de lo que hay dentro de mi” (F’.274). Una particular versión del yo y la circunstancia de Ortega.


2. Mística.

            La inspiración hace que algunas personas estén sometidas a una fuerza misteriosa que escapa a su voluntad. “Los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio” (I.36), dice Platón. Los coribantes, esos sacerdotes de la diosa Cibeles, “danzaban (…) y entraban en un trance místico (…) en el que creían oír la voz de la diosa”. Hay dos cosas que se excluyen:
a)      El furor báquico.
b)      El sano juicio.
Dominadas y poseídas por el furor báquico, las bacantes pierden el juicio. Para llegar a él utilizan la armonía y el ritmo, que es la parte racional, o controlada, del método; al revés que la adivinación (donde la crítica racional viene después del frenesí), aquí la técnica racional de la danza lo precede como instrumento idóneo para provocarlo.             
                                                                

3. Poética.

            Igual que “los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio”, así también “los poetas líricos componen esos bellos cantos cuando no están en su sano juicio, es decir, cuando se adentran en la armonía y el ritmo, y están dominados y poseídos por el furor báquico, igual que las bacantes” (I.36). Por eso “los poetas buenos (…) cantan los grandes poemas (…) no gracias a una técnica, sino porque están inspirados y sometidos”; sometidos a una fuerza divina que se mete en ellos y los posee desde dentro. “No son ellos (…) quienes dicen cosas excelentes, sino que es la divinidad misma quien habla (…) a través de ellos” (I.36); y para eso necesita quitarles, durante un momento, la inteligencia.
            Las musas son las diosas que inspiran el delirio báquico en el poeta (Platón habla aquí de la tragedia, pero lo que dice vale también para la poesía lírica). Cada poeta está unido con su musa: a esto lo llamamos estar poseído, estar dominado (I.39). Terpsícore es la musa de la danza y Erato la del amor; pero Calíope, que es la de mayor edad, y Urania, que la sigue, se ocupan del cielo, y en particular de la filosofía y la música (F’.237).
            Y si los poetas, “poseídos cada uno por una divinidad que los gobierna”, son los “intérpretes de los dioses”, los rapsodas, que interpretan a los poetas, son “intérpretes de los intérpretes”; por eso pregunta Platón: “cuando recitas bien los poemas épicos (…) ¿estás (…) en tu juicio o te encuentras fuera de ti y tu alma, entusiasmada, cree que está en los asuntos que canta, en Ítaca, en Troya (…)?” (I.38). La poesía, en efecto, no consiste en decir, sino en mostrar lo que dice, y mostrarlo a través de la palabra. Por eso señala Platón que la expresión mediante imágenes creadas por palabras es, junto a la expresión sentenciosa y la expresión reiterativa, uno de los “modos de expresión” de las Musas (F’.252).
            Y lo mismo que hay una fuerza oculta en la piedra que Eurípides llamó “magnética”, así también hay una fuerza divina en nosotros; y lo mismo que esa fuerza magnética “no sólo une (…) las propias cadenas de hierro”, sino que se introduce en ellas “de tal modo que puedan (…) unir otras cadenas (…) así también la propia Musa hace inspirados, y por (…) ellos forma una gran fila con otros que están inspirados” (I.36).
            Podríamos decir, siguiendo el hilo de Platón, que la creación poética tiene un momento inspirado seguido de un momento crítico; y a veces precede a la inspiración un momento técnico cuando el poeta busca en la armonía, y en el ritmo, el trampolín para saltar hacia la inspiración; sólo que cuando ese salto no se da, el poeta no pasa de poetastro y la rima se queda en ripio. En algún momento lo vislumbra Platón: “aquel que sin la locura de las Musas llegue a las puertas de la poesía (…) será [un poeta] imperfecto, y su creación poética, la de un hombre cuerdo”, dice Platón, “quedará oscurecida por la de los enloquecidos” (F’.212). Este “estado de posesión y de locura” procede “de las Musas que, al apoderarse de un alma (…) la llenan de un báquico transporte” (F’.212). En el Ión 534b, 536c, en el Menón 98b y en la Apología 22b-c Platón deja muy claro que la nota distintiva del verdadero poeta (es) el estar fuera de sí, es decir “el no estar en dominio de su mente, el estar poseído.


4. Amor.

            Es otra forma de locura. “Se produce cuando alguien, contemplando la belleza de este mundo, y acordándose de la verdadera, adquiere alas y (…) anhela remontar el vuelo” (F’.220). En ella las almas “quedan fuera de sí, y ya no son dueñas de sí mismas (…) Pues en las réplicas terrenales tanto de la justicia como de la templanza (…) no hay ningún resplandor” (F’.221).










viernes, 11 de mayo de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN: EL CUERPO



PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN:  
EL CUERPO
  


1.

            No se cura el enfermo por la fe, pero la fe es el primer paso para curarse.


2.

            Piensa mejor quien mueve mejor el cuerpo.
            Vive la libertad quien vive en un cuerpo libre.
            Siente alegría quien vida en el cuerpo siente.
            Si sientes la espalda cargada, es que el mundo es una carga.
El banderillero.


            Gritas con fuerza si crees en ti mismo.
            Cuando estás hundido, el cuerpo es una vocecilla.
            Una voz sin voz que se pierde en el aire como un lamento.
            Como una queja que se avergüenza de sí misma.
            Gritar, cuando no es dominio de prepotencia, es dominar el mundo que te domina, borrando el instinto.

            Pensar, sentir, volcar pasiones de vida.
            Domar el sentir los pensamientos de muerte.
            Furor de vida. Rugir de viento.
            Bramar al mundo con la pasión del cuerpo.
            Respeto bramando en los furores vivos. 

            El alma guía al cuerpo. Y el cuerpo es camino del alma.
            Todo camino es guía.
            Y al andar se hace camino.
            Caminandar.


3.

            Pensar desde el cuerpo. Que no es pensar con el pie, la mano o la barriga, sino con la cabeza. Pero la cabeza siente cuando está pensando, y siente con el pie, con la mano, con la barriga; se siente con el cuerpo. La cabeza siente cuando está pensando. Y sus pensamientos son dulces o grises dependiendo en parte de cómo se siente. Una idea feliz no puede surgir en un cuerpo triste.


4.

            La alegría y la tristeza están en la cabeza, pero nacen del cuerpo. La cabeza, como las hojas, hace azúcar en el sol y endulza el cuerpo. Pero el cuerpo le lleva, como la planta, agua y sales para hacer azúcar. Una piedra no puede estar alegre porque no tiene cabeza, pero una cabeza tampoco puede si no tiene cuerpo. Preguntad a los tetrapléjicos: su alegría no es más que esperanza de recobrarlo: para pensar, para sentir, para tener la vida. Los pensamientos vivos no son pensamiento sin cuerpo.


5.
           
            El cuerpo es cuerpo en la anatomía; alma en la fisiología. El alma es principio de movimiento. El cuerpo que se mueve no es desalmado.


6.
           
            No puedes pensar cuando tienes hambre. Tus ideas se mueren si tienen sed, tu pensamiento enferma si no estás satisfecho. Hambre, sed, ocio, sexo. Tus ideas son negras cuando no te mueves, tendido en un sofá, agarrado a la tele o la cerveza. La vida es movimiento. Y aunque muchas veces cueste, es preciso el sacrificio para sentirse vivo. Cuesta más hacer abdominales que entregarse a la pereza.
  


7.
           
            El dinamismo es el alma del cuerpo. El cerebro es cuerpo. El alma es el movimiento del cerebro. Y el cerebro que no se mueve está muerto: tal un alma sin ideas, un sentimiento desalmado, una voluntad parada y triste. El alma es el movimiento de cada parte del cuerpo. Y las ideas, sentidas como abstractas, son el alma del cerebro. Y el obrar. El sentimiento.


8.

            Cuerpo no es sólo la mano que se mueve, sino también la cabeza que le manda moverse.


9.

            ¿Qué es, entonces, el cuerpo? Sustancia en la que crece el alma. La sede del pensamiento.


10.

            El pensamiento vive en la cabeza, que lo crea; pero también en el resto del cuerpo, que lo alimenta. Una casa no se hace sólo con arquitectos, también con albañiles; y con ladrillos; y con cemento. El cuerpo es la sustancia del pensamiento, la masa del pastel, los ladrillos del sentimiento. La voluntad, luego, son las ideas que se imponen al cuerpo. Si las ideas vienen de él, la voluntad es sana; si nacen contra él, es una voluntad enferma. La salud del alma se encuentra, al final, con lo que ella misma ha puesto. Puro kantismo de la vida.


11.

            La razón es lo que da forma a las cosas. El instinto es lo que les da fuerza. Y vida es la fuerza de las formas.


12.

            Lo que hay no es un concurso de razones, sino una relación de ideas; un pulso donde no gana el mejor, sino el más fuerte. El más fuerte es el mejor en cuestiones de músculo, pero el músculo no es lo que más vale; el ímpetu, la fuerza, el músculo, valen sólo cuando los lleva el corazón; y el corazón, que siente, si es músculo es fuerza sensible; pero si no lo es es sentimiento sin fuerza; y el músculo sin corazón es tan sólo fuerza bruta; sin alma; sin vibración en el cuerpo; es cuerpo muerto sin fuerza, sin pulso; es pura inercia; fuerza inerte, cosa que pesa, sin poder moverse, porque le pesa el culo. Sólo es fuerte la fuerza que siente. La energía, no el peso. La vis viva. No es Descartes: es Leibniz.


13.

                                                                        Eso no es fuerza.
                                                               Es peso.
                                                               No es alma corpórea.
                                                               Es cuerpo sin alma.
                                                               No es cuerpo.


14.

                              Al peso la fuerza le viene de fuera:
de la gravedad.
De la atracción de otro cuerpo.
El bulto inerte atraído por una fuerza.
Ese bulto no es fuerza: es peso.
Bulto que no se mueve, porque pesa.




viernes, 4 de mayo de 2018

EL GENARES EN RUSIA





EL GENARES EN RUSIA  
  

            Uno de aquellos jóvenes idealistas deseaba conocer en directo la revolución que estaba en marcha. Y se fue de viaje a Rusia (por aquellos tiempos, la Unión Soviética). Creyó que volvería contando las bondades del socialismo y volvió contando… que no le quisieron vender helados. Fue el caso que todos los españoles que estaba alojados en el hotel quisieron comprar helados por el mucho calor que hacía, y el camarada vendedor no quiso porque ya eran las ocho de la tarde: justo la hora a la que él cerraba su tienda. (En el viejo mundo capitalista el chiringuito habría seguido abierto media hora más, y hasta dos si hacía falta, para vender de golpe sesenta helados a sesenta turistas). Contó también que había visto regar los campos un día de lluvias torrenciales porque lo habían planificado desde hacía tiempo. Y que no pudieron visitar el país libremente porque las autoridades se encargaban de que sólo se visitase lo que ellas querían. Aun así, al volver se compraron un buen coche soviético; y como las soldaduras del Lada se caían a pedazos, acabaron comprándose un buen coche capitalista.
            También recuerdo cuando, siendo estudiante, trabajaba durante el verano para hacerme con algún dinerillo. Trabajé en los montajes, en una gran fábrica de productos químicos. Me tocó con un viejo comunista que había decidido ir aquel año de vacaciones a Yugoslavia: y ante el aburrimiento soberbio de un turismo espartano decidió, desde entonces, que pasaría siempre sus vacaciones en una buena playa capitalista. Tal otro había comprobado que en una fábrica soviética el obrero se escaqueaba de la tarea todo lo que podía (no le iban a pagar más: total, a él le daba lo mismo); y no sólo perdía el tiempo con un aburrimiento descomunal, sino que el desinterés y la desidia generaban productos de una calidad ínfima; luego pasaban al consumidor para no alegrarle la vida más de lo que un lingote de oro se la alegra a un perro. Recuerdo también que, estando trabajando en las carreteras, terminamos de asfaltar el camino que conectaba una casa con la carretera vecinal; y, como nos sobrase todavía medio camión de asfalto bien caliente, le preguntamos al dueño: ¿lo aprovechamos para asfaltar el pueblo? Total, el asfalto y la mano de obra ya estaban pagados, al pueblo le iban a salir gratis. A lo que el buen señor nos dijo: “que el ayuntamiento se lo pague si quiere, que esto es mío; así que lo vais a tirar ahí, en la cuneta”. Entre la falta de solidaridad de este campesino capitalista y la falta de implicación de aquel obrero soviético, o del camarada que vendía helados, ¿no había más semejanzas que diferencias? Al campesino le faltaba solidaridad, al camarada le faltaba motivación: el incentivo. El primero pensaba que, si él había asfaltado su casa con su trabajo, el ayuntamiento tendría que trabajar también para asfaltar el suyo; y el camarada pensaba que, trabajara más o trabajara menos, a él le iban a pagar lo mismo. El campesino, obsesionado con su trabajo, no podía concebir, aunque lo entendiera, que el trabajo no era un arte individual, sino un esfuerzo colectivo; y el camarada no sentía que en su trabajo estaba el bienestar de sus conciudadanos además del suyo. Los dos comprendían lo que era mejor para todos pero ninguno lo aceptaba: el uno porque creía que ayudar a los demás era sostener vagos, y el otro porque no sentía que su trabajo repercutiese en el bienestar de los demás y por lo tanto tampoco en el suyo; el primero creía sólo en él, y el segundo no creía en la sociedad: tampoco en sí mismo. El primero adoraba al dinero en el mismo altar en que le rendía culto al individualismo; y el segundo, en el altar del socialismo, no podía rendirle culto a la propiedad, y por lo tanto se desentendía de lo que no era suyo: igual que el campesino que no había querido regalarle al ayuntamiento el asfalto que le sobraba. Desde dos horizontes opuestos, capitalismo y socialismo, los dos acababan adorando al individuo: el primero estaba vacío porque era tan pobre que no tenía más que dinero; y el segundo vacío también, porque era tan pobre que no sabía aspirar más que al dinero: y no podía. Capitalismo y socialismo habían desembocado en la misma suerte de nihilismo: no creer en nada, no confiar en nada, nacer y vegetar sin esperar nada, consumidos en su riqueza el uno, el otro en su pobreza, y ambos en la misma miseria moral: la de vivir sin ilusión, el horizonte ciego, la pasión seca, la mirada vacía, la razón sin esperanza; vivir sobreviviendo, sin ninguna motivación; y la fe en un mundo mejor, desguarnecida.




viernes, 27 de abril de 2018

EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS



EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS


 1. Las cavernas de la mente.

            Si remontamos el tiempo como remonta las aguas el salmón, encontraremos imágenes de leyenda; mundos e historias que a nadie le es dado contemplar. El mundo son los ropajes del tiempo, y el tiempo, honda sustancia que se vierte, como los ríos, en el mar. Las aguas fluyen turbulentas en su cauce alto, y se serenan, en los tranquilos valles, próximas a morir. Las aguas no remontan nunca el río, su único destino es la mar; pero se evaporan, como emanaciones del cielo, las nubes que se precipitan en nuevas lluvias que alimentarán su nacimiento; aunque a veces la fuente se encuentra también en las entrañas de la tierra.
            Así es la historia: tiempo que corre y renacer continuo. Pero el tiempo sólo corre hacia abajo, y las nubes que renacen no son más que sus imágenes. La historia se repite, pero con actores nuevos. Mundos diferentes que pasan por los mismos avatares, pero con distintos trajes; con distintos nombres; el tiempo de sus venas recorre los mismos sitios, pero con distintas aguas. La revolución parió un tirano que se comió a su pueblo, pero fue primero en Grecia, luego en Roma, llegó a Rusia, aunque antes hubiera estado en Francia; la historia del tiempo fue siempre la misma, pero la del mundo siempre fue nueva; siempre con nuevos decorados, siempre con páginas blancas: el futuro, aunque los cauces sean los mismos, siempre está por escribir.
            Tiene el tiempo sus meandros y sus filtros, su suelo de decantaciones, su relieve labrándose en tierra, sus caminos subterráneos, sus honduras, sus cavernas. Las cavernas del tiempo son la memoria de su paso por el mundo, y son columnas en penumbra, sus lágrimas estalactitas, estalagmitas que se levantan para apoyar el techo buscándolo en la cueva sin luz. La memoria de la gente es también una caverna, labrada en su cabeza, como en los sótanos del mundo donde había labrado grutas el río del tiempo. Y son dendritas tejiendo telas de araña por doquiera, cuerpos eléctricos labrando paredes en el cerebro, laberintos de locura: cilindroejes tejiendo caminos sin fin. El cerebro conforma la mente y tiene estalactitas y estalagmitas, y columnas que sujetan el techo rocoso para que el pasado no se derrumbe. También tiene lagunas, sus cascadas espumosas, sus torrentes; y tiene ríos serenos que surcan sus valles cobrizos de parte a parte; los oídos y los ojos, el olor, la lengua y el tacto, ventanas donde se vierten los recuerdos en el mar; la memoria que no tiene ventanas se duerme en el olvido.
            Allí, en las cavernas del tiempo, late la noche. Noches negras y estrelladas, noches llenas de niebla, noches heladas, noches de lluvia. Copos que se derraman sobre un cielo algodonoso volviéndolo cálido en su belleza. Allí, latiendo en profundidades insondables, duerme el sueño más profundo en la noche de los tiempos. De allí emerge a la superficie de muy distintas maneras. Lo puede despertar un recuerdo más triste, un golpe duro, un traumatismo; o lo puede despertar el ensueño más dulce en las hermosas pasiones con las que sueña el alma; o el abrupto estado de embriaguez, el que precede al sueño, que a veces antes de soñar remueve rocas y precipita aludes. De muy diversas maneras pueden despertarse leyendas en las simas del recuerdo. De muy diversas formas surcan la luz, hurgando en la noche de los tiempos.


2. Los celtas.

            Hay un camino santo que trazaron los druidas. Un puente frío, alzado sobre lomas de acuarela, flotando entre la niebla, cargado de humedad. La costa de la muerte. Por sus piedras centenarias sube un frío de siglos que se cuela por los pies del antiguo guerrero, sandalias que se funden en la oscuridad. Son unos pantalones atados con correas que serpentean en las piernas, como metálicos reptiles. Una espada colgada en la cintura, y un collar claveteado rodeando el cuello, entre vestidos. La capa roja recoge el guerrero sobre el antebrazo, y le cae por la espalda, como una sombra legendaria de sí mismo, hasta los gemelos. El casco es una amenaza de metal en la sombra que apenas brilla.
            Los celtas. Un pueblo que se diseminaba por Europa al alba de su historia. Los celtas. Guerreros temibles enfrentados con los iberos. Los celtas. Parientes de germanos y escandinavos, de los arios y los indos, parientes de los dorios, de los hiksos. Y primos lejanos de las tribus germánicas que se desbordaron sobre el imperio romano, siglos después. Vinieron los suevos, los vándalos, los alanos. Vinieron esos bestias que no eran más brutos que los romanos que los combatieron. ¿Más cultos? ¡Quién sabe! Quizá de una racionalidad menos tecnologizada, pero llena de historias y leyendas. La brutalidad, desde luego, sólo la da la necesidad, no la densidad de su cultura.
            El conde Fernán González y los repobladores de Sepúlveda eran descendientes de los visigodos. En su memoria latían recuerdos del pasado, aunque el último suelo que pisaban fuese el de Cristo. La noche de los tiempos de los germanos vibraba en su mente, cabalgando corceles que con sus cascos arañaban la hierba, clavaban su herradura, surcaban los mares de leyendas que el cristianismo no había dejado del todo en el olvido. Y allí estaban los ríos brumosos de Europa central, los bosques umbríos del norte y los fiordos y lagos de Escandinavia. Aguas plateadas dormían bajo la bruma en la noche de los tiempos. Aguas serenas que reflejaban la luna en su espejo de metal. 


            Y allí, en aquel imaginario, en aquel inconsciente colectivo, estaba el horrendo abismo. Hielo y fuego. Y un extranjero misterioso llamando a las puertas, embozado y polvoriento, como un trotamundos. La noche del tiempo helaba como sólo hiela el cielo raso en la noche de los fríos.
            -¿Quién eres? ¿Qué buscas?
            En aquel depósito de sueños se abrió el manantial de las leyendas. Fue remontarse muy lejos, hasta donde sólo la imaginación puede responder a la esterilidad de la ciencia. Donde el tiempo no tenía ropajes, donde palpitaba desnuda la esencia, cuando no existía ni siquiera la sombra del mundo. Un caos lo bañaba todo, como niebla ocupando la nada, y de él surgió un abismo: se llamaba Ginungagap[1]. Una boca entreabierta como un fantástico bostezo[2]. Bajo él, en el caos que flotaba al sur, se formaba una lengua de fuego[3], un lugar que todavía no era mundo, una región del espacio ocupada sólo por fuego; un caos ígneo cuyas lenguas sombrías de luz eran verdaderamente un lugar extraño: el Muspel; lo habitaba el primer ser de la existencia, un ser extraño que se llamaba Surt, y tenía una espada flamígera.
            Después, al otro lado del abismo, más al norte apareció el país del frío: era Niflheim. La región helada, el mundo de las nieblas; de ella se alimentaban doce ríos que surcaban el espacio, al norte del gigantesco abismo que los separaba del fuego[4]; y del fuego brotaban también siniestras corrientes de aguas ponzoñosas[5]. Los ríos del Niflheim fueron llenando aquel gélido Ginungagap, donde sus aguas se helaron. Pero cerca del Muspel el calor hacía que se levantaran grandes chorros de vapor, que caían en forma de escarcha[6]: eran vapores que erraban por el espacio, salidos de los ríos venenosos, que se condensaron. La escarcha cayó al abismo. Y las chispas que saltaban de la región del fuego fundieron el hielo, de sus gotas nació el gigante progenitor de todos los gigantes: el inquietante Ymir. Y luego surgió el mundo. Todo empezó cuando se mezclaron los ríos helados con la ponzoña del fuego[7]; cuando se juntaron el hielo del norte con el fuego del sur[8]. Y así todo es mezcla, todo es contradicción. El mundo que surgió de allí era orden y estaba poblado por su contrario, el caos que lo originó.
            ¡Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap! Era el caos un bostezo entre el cielo ígneo y la tierra por fecundar, que decían los griegos; pero los germanos decían que entre el frío del norte y el fuego del sur. El caos, la boca entreabierta, fue un crisol donde se mezclaron los elementos del universo; en ellos se miraba la tierra. La gran abertura fue una estrella original, y somos nosotros polvo de estrellas. Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap. El tiempo antes de nacer era caos. Savia universal que todo lo ocupaba, sustancia elemental que todo lo contenía. Un día se derramó y desde entonces se metió en el cuerpo de los seres que nacieron, y ya no pudieron volver a la fuente original, ya no fue posible remontar el río. Y formó sus leyes, cambió sus ropas, creó sus cavernas cavando el cielo, surcando el viento y horadando el suelo. El cielo cristalizó luego en la memoria. Y la memoria surca el pasado para ver, en las noches de tormenta y de locura, el bálsamo que puede curarnos con la caricia original; en la noche helada de los tiempos; aunque no siempre la nostalgia corona con éxito la dulce empresa, dolorosa y sublime, de regresar.
  





[1] Velasco, M. Breve historia de los vikingos. Madrid, 2005: Nowtilus; p. 108.
[2] Barrera, A. “Mitologías nórdicas y germánicas”, en Muy especial: mitología de hoy y de siempre, nº 70, verano 2005, p. 56.
[3] Velasco, M. Ibídem, p. 108.
[4] Muy especial, nº 70, p. 56.
[5] Manuel Velasco, ibídem, p. 108.
[6] Las mejores leyendas mitológicas, recopiladas por José Repollés. Barcelona, 1972: Editorial Bruguera; p. 249.
[7] Muy especial, nº 70, p. 56.
[8] Velasco, M, ibídem, p. 108.

viernes, 20 de abril de 2018

LA CRISIS DE 2008





LA CRISIS DE 2008


            En el año 2001 salieron a la luz cosas que ya tenían una existencia. Latente. Dos aviones se estrellaron contra las torres gemelas. Estaban cargados de pasajeros y, por primera vez, los medios de transporte eran utilizados como bombas humanas. Antes se habían utilizado como bombas pero ahora el mismo piloto era una bomba; los vehículos se habían usado para matar, sí, pero ahora se usaban para morir matando. El suicidio iba a convertirse en arma de combate. Mucho antes había habido ya ejércitos suicidas, los más conocidos eran los del Japón; pero ahora los objetivos ya no eran militares. Lo que querían aquellos combatientes era morir matando al mayor número de personas posible. Apareció el suicida convertido en arma de destrucción masiva. Con Hitler se había buscado la destrucción de poblaciones enteras, pero el que mataba no pretendía morir; los kamikazes morían para matar, pero mataban soldados, no poblaciones indefensas; la novedad de los asesinos islámicos era que morían para matar civiles, cuantas más víctimas mejor. Se habían empeñado en patentar una nueva versión de la masacre de los inocentes. Derrumbaron, en las torres gemelas, el símbolo económico de la cultura occidental. Nueva York.
            Los locos islámicos inauguraron la era de la muerte total. Morían en esta vida para ganar el más allá. Y con ellos debía morir cualquier rasgo de existencia no islámico. El rasgo común a casi todas las religiones (sacrificar esta vida para ganar la otra) había sido criticado por Nietzsche como la cobardía de los resentidos, de los fracasados, de los débiles. A Nietzsche no le dolía que hubiera gente que fracasara después de luchar; lo que le dolía era el fracaso de la gente que no luchaba, de quienes fabrican un dios y luego se entregan a él, de quienes disfrazan su cobardía como valor porque no tienen agallas para luchar de veras. La debilidad que él condenaba no era la del enfermo que lucha por salvarse, sino la del sano que quiere morir; la debilidad de quien ha renunciado a la lucha y se inventa un combate falso con enemigos inexistentes: para tener la ilusión de vencer cuando lo único que hace, suicidándose, es demostrarle al mundo su derrota. El terrorismo islámico es la voluntad de no querer nada, voluntad disfrazada de quererlo todo, voluntad de poder: ese deseo de ser impotente es la verdadera rebelión contra Nietzsche. Nietzsche, mofándose de la compasión convertida en espectáculo, era compasivo de verdad. Ser bueno no es matar para ir al cielo, sino respetar tu deseo de vivir en la tierra. Nietzsche criticó, en las religiones, a toda la cultura occidental. Ahora, en oriente están rescatando al occidente enfermo que criticaba Nietzsche; y de nuevo se libera el virus de aquella terrible enfermedad. Dios, poderoso, quiere que el ser humano sea impotente; y el ser impotente se destruye para no poder ser nunca el reflejo de dios; dios, que nos creó desde el principio como un pálido reflejo de sí mismo, a imagen y semejanza suya. Y ahora no queremos parecernos a Nietzsche. La rebelión contra Nietzsche esconde, terrible paradoja, la última rebelión contra dios. Las religiones despiadadas son un último eco del canto del cisne de las religiones.


            Los  países islámicos son una fuerza de trabajo desparramada por el mundo: fuerza cargada de energía, pero sin materia sobre la que trabajar; sin instrumentos de trabajo, pues hasta las bombas con las que matan han sido producidas por occidente (e incluso el reloj que tiene Bin Laden en la muñeca, cuando lo graban con la Kalashnikov); fuerza sin tecnología, trabajadores sin ingenieros, sólo les queda la ideología como fuerza de combate; como no pueden luchar por la vida porque no tienen recursos, luchan contra ella; pero necesitan disfrazar de potencia esta rebelión de los impotentes. Porque, debajo de la agitación islámica, lo que hay en sus mentes es un sentimiento de frustración, un futuro hipotecado, un presente postrado, por suerte, sólo hay una llama que brilla con resplandor: la del pasado. El pasado (predicaciones, invasiones, califatos, territorios llenos de emires) es la gasolina que alimenta la llama; y la llama salta con la chispa de la necesidad mezclada con el poder: necesidad de la inmensa mayoría, desgarrada entre el hambre y la incultura; y poder que sale del petróleo, que es el arma que les permite comprar tecnología sin desarrollo. Sobre una mentalidad generalizada de postración secular crece una mentalidad coyuntural de poder ficticio; y ésta se encarna en una yihad que arrasa el mundo a sangre y fuego, pero que tiene sus días contados: porque nadie puede construir destruyendo. Lo ilustró muy bien Ortega y Gasset comparando a Napoleón con Gengis Khan: el primero espoleó la guerra para extender sobre Europa la cultura y el culto de la libertad; el segundo no extendió sobre el mundo más que la guerra; y si hoy sobreviven muchas cosas de Napoleón (entre ellas el código de leyes que lleva su nombre), de Gengis Khan no quedan, desparramadas en la historia, más que sus cenizas.
            El mundo que está sembrando la yihad no es el de la competencia, sino el de la competición; no busca desarrollarse, sino adaptarse; la agresión y la guerra sustituyen a la felicidad y la plenitud. Pero sucede que las culturas que permanecen en la historia tienen una doble raíz en sus corazones: sentido crítico para tocar tierra en la realidad, y entusiasmo para anclar el presente en la utopía; el realismo del presente debe prolongarse hacia el futuro en un horizonte de plenitud. Si no se dan esos dos ingredientes, las sociedades desaparecen; y en el islam del terror hoy no se da ninguno de ellos.
            De modo que los éxitos del islam hay que buscarlos en los fallos de occidente. Y, dentro de occidente, de Europa. Una Europa deshumanizada ha crecido (está creciendo) en las entrañas del atlantismo; junto con la Europa del humanismo y de la humanidad. En esa misma Europa todavía florece la irracionalidad en sus estertores (dos muestras terribles son las dos guerras mundiales). Pero indudablemente occidente es, hoy por hoy, la cultura de la vida: sus dos caras son como la cara y la cruz de la misma moneda; el atlantismo es su versión más primitiva, puritana y militarizada; y el europeísmo su rostro más humano: con Kant y con la epifanía de los derechos humanos.
            Occidente ha descubierto sus dos caras y ambas se completan la una a la otra: la defensa del individuo (en el liberalismo) y la defensa de la persona (en el socialismo y la socialdemocracia). Marx es un producto típicamente europeo: pero tenía rasgos despóticos, orientales; queriendo redimir a la humanidad, ha construido, sin querer, imperios terribles. Sin embargo Kant, europeo hasta la médula, es profundamente occidental sin ninguna contaminación del despotismo de oriente. Sólo Europa ha sabido construir sobre tierra lo más parecido a un paraíso; que es el Estado del bienestar, el welfare State. Los Estados Unidos, compartiendo nuestra tradición democrática, no la han llenado de contenido humanístico: su cultura es menos espiritual y más despótica; y hay, quizá, más rigidez mental donde tenía que haber más espiritualismo. Y estando profundamente hermanados (porque compartimos las libertades de occidente), hay algo que nos separa al europeísmo y al atlantismo: el amor por la humanidad en el primer caso; y en el segundo, la obcecación por el individuo.


            Este Estado del bienestar ha garantizado protección universal para los desprotegidos; y ha reconocido derechos humanos para todos. Pero los excesos del liberalismo dieron al traste con ello. Se empezó a decir que las empresas debían tener menos cargas sociales para producir más. Y el Estado, bajando los impuestos de los ricos, se quedó con menos recursos para ocuparse de los pobres. Los agujeros de la seguridad social tuvieron que ser colmatados por las obras de beneficencia; por las ONG y las asociaciones humanitarias. En oriente este vacío fue siendo ocupado por el radicalismo islámico. Los militantes crearon comedores populares y embriones de asistencia médica en los espacios abandonados por el Estado; y la caridad quedó asociada a una política agresiva; los ciudadanos, al votar por quienes les ayudaban  con la comida, votaban también a quienes les llevaban la yihad. Y así las masas se fueron radicalizando. Si occidente no hubiera desertado de la asistencia social, oriente no habría podido extender su mensaje de guerra. Esto rebotó contra occidente. El Estado Islámico contrataba con el dinero del petróleo a los musulmanes que en occidente malvivían con el paro; si en occidente no se hubiera retirado la seguridad social, la tercera y la cuarta generación de musulmanes no habría sido carne de cañón para los violentos. A esto se une que el racismo visceral que imperaba en las calles de Inglaterra o de Francia no habría despertado en muchos el impulso de volver a los orígenes; y de abrazar una cultura de la opresión después de haber estado, sin conocerla verdaderamente, en la Francia de la libertad. También en España se llegó a gritar un día, sin que la gente se sonrojase lo más mínimo, “¡que vivan las cadenas!”
            Estas cosas empezaron a pasar en Europa en las postrimerías del siglo XX. Pero en el año 2008 el sistema se colapsó. Se hundió la bolsa de Nueva York,  la riqueza cambió de manos y se hundieron también muchas empresas. El paro se disparó. Y como habían vivido en el Estado del bienestar, mejoró la asistencia sanitaria y los viejos ahora se morían más viejos; había que pagar más pensiones. Los jóvenes, en su deseo de buscar la felicidad, se extraviaron en el placer y, para huir de las privaciones, tuvieron menos hijos; había menos gente para trabajar, y por lo tanto menos cotizaciones, y el Estado se quedó con menos dinero. Siguieron oyéndose las voces de que había que bajar los impuestos para que las empresas produjeran más. Al mismo tiempo había que rescatar a los bancos, que se hundían sin liquidez. El cóctel fue explosivo: el número de parados se triplicó en España y el dinero que tenía el Estado para atenderlos siguió bajando; y como muchos de aquellos parados se habían endeudado para comprar casas en los tiempos de bonanza, se ejecutaron las hipotecas y empezaron los deshaucios. Al mismo tiempo España se endeudaba y tenía que pagar la deuda externa. El equilibrio presupuestario, al asfixiar al país, asfixió también a las comunidades autónomas, a las diputaciones, a los ayuntamientos. La única política posible era una política de recortes. Menos jueces, menos médicos, menos maestros, menos ambulancias, menos de todo. No fue por culpa de Rajoy. También lo había empezado a hacer Zapatero, que tenía un corazón inmensamente más grande. No había dinero para gastar, la realidad mandaba.


            El mismo vacío que aprovecharon los radicalismos islámicos (el de la asistencia social) lo aprovechó el nacionalismo catalán. La culpa no era de la crisis: era de España. España nos roba. Y la ideología, lenta y soterradamente supurada en las escuelas, produjo, después de cuarenta años, un inmenso lavado de cerebro. Sólo unos ojos deslumbrados por la ficción pudieron ver sometimiento donde había libertad. Los mismos espacios que repoblaba Israel con viviendas judías para que no pudieran volver los palestinos, los repobló la ideología catalana para que no pudiera volver la verdad, enterrada bajo cascotes de mentiras; entiéndase, mentiras ideológicas. Y lo peor fue que los políticos no supieron estar a la altura de las circunstancias. Todos, desde Iglesias hasta Rajoy, pasando por Sánchez y la mismísima Colau, se la pasaron defendiendo intereses mezquinos sin amplitud de miras; como si un ciclista se entretuviera mirándose las ruedas en lugar de mirar el horizonte. Enfrente, en el bloque catalanista, se extendía un movimiento populista cuya calidad democrática caía a marchas forzadas y adquiría lentamente ribetes cada vez más parecidos al fascismo. Y lo defendía una izquierda demodada y obsoleta. Quienes representaban a la clase trabajadora defendían a capa y espada, en Cataluña, los intereses de la burguesía. Valle Inclán resucitado: ¡el esperpento!
            ¿Qué nos quedaba a los españoles con la crisis? ¿Luchar? ¿Contra quién? ¿Contra el gobierno? El gobierno poco podía hacer, tanto si mandaban los unos como los otros, porque había que mantener el equilibrio presupuestario: “no se construye un paraíso social”, decía aquel loco, “sobre ruinas económicas”. Pero no se trataba de construir un paraíso; se trataba simplemente de evitar el infierno. Entonces, ¿contra quién había que luchar? ¿Contra el Estado? ¿Que se hundiera Roma para que entraran los bárbaros? Ya sabemos contra quién lucha Rajoy, contra quienes quieren que también colaboren los empresarios. Pero Iglesias ¿contra quién lucha? ¿Contra nosotros mismos? ¿Contra España? ¿No hay ninguna izquierda que quiera defender a los pobres sin cargarse a los pobres y a los ricos? ¿No hay nadie que tenga visión histórica, sentido de la responsabilidad, preocupación por el futuro? Hoy, más que nunca, hace falta escuchar el imperativo de responsabilidad. Ya lo dijo Hans Jonas: actúa de tal manera que mañana siga siendo posible la existencia de una vida humana sobre la tierra.  
            La solución no es matar ricos, como en el 36. Ni sinvergüenzas, ni ideólogos, ni aprovechados, ni fanáticos. La solución es crear utopías y ser listos. Creer que es posible un mundo mejor y para eso es necesario conservar el que hemos creado ya, aunque no sea perfecto: Europa. Aunque siga habiendo cosas que no nos gusten. Aunque a veces se nos escarapele la piel. Si para salvar a los pobres nos cargamos a Europa so pretexto de atacar a los malvados que viven en ella, es que vamos al suicidio. Atacar a España desde Venezuela es preferir el despotismo. Menospreciar la democracia que tenemos. Suele ocurrir que no vemos lo que tenemos precisamente porque lo tenemos cerca, y solamente lo podemos ver claramente desde lejos; así, no valoramos la libertad más que cuando la hemos perdido. Europa es, con todos sus defectos, la única isla de humanidad que flota en el mundo. La quiere destruir Rusia, y su arma es la división. Rusia alimenta cualquier foco de división que hay en Europa. Le ha venido bien el bréxit en Inglaterra. En Francia y Holanda no ha podido lograr que gane el Frente Nacional, lo está intentando ahora con Cataluña. ¿Qué quedará en el vacío de una Europa dividida? El nacionalismo. Las naciones europeas, espoleadas por ideologías agresivas y excluyentes, se enfrentarán entre sí y Rusia se frotará las manos. La mejor de sus visiones sería una guerra europea. También Donald Trump ha querido dividirnos, pero Estados Unidos son el atlantismo y comparten, con nosotros, la idea de occidente; por mucho que algunas voluntades en la superficie quieran cosas, no pueden evitar ser arrastrados por corrientes subterráneas; y la corriente que arrastra a Europa rema en el mismo sentido que la que arrastra a los Estados Unidos. Hubo un momento, cuando cayó el bloque soviético, que se habló de integrar a Rusia en la casa común europea. No fue posible. No era posible. Rusia no estaba madura para dar el vuelco hacia el humanismo.
            Oriente es, como lo era desde las guerras médicas, el despotismo. Y aunque Grecia se hiciera despótica cuando invadió Persia, y Roma cuando se adueñaba del Meditarráneo, el espíritu grecorromano era el de una humanidad fecundada por el cristianismo (que también en sus momentos despóticos masacró a diestro y siniestro). Toda la antigüedad, toda la Edad Media fueron campos de exterminio, pero la política flotaba sobre un terreno fértil lleno de semillas: semillas de humanidad, que venían de Grecia, del cristianismo; y cristalizaron los ideales de la Revolución francesa a pesar de la guillotina y de las guerras. Hasta llegar a Kant. Y a Andrés Laguna, que teorizaron lo mismo pero sin las guerras.


            Lo interesante del cristianismo es que viene de oriente. Es la prueba visible de que en oriente hay también semillas de humanidad. Pero todavía no cristalizan. En oriente tenemos la intransigencia islámica. La intolerancia rusa. La opresión deshumanizada que palpita en China. Y algunos brotes de demencia en Corea del norte. Sin hablar de la intolerancia religiosa en Indonesia, en Filipinas. Pero hay islotes de occidente (aunque de colores muy tenues) en la India y en Japón; por supuesto que en Australia; y en Nueva Zelanda. Al ver un mapamundi está claro que oriente se enfrenta a occidente. Quienes, desde Podemos u otras atalayas, se alinean contra occidente, se está equivocando de enemigo.
            Entonces ¿qué tenemos que hacer? Salir de la crisis sin salir de Europa. La crisis le ha quitado a Europa lo mejor que tenía: la humanidad. Hay que salir de la crisis sin dejar de ser europeos porque el mayor peligro no es el terrorismo islámico, sino que estallemos nosotros mismos desde dentro. Europa debe mantenerse unida. No debe desaparecer. Y, cuando las circunstancias lo permitan, recuperar lo más sagrado de nuestras esencias: la seguridad social; la educación gratuita; la justicia renovada, independiente y buena; la solidaridad; la persona que nos enriquece, la densidad del individuo; la humanidad y la cultura, que la cultura nos humaniza; la objetividad en la historia, el sentido crítico; la búsqueda de la plenitud, la naturaleza que nos lleva, la espiritualidad que hemos perdido; la libertad, la democracia. Todo eso está en peligro. Lo perderemos si nos suicidamos, como se pierde el islam en el suicidio. Saber bien adónde vamos, adónde queremos ir, tener amplitud de miras. No confundir la solidaridad con los pobres con la defensa de los intereses que nos fagocitan; y nuestros intereses, hoy por hoy, no están en Venezuela ni en Rusia. Si Cataluña se les entrega y acaba en sus manos, estará dando un gran paso hacia oriente y se desconocerá a sí misma. Lamentará luego haber abandonado la tierra que fue su cuna.
            No caben hoy las revoluciones marxistas. Si Marx levantara la cabeza seguro que renegaría de sí mismo. Hace falta estar ciego para no darse cuenta de su fracaso. Pero en su propio fracaso se encuentra su éxito: si falló la teoría, todavía está vivo el espíritu, la emancipación de los oprimidos; la búsqueda de la felicidad sobre la tierra y, de la mano de Nietzsche, la esperanza de que el espíritu del cielo no nos robe esta tierra que nos pertenece: la tierra donde hemos nacido; que es, en sentido propio, el espacio limitado por la cuna y la tumba, y en sentido figurado, una búsqueda de plenitud: cada tiempo tiene sus jalones en esta búsqueda, y el tiempo presente lo ha encontrado en Europa. Europa tiene que ser, en adelante, la cuna de las utopías realizables, pero realistas; ideales, pero libres; y que el ansia de un mundo nuevo no nos impida evitar los cantos de sirena, las ganas de felicidad que esconden bajo sus alas el despotismo; hay que saber mirar para no dejarse deslumbrar por las apariencias.
            Esta crisis durará lo que tenga que durar. La agresión islamista se enquistará en nosotros durante muchos años, pero no constituirá un peligro de fondo. Dentro de nosotros hay un lobo malo y un lobo bueno: hay que alimentar al lobo bueno, que el mismo país que ha engendrado a Trump ha engendrado también a Obama; de modo que América podrá tener sus diferencias con Europa, pero en el fondo son dos hijas de la misma madre. Como llamaba Laguna a la unidad de Europa frente al peligro turco, así debemos hacer nosotros frente a Rusia. Pero Laguna parece que escribió un Viaje de Turquía que quería comprender al adversario en lugar de atacarlo; ponerse en su pellejo: así nosotros también con Rusia; debemos empaparnos de la cultura rusa, apreciarla y conmovernos; despertar las semillas de bondad que duermen en ella, impregnarnos de Turgeniev; de Chejov, de Tolstoi, de Tchaikovsky; sumergirnos en sus cuadros, en sus películas, en su folklore, en sus edificios; Einsenstein y Dostoievsky; sólo el conocimiento, crítico y espiritual, realista y soñador, del espíritu ruso nos permitirá aspirar la plenitud bajo la superficie; que hay un corazón ruso debajo de la voluntad descorazonada, mucho Raskolnikov debajo de Putin. Rusia es, hoy, nuestro peligro, pero aspiramos a una casa común y será también, un día, nuestro futuro.
            Mientras tanto las ONG trabajan por la gente pobre. Hay mucha solidaridad bajo tanto egoísmo, pero no hay que permitir que el amor al prójimo nos nuble la vista: como cuando queremos tanto a un pajarillo que las ansias de ternura se agarran a la mano y, queriendo acariciarlo, lo ahogan; no, no hay que dejar que nuestro amor le lleve al prójimo la asfixia en nuestro arrebato por ayudarlo. Ada Colau se cubrió de gloria cuando defendía, como abogada, a los deshauciados; hoy, como alcaldesa de Barcelona, y sobre todo como miembro de su partido, ya no se sabe qué intereses defiende. También Sendero Luminoso mató sin piedad, y en su afán murieron pobres y ricos, queriendo ayudar a los pobres. Hoy la crisis nos plantea profundos retos. Uno de ellos es no empeñarse en defender al débil con ideologías desfasadas, obsesivas, inoperantes y suicidas: tener demasiado corazón a veces es lo mismo que ahogar abrazando. La única solución es escuchar al corazón con la cabeza; y no desesperarse si hay bolsas de pobreza que no podemos erradicar, y abusos en el mundo que no podemos arreglar, no desesperarse; hay cosas intolerables pero no es bueno perder la paciencia. Y mirar en el horizonte sin perder el rumbo, porque en él está anunciado, aunque tarde, como una redención inexorable, el destino de la humanidad. Será el lucero del alba.