viernes, 21 de julio de 2017

EL FUERO DE SEPÚLVEDA








EL FUERO DE SEPÚLVEDA
 

  1.  
            El abuelo Víctor murió cuando florecía la primavera. Volvía cargado de ovejas, con la voluntad grabada en la frente, con la hombría regada en las venas; y tuvo que ser la fatalidad, las cosas del destino, la mala suerte. De allá a lo lejos volvía, entre polvareda de rebaños regresando para casa. En el río Tozo se había visto reflejado como en un espejo. En sus aguas, gélidas y transparentes, había galápagos montados en las piedras. El Tozo, el Marinejo, el Montes. El alma de Extremadura cincelada en las rocas, en los cantos rodados de los cauces, en las polvaredas. Día a día cambiaba el paisaje a medida que llegaba a casa. Allí se quedaba el suelo recién segado. Después empezaban a dorarse las espigas, el suelo verde... Al llegar a Segovia, empezaban a espigar las cosechas.
            Y allí fue, un día aciago de primavera, cuando moría el abuelo Víctor. Su nieto Mariano no lo llegó a conocer. Su nieto Mariano, como todos los nietos, no había nacido aún cuando en la fuente del chorro él bebía. Su hija Marcelina, huérfana de tres meses, tampoco lo conoció. El abuelo Víctor murió cuando volvía con sus rebaños en el mes de junio, y volvió a finales de mayo. Ya espigaban las cosechas cuando, a la vuelta de Extremadura, dejaba las ovejas en Navafría. Hacía calor y tenía sed. De caminar por los altos de Guadarrama sudaba el abuelo Víctor. Iba a la Revilla. La abuela Facunda, “la madre de mi madre” –recordaría un día Mariano-, solía dejarle las llaves de casa debajo de una piedra. El abuelo era mayoral. Pero se le olvidó dejárselas aquel desgraciado día. El abuelo Víctor, que estaba muerto de sed, bebió para revivir y conoció la muerte, en la fuente fría. No pasaron cuatro días cuando dejaba huérfana y viuda. Víctor, al que nada había podido domar, forjado en los campos de mayo y curtido bajo el sol de invierno, con la piel cuarteada por el viento, murió, ironías que tiene la suerte, de una pulmonía.



2.

            Y el tiempo de Víctor se perdió en un remolino. Se perdió como los remolinos de otoño, que envuelven en polvo la hojarasca y el espino. Como los remolinos del alma, que depositan nostalgia en las praderas del sentimiento. El tiempo es un remolino agitado por el sentimiento. Un abismo donde las cosas pierden forma, sumidas en lo más profundo de las entrañas, y en el palpitar más puro de los corazones que no existen. En el murmullo del viento, una presencia caótica y cuántica de melodía y ritmo; donde las nubes presienten infinitos que se depositan en el espacio como gotitas de rocío. Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap. Vértigo y remolino donde late el infinito: el sentir doloroso de las fibras del ser, vibrando como violines en las cuerdas del universo, que aún no puede existir.
            Los remolinos giran como galaxias en los sumideros del tiempo: y emergen por las cañerías del espacio, depositando espirales (y entre luceros, polvo de estrellas). En algún rincón del tiempo, penetrando en lo más hondo de sí mismo, yace dormido el mundo de Víctor en el regazo de Ginungagap: un ser profundo donde vamos todos después de existir, porque allí éramos semilla sembrada por el viento antes de nacer.
            En esos remolinos se perdió el tiempo de Víctor. Se quedó envuelto en una nebulosa de nostalgia. En ella se formó Mariano, hijo de Casto, esposo de Marcelina, hija de Víctor, el desgraciado mayoral. Su esposa Facunda tuvo que volver a casarse, porque en aquellos tiempos la mujer no era nada y sólo tenía existencia a través del marido. Casó, pues, Facunda con Esteban, que era pastor. Para entonces su hija Marcelina tuvo como tutor a su tío Alejandro, en un tiempo en que Víctor les dejó de todo en la casa de la Revilla. Pero aquella herencia se esfumó, nunca se supo si por la excesiva bondad de Alejandro o por la picaresca inteligente de los otros. Fue el caso que, al casarse, Marcelina no tenía ni un colchón donde dormir.
            La hija del tío Alejandro se llamaba Josefa. Josefa y Marcelina eran primas. De Josefa nació Elvira, y de Marcelina Mariano; siendo primos segundos, vivieron sin conocerse; porque Mariano vivió en Orejana y Elvira había emigrado a Segovia. Josefa se había casado con un jirón arrinconado de la nobleza, Ángel Isabel de Santiago, hidalgo del tres al cuarto descendiente de los marqueses de Santa Cruz. Pero Marcelina no estaba casada con la nobleza de sangre, aunque sólo fuera de la que estaba condenada a la pobreza material. Marcelina, pobre y desprotegida como su prima Josefa, se había casado con la nobleza de carácter; su marido se llamaba Casto Martín: Martín, hijo de Marte, esforzado y luchador, de la casta bravía de quienes no agachan la frente.
            Casto era un castellano viejo de tierra de Segovia, como él decía. Y de Orejana, por más señas. Del partido de Sepúlveda. Donde nunca les pisó ni el mismísimo rey Almanzor. Donde reinaban la libertad y la dignidad de las personas, y la igualdad de la sociedad se enseñoreaba con el autogobierno, en democracia. Tierra de frontera en los extremos del Duero, tierras de Segovia: la Extremadura de abajo. Tierra donde se afirma con más fuerza el carácter democrático del pueblo castellano. En el fuero de Extremadura, manado de la costumbre, la nobleza es una clase abierta a todos; al valor y al mérito de cada uno, con sólo tener las armas y un caballo. La población, el concejo, la asamblea vecinal tiene todos los poderes; el concejo son todos los hombres y mujeres, de él emana el juez y emanan los alcaldes, de todos los pobladores, “ricos y pobres, poderosos y humildes, infanzones y villanos”. Cada vecino es dueño de su casa y de las tierras que trabaja, pero las tierras vecinales son colectivas; los bosques, las aguas, los prados, las dehesas; los montes que invadían la entrañable llanura castellana. Por eso la gente se siente vecina de su concejo, y el concejo es el alma que llena el nombre de su tierra; hombre de Sepúlveda, como era y se sentía la nobleza de Casto, que tenía sus raíces en el fuero: en el derecho de la Extremadura castellana. En los territorios reconquistados al sur del Duero (la Extremadura, la tierra de frontera), donde no podía sino surgir un derecho fronterizo. Pero la frontera tiene un destino que no es el de seguir siendo frontera eternamente; su destino es el mestizaje.
            A Sepúlveda la repobló el conde Fernán González. La misma Sepúlveda que, en el declive de la época visigoda, tuvo a San Frutos por patrón porque no había en aquella tierra más que pastores y ermitaños. Luego vino Almanzor. Vino Abú-Amir, que se dio a sí mismo el sobrenombre de Victorioso (eso sí, con la ayuda de dios: Almanzor, singular mezcolanza de orgullo y humildad fingida). Su ambición no tenía límites. Cerrando los ojos a la corrupción, se llenó de aliados y amigos; y se granjeó la aprobación del clero saqueando la biblioteca de Córdoba, quemando libros; y detuvo el avance de los cristianos del norte organizando un poderoso ejército. Nadie le discutía sus dotes militares, pero ¿a qué intereses servía? No a los fueros y libertades de Sepúlveda, sino a su desmesurada ambición que le calmaba la sed bebiendo sangre. Convertido en un auténtico dictador, Abú-Amir, antes de ser Almanzor, atravesó la tierra de frontera. Le pareció que Madrid ardía porque su muralla de pedernal brillaba como una hoguera cuando le daba el sol. Lo arrasaba todo a sangre y fuego, aniquilando a quien le presentaba batalla. Saqueó Zamora, fortaleza inexpugnable de Castilla, pasando a cuchillo a toda la guarnición. Arrasó Barcelona. Penetró hasta los confines de la cristiandad, el mismísimo brazo de la galaxia, el campo de estrellas, Compostela: las campanas se llevaba a hombros de agotados prisioneros, agachando la cerviz, la población esclavizada. Y tuvo tiempo antes del año mil de asolar la Extremadura castellana, Sepúlveda la del fuero libre, la tierra de Fernán González.
            Casto, que se casó con la pobre Marcelina, vio cuán triste es el destino de las gentes que no se defienden. De quienes no tienen padres desde que fueron niños. El coraje le atizaba el corazón diciéndole, en el pequeño barrio de Orejana al que llamaban la Revilla (allí, donde ellos habían nacido), que defendería a su familia con todas las fuerzas de su ser, apoyado en la tierra en que se hundía. Con la fuerza del brazo apoyándose en el derecho, pues era ésa la índole de los descendientes de Hércules: como un castellano viejo de la tierra de Sepúlveda. Como un castellano viejo.
 

3.

            La victoria debe suceder al esfuerzo, pero en el caso de Casto fue al revés; y así, su primera hija se llamó Victoria: Casto fue su benjamín. A Victoria le sucedió Mariano, pero al pobre Marianín se lo llevó la difteria. Al tercer hijo también lo llamaron Mariano. Y Mariano heredó la casta de la tierra de Sepúlveda, aunque la tiñó el destino con un halo de testarudez. Mariano fue de la estirpe de los martines: austero, recio, bravo, dispuesto a afrontar el hado a pecho descubierto; impetuoso, valiente, luchador. Pero la suerte, que a todos nos amarra, le deparó a él el más triste de los destinos. Severas estaban las moiras cuando tejieron los hilos con el mismo material del que hicieron a su padre. Y en el fondo nació afortunado, pero lo pusieron en un piélago de ira. Desde siempre su destino fue luchar. Sobre la estela de su padre, la estela de los hombres libres, hay un camino de Santiago que nos lleva a la independencia. La alegría, el respeto, la igualdad. Pero la alegría para él fue sólo una meta; con nostalgia lo forjaron desde que nació, un recio día de febrero, cuando ardían las candelas en la ruta de las moiras.
            La nostalgia lo abrazó por los prados de Valdenavarre. Empezó segando en verano, un día, en Los Rancajales. Se habían quedado sin agua y su madre tenía que preparar el avío del día siguiente para comer: y se llevó en la burra a sus dos hermanos, porque eran pequeños; y como no cabía Mariano, tuvo que quedarse a dormir con su padre en aquellos campos de dios. Fue la primera vez que conoció la nostalgia. Ya no era la sed, era la nostalgia de ver que se iba su madre con sus hermanos y él se quedaba solo.
            -¡Madre! ¡Madre!
            Sus seis años en un puño se llenaron de pena a medida que la veía partir. Tenía sed y su padre le daba leche de cabra, pero él no quería beber. ¡Cuántas veces su madre, oyéndolo en la lejanía, lo sentía hundirse en el silencio de la noche y a ella se le ponía un nudo en la garganta!
            Seis años. Sus seis años no le tenían apego a su padre, porque se iba a ganar el pan y pasaba largas temporadas fuera de casa. Sólo estaba cuatro meses en verano, cuando se hacía la recolección de la mies; el resto del tiempo estaba fuera, y mientras tanto su madre araba, cavaba, cortaba leña, segaba, trillaba, limpiaba el grano, tenía que cuidar a los animales y tenía que cuidar de sus hijos. Y por eso los niños, que vivían bajo sus faldas, estaban con el padre como quien está con un extraño; la tierra no daba para más y vomitaba a sus hijos para buscarse la vida; los vomitaba para alimentar el hogar que se quedaba solo sin ellos, arrancándole el corazón como única forma de llenar el vientre; que era la disyuntiva o tener padre y no tener que comer, o tener comida y no tener padre. Por eso los seis años de Mariano gemían de pena en la noche dura y su corazón, apretado en el silencio, parece que decía:
            -Madre...
            Era pequeño y se quedó dormido con la fresca de la madrugada.
            Desde muy pequeño le gustaron la lectura y la escritura. Por la noche, cuando regresaba de guardar las vacas, escribía con un trozo de tiza en unos delantales o zajones de cuero, y se inventaba una carta a su padre; eran las largas temporadas de invierno que pasaba fuera de casa, trabajando en diversas ocupaciones o dedicándose al pastoreo. Y por el día, se ponía a leer en voz alta para que le oyesen los mayores.
            Cuando empezó a ir con las vacas por el monte de Valdenavarre tenía sólo cinco años. Iba a aquel dichoso monte a pasar frío y a mojarse con la lluvia, y a llorar y a rabiar viendo que las vacas parecía que tenían conocimiento; que se reían de él por lo pequeño que era y por no poder correr como quería para ir detrás de ellas. Un día, pasando por el barrio de la Revilla camino de Valdenavarre, tuvo ganas de hacer de vientre y el frío no le dejó desabrocharse los pantalones; y se ensució. Y cuando levantó el día, a hurtadillas para que no le viesen los vaqueros, se lavó la ropa y la tendió sobre unos matorrales. Allí encontró un periódico y lo leyó, en las piedras y a escondidas de los otros vaqueros, mientras se secaba la ropa; pudo el pequeño Mariano (corría por entonces el año mil novecientos treinta) conocer en unas fotografías la extraña silueta de los aeroplanos.
            Quizá fuera la escuela la liberación de las penurias. Un día don Roque, el maestro, mandó decir a los padres que si los niños no iban todos los días a clase, no los dejaría entrar; que nunca aprenderían nada si iban un día sí y otro no. Marcelina, sinceramente compungida, fue a explicarle a don Roque que necesitaba a su hijo para ir con las vacas al monte; era imposible mandarle a la escuela, aunque ella quería que aprendiera las letras. Don Roque, comprensivo, le dijo:
            -No, mujer, yo no le he dicho nada a tu chico. Sólo lo he dicho para los otros. Conozco vuestra situación y sé que Mariano, aunque no venga a la escuela, lee.
            Como tan pequeño tuvo que salir a trabajar, el chico aprendió a ser astuto. El maestro les daba a todos un libro para leer durante el verano, menos a Mariano. Y él se lo dijo a su madre para que hablara con el maestro, y el maestro le dijo:
            -A él no le he dado libros porque sé que tiene los suyos, y lee. Y sé que lee demasiado y no es bueno que lea tanto para su corta edad; que tan dañino es andar lo mucho como lo poco.
            Pero él no quería ser menos que los demás y se vengaba poniéndose a leer en voz alta junto a las paredes de las casas, para que lo oyesen.
            Sin embargo, era un niño. Y como todos los niños, travieso. ¿O era que las condiciones en que se desarrolló lo hicieron así? Los padres eran serios, los niños aprendían a golpes, fue el tiempo que le tocó vivir. No es fácil decir si las condiciones de vida eran brutales o es que eran brutales las personas. Sola, sin el consejo del padre, sin el apoyo del marido, su madre algunas veces llegaba a la desesperación. Fue un día de invierno. Marcelina, en días en que no podía salir al campo, se juntaba con las vecinas y se daban compañía cosiendo trapos. Como los niños les daban guerra, los mandaron a jugar al pajar. Y jugaron. Jugaron a los carniceros y se emplearon con las gallinas; mientras unos las cogían y otros las sujetaban el pescuezo sobre un tajo de madera, Mariano, con un hacha, se lo cortaba: sólo se escapó el gallo. Y envolvió entonces el pajar un silencio misterioso que empezó a preocupar a Marcelina; al ver luego la carnicería, ella se quedó de piedra. Le dio unos buenos latigazos, pero más miedo le dio su padre, que estaba en casa por aquel entonces trabajando en el campo. Cuando llegó, Mariano no quería entrar en la cocina. Él le exigió que se acercase y el niño, asustado, se arrimaba a una esquina sin atreverse a llegar a él; y Casto, apenado y, en su fuero interno, enternecido, no le hizo nada; se limitó a mandarle a la cama sin cenar.
            La nostalgia. La mayor enemiga que tuvo aquel niño. La más dura. La que más combatió durante toda su vida y la reconoció como su sino, porque en su frente la tendría marcada para siempre. El hambre, el frío, los padecimientos pasan, pero la nostalgia queda. Fue una existencia llena de rigores en Orejana, en el barrio de la Revilla, en las frías tierras donde pastaban las vacas; en el monte que se erguía a la salida de El Arenal, pasado el desgraciado cruce de la Muñeca, por los prados de Valdenavarre. Las letras, en la escuela, siempre fueron un refugio contra el frío: donde se escribe no hay que cuidar las vacas. Y era tan grande la calamidad que el buen Casto un día, esperando mejorar su suerte, los llevó a Chozas de la Sierra. Fue el catorce de abril de mil novecientos treinta y dos. Mariano, en su esperanza, tenía la ilusión de ir a la escuela para dejar aquel calvario. Ni su madre ni su hermana tendrían que ir detrás de las vacas, ni arar: allí todo era más moderno; su hermana Victoria podría vestirse con ropas menos viejas que las del Arenal, sí: Chozas parecía la tierra prometida. Don Roque, apenado, le dijo a Casto:
            -Deja al chico conmigo: podemos sacar algo de él. Mira a los otros chicos, Manolín, sin ir más lejos; le pregunto cosas y agacha la cabeza, y no hay manera de hacerle hablar. Pero Mariano tiene madera; te digo yo que podemos sacar algo de él.
            -¿Y cómo –dijo Casto-, cómo voy a dejarlo aquí si es mi hijo mayor? En él tengo puestas todas mis esperanzas.
            Dos años exactamente después de que se proclamara la república, un primero de abril, partieron para Chozas. El último día que fue con las vacas, Mariano, al salir del monte, volvió la vista atrás y se dijo a sí mismo: “adiós, Valdenavarre, ¡ojalá no te vuelva a ver!” En Chozas había una dehesa cerrada y no tendría que ir con las vacas, como en Orejana: iría a la escuela todos los días. Atrás quedaban los zajones que le hizo su tío Nicolás de unos  viejos de su padre, para que no tuviera frío. Atrás las piedras de la pared del prado del Hoyo, donde se machacó un dedo y se lo tuvo que lavar con vinagre y salmuera. Atrás las apreturas, las soledades, las calamidades sin cuento. Cuando subieron a la camioneta con las vacas y los enseres, en la mente de todos estaba, con la claridad de la aurora, la esperanza de una vida nueva.




viernes, 14 de julio de 2017

EL MÉTODO AXIOMÁTICO






            Un día escribí algo sobre el método científico y mi amigo Eloy me hizo darles más vueltas a las cosas; ampliar la perspectiva con la que yo las había enfocado en un principio; las líneas que siguen son producto de esa incitación a pensar que viene de él, y  por eso se las dedico con todo cariño, rogándole que no deje nunca de criticar; la crítica es la única arma que tiene la razón.
 

 
EL MÉTODO AXIOMÁTICO
  
            Las ciencias formales (fundamentalmente lógica y matemáticas), a diferencia de las empíricas, utilizan el método axiomático: plantean unas cuantas verdades básicas (tienen que ser muy pocas), y a partir de ellas deducen teoremas; a esas verdades las solemos llamar axiomas (es decir afirmaciones que se admiten sin discusión; que son tan evidentes que no hace falta demostrarlas). A partir de unos pocos axiomas, pues, mediante cadenas deductivas, podemos deducir toda la geometría de Euclides; dentro de ella encontramos el teorema de Pitágoras, el teorema de Tales, el teorema del cateto y un largo etcétera.
            Para entenderlo bien vamos a ilustrarlo con un ejemplo; uno que es gráfico y sencillo: la filosofía de Parménides; filosofía axiomática donde las haya (aunque tengamos que esperar hasta Aristóteles para que se popularice el término “axioma”). Parménides parte de dos principios: primero, que el ser es; y segundo, que el no-ser no es; estos dos axiomas son tan evidentes que a cualquiera le parece una estupidez preocuparse por ellos; son tan claros que a nuestra mente le parece una pérdida de tiempo pensarlos: y es lo que nosotros vamos a hacer ahora; pensemos en ellos; nos sorprenderá que de lo que no se puede dudar se pueden desprender consecuencias dudosas; y asombrosas.
            Para ello baste con preguntarnos cuántos seres hay. Intentemos responder a esa pregunta: si hubiera más de uno, ambos estarían separados; y ¿qué es lo que puede separar a dos trozos de ser? Un trozo de no-ser, por supuesto. Pero el no-ser no existe: por lo tanto el ser no puede estar fragmentado en trozos, ser sólo hay uno; aunque la experiencia nos diga que el mundo está hecho de múltiples seres que nos rodean. El primer teorema de la axiomática de Parménides, que ser sólo hay uno, contradice a la evidencia sensorial, pero concuerda con la evidencia racional: la experiencia y el pensamiento van por caminos distintos; junto a las cosas que pensamos y que están conformes con la realidad, tenemos que admitir que hay pensamientos que contradicen a la experiencia. ¿A quién debemos creer? ¿A la experiencia o a la razón? La experiencia me indica que el sol gira alrededor de la tierra, pero la razón nos dice que es al revés.
 

             Prosigamos. Hagámonos ahora otra pregunta: ¿el ser se mueve? Intentemos responder; y hagámoslo, como antes, partiendo del único sitio del que estamos autorizados a partir; de nuestros dos axiomas. Si el ser se moviera ¿hacia dónde iría? Hacia el no-ser. Pero el no-ser no existe; luego el ser no se mueve. Nuevamente la experiencia nos muestra que casi todo es movimiento a nuestro alrededor; pero la razón nos dice que nada se mueve. ¿A quién creemos? Vivimos en un mundo de apariencias que no siempre corresponden a la realidad; y tenemos dos guías, uno que nos lleva por la apariencia y otro que, traspasando el velo de lo aparente, nos lleva a la lógica de lo real; veo que la cuchara parece que está doblada cuando la meto en un vaso de agua: ¿me debo fiar de lo que veo, o de lo que pienso? Veo que el sol es del tamaño de una naranja, pero la razón me dice que es mucho mayor que la tierra. Y veo que el mismo objeto que es pequeño cuando lo miro de lejos se vuelve grande cuando lo veo de cerca, pero la lógica me dice que, esté lejos o cerca, su tamaño no cambia. También pruebo una fresa y veo que sabe a fresa, pero a veces siento sabor a fresa y lo que como no es una fresa: es un caramelo con saborizante.
            La razón nos dice que de las apariencias sólo podemos fiarnos cuando concuerdan con ella, y su lógica es el método axiomático. Partiendo de dos axiomas (el ser es y el no-ser no es) hemos llegado a dos teoremas: que no hay pluralidad de cosas en el mundo y que nada se mueve. Lo hemos descubierto razonando. Un razonamiento es una operación mediante la cual sacamos una conclusión de unos argumentos; a esos argumentos los llamamos premisas, porque vienen antes de la conclusión (literalmente, “lo que ponemos antes”: ése es su significado en latín). Las premisas de cualquier razonamiento son conclusiones de un razonamiento anterior; las cuales, a su vez, lo son de otro que alguien ha hecho antes, y así sucesivamente. Remontando hasta el final en esta cadena deductiva encontraremos premisas que no son conclusiones de nada: ésos son los axiomas. Los axiomas pueden ser evidencias que no necesitan ser demostradas (como que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo) o convenios más o menos arbitrarios. En el lenguaje común a las evidencias las llamamos verdades de Perogrullo o, simplemente, perogrulladas: imaginemos la cara que pondrían los padres de un alumno cuando se enteran de que en clase de filosofía (o de matemáticas) aprenden cosas tan interesantes como que si la luz está encendida es porque no está apagada.
            Prosigamos. Con el ejemplo de Parménides nos hemos acercado a axiomas evidentes, que eran los que usaban los griegos (volvamos a Euclides: el todo es mayor que la parte; o a Aristóteles: entre la verdad y la falsedad no hay nada). Hoy la ciencia utiliza axiomas que no tienen por qué ser evidentes, y que se definen de manera operativa o son el resultado de un convenio. Para entenderlo podemos pensar en un juego: por ejemplo el ajedrez. El que lo inventó pensó que su funcionamiento se regulaba por varios axiomas; citemos uno de ellos:
(p → d) ˄ ¬(p → ¬d) ˄ (d’ → ¬d) ˄ ((p ˄ c) → d’)
            Vayamos por partes: (p → d) significa que los peones se mueven hacia adelante; ¬(p → ¬d), que ningún peón se mueve en ninguna dirección que no sea hacia adelante; (d’ → ¬d), que la diagonal forma parte de las direcciones que no van hacia delante; y ((p ˄ c) → d’), que si un peón come, es siempre en diagonal.
            Hay tantos axiomas como figuras en el ajedrez. Si un jugador mueve una pieza sin respetar las instrucciones de los axiomas, está jugando mal. Podrá hacer que todas las fichas se muevan en diagonal, pero entonces ya no tendrá sentido que tengan formas diferentes; y con el cambio de morfología sólo habrá dos figuras básicas: la blanca y la negra; habrán cambiado los axiomas y con ellos las figuras, y entonces ya no estaremos jugando al ajedrez, sino a las damas. Del mismo modo una teoría científica es un juego de axiomas del que se desprende una multitud de teoremas; si alguno de los teoremas contradice a alguno de los axiomas, nos habremos metido en una teoría bien distinta, aunque creamos que no nos hemos salido de la misma; como aquel jugador que, en pleno partido, coge la pelota con la mano; si sigues jugando al fútbol el árbitro pitará falta, y si  no pita, es que ya no estás jugando al fútbol, sino al rugby. Del mismo modo la teoría de la gravitación de Newton reposa sobre tres axiomas: el principio de la inercia, la definición de la fuerza como producto de la masa por la aceleración, y el principio de acción y reacción. De estos axiomas se deriva la consecuencia de que dos velocidades que se suman (por ejemplo un viajero que anda dentro de un tren en marcha) dan como resultado una velocidad mayor. Si al calcular movimientos en el espacio encontramos velocidades que se suman sin que el resultado sea mayor que los sumandos, es que ya no estamos en la teoría de la gravitación, sino en la de la relatividad; y no estaremos en el juego de Newton, sino en el de Einstein; y, una de dos, o han cambiado los axiomas, o hemos añadido uno que nos faltaba.
 

             Hagamos, en este punto, un pequeño inciso. Cada científico descubre sus propias leyes usando el método hipotético-deductivo (ya sabes, el del pis de los angelitos). Galileo descubrió la ley del péndulo, y la de la caída de los cuerpos; Kepler, la de las órbitas elípticas y la relación de la distancia con el período; Descartes, la de la cantidad de movimiento; y así sucesivamente. Cada ley es como un juguete, y el niño, cuando juega con ellos, no los guarda siempre en los mismos cajones (los cajones que les corresponden). El científico que descubre leyes es como el niño que juega con juguetes; y el que descubre teorías es como la madre que los coloca todos después de haber jugado con ellos. El método hipotético-deductivo nos permite descubrir cosas sobre la realidad; el método axiomático nos ayuda a ordenarlas; Newton axiomatizó la ciencia de su época: matematizándola más allá de donde llegaba Galileo. Euclides axiomatizó (ordenó) la geometría, Peano hizo lo mismo con la aritmética, Russell y Hilbert con la lógica… Pero toda axiomatización (es decir toda teoría) es una colocación provisional de la ciencia; siempre podemos descubrir un armario que nos venga mejor que el que estábamos utilizando: la relatividad mejoró la gravitación, las geometrías no-euclídeas mejoraron a Euclides, Hilbert mejoró a Russell y las lógicas paraconsistentes (como en Lesniewski o Newton da Costa) mejoraron la lógica bivalente que hemos heredado de Aristóteles. Y si alguien se atreve a decir que una teoría vale para siempre estará metiendo la pata: como Kant cuando dijo que la lógica había salido ya completamente acabada de la cabeza de Aristóteles (y lo dijo un poco antes de que Peirce, Morgan y Boole empezaran a matematizar la lógica).
            Lewis Carroll[i] hace decir a Alicia, desde el otro lado del espejo, que la cuestión es saber quién tiene razón; y le contesta Humpty Dumpty que la cuestión es saber quién manda. (El primer Wittgenstein seguiría luego la lógica de Alicia, y el segundo la de Humpty Dumpty; la sintaxis y la semántica se transformarán, con él, en pragmática). Creemos que nos asiste la razón cuando hacemos ciencia, y lo que llamamos razón es sólo una parte de la razón; Aristóteles creía enunciar una razón universal cuando afirmaba que entre lo verdadero y lo falso no había posibilidades intermedias: hoy sabemos que sí las hay, y que la verdad es borrosa; la bivalencia aristotélica nos ha permitido construir ordenadores, pero necesitamos una lógica difusa para construir sistemas expertos (que en un futuro se convertirán en androides). La ciencia, buscando leyes, es libertad; pero ordenándolas (y ahí está el método axiomático) parece perderla: no es así; cada nueva teoría tendrá que dejar paso a una más nueva porque, como nunca paran de crecer, siempre necesitarán armarios; como el niño que un día se ahoga en la cuna y empieza a necesitar una cama; y, corriendo los años, la cama de matrimonio sustituirá a su vieja cama de soltero y después, un poco más tarde, ya no le bastará cambiar de cama sino que tendrá, también, que cambiar de casa. La ciencia siempre se está cambiando de casa. Y es que no puede parar. 




[i] Lewis Carroll, A través del espejo, Ediciones del Sur, Córdoba, Argentina, capítulo VI, p. 88.

sábado, 8 de julio de 2017

LA PETENERA





LA PETENERA

 

             Gervasia vivía en una de las calles olvidadas del pueblo. Era una casa baja, alargada y chata, de un solo piso. Su fachada, pintada de colores grises, era como todas las fachadas de su misma calle; unas eran más blancas, otras de colores; unas eran claras, otras oscuras; y los colores eran cenicientos como las nubes de una tarde gris, opacos, sin brillo, como casas vestidas de luto, sin ostentación.
            Era una calle amplia, de horizontes rotos, como las calles donde juegan los niños. Pero los niños ya no jugaban como antaño porque veinte veces al día la calle se llenaba de coches. Los edificios, de una sola planta, habían sido invadidos por casas más altas. Primero fue una casa con balcón. Luego tiraron la que había al lado y junto al balcón construyeron otra de dos pisos. Y en el hueco que quedaba en la esquina, al correr del tiempo, construyeron un supermercado. Las aceras se llenaron de coches y los coches se llenaron de gente. Y la gente que iba en los coches dio a luz otros coches, que tuvieron otros más; algunos llegaron a camiones, otros fueron a chatarra. Las aceras se cubrieron más y allí donde había habido niños, sólo quedaban ruedas; y el suelo donde jugaban a las bolas se llenó de asfalto, y la tierra que llenaba las calles se cubrió de cemento, y ya no había tierra ni hierba ni piedras en la plaza que crecía en torno al caño.
            En una de esas casas, olvidada en el tiempo, vivía Gervasia. Paco estaba con ella en una tarde gris, con el cielo lleno de nubes hinchadas de agua. Era una tarde de verano y el carro, tirado por un pobre burro, sesteaba. Entre sus ruedas caminaba el triste perro que, indolente, iba atado a la carreta. A los dos lados del burro iban un viejo y una vieja. Por las rendijas de la persiana Gervasia y Paco, en el aburrimiento de la siesta, miraban.
            Entremos. Si nos acercamos a la puerta hay un batiente de madera verde, hay un timbre, y una aldaba. Entremos. Hay un vestíbulo oscuro, porque no pasa la luz y las puertas de las habitaciones están cerradas. Dejemos la cocina a un lado. A la derecha hay una puerta que lleva a un cuarto de estar, con una mesa camilla, un aparador con tele, una cortina gris, algunas verdes macetas y una ventana. Hay un sofá frente al televisor, en la pared, como en todas las casas. La tele que está puesta, el sofá, la mesa camilla, las macetas, todo es un decorado de antaño; y antaño, como si fueran celosías, la gente miraba por las rendijas de las persianas.
            Paco acababa de llegar hacía poco. Eran las cinco de la tarde. La oscuridad los protegía, como un anticipo del verano, de los rigores del sol. Se estaba terminando el mes de mayo. Paco, enfundado en una camiseta corta, no disimulaba su mal humor.
            -¿Pero no iba a venir la tía Berta?
            Gervasia respondía, como un animal acorralado, por defenderse nada más.
            -Sí, pero no ha venido.
            -¿Te ha llamado?
            -No.
            -Pero ¿la has llamado tú?
            -No, tampoco.
            -¿Entonces cómo quieres que venga?
            Gervasia callaba. No se atrevía a contrariarle, pero en tres preguntas él había desnudado su falta de razón. No había razones que valieran: ella le había engañado.
            -¿No me dijiste ayer que ibas a llamar a la tía?
            -Sí.
            -¿Y por qué no la has llamado?
            -No sé.
            Ella se encogió de hombros. Después levantó la cabeza, hundiendo el cuello en la espalda y arqueando las cejas, mientras apretaba los labios en un gesto de no saber qué responder. Paco sabía que su madre era tímida; y que su timidez la alejaba del teléfono, como un aparato que ella contemplaba todavía con ademán supersticioso. No estaba acostumbrada a llamar. Por no molestar. Hasta las llamadas más necesarias las omitía por no saber qué decir. Por otra parte tampoco le importaba la gente. Huía de los demás en la calle, en la tienda, en los bancos, en la plaza. Si salía era para hacer un recado; y en seguida se volvía a casa, a ser posible sin encontrarse con nadie.
            Paco iba a hacer algunas cosas aquella tarde. La víspera había quedado con ella en que iría a casa de su hermana Berta, pero ella no fue porque ni siquiera la había llamado. Berta vivía en la otra parte del pueblo. Gervasia y Berta llevaban semanas sin verse. Y eran hermanas. Si eso pasaba entre ellas ¿qué no sería con extraños?
            -¿Te ha llamado alguien?
            -No creo. El teléfono no parpadea. Tú verás.
 

             Los teléfonos de entonces tenían un piloto que se encendía. Si alguien llamaba cuando no había nadie en casa, se encendía la luz; y la luz parpadeaba hasta que alguien descolgara para ver las llamadas recibidas. Gervasia no sabía hacerlo. ¡Cuántas veces Paco se lo había querido enseñar! Y ella, terca como una mula, le decía a su hijo siempre:
            -¡Yo no entiendo de esas cosas!
            -¡Pero escucha! –le decía él-. ¡Te estoy explicando! ¿No lo quieres entender?
            Gervasia callaba.
            Entonces él, para no ensañarse con su madre, dejaba de preguntarle cosas. Ella se quejaba de que nunca la llamaban, y él siempre le decía: ¿cómo te van a llamar, si tú huyes de todos?
            No obstante, para que ella no se sintiera sola le hacía siempre el mismo recorrido. Miraba las llamadas del teléfono (casi nunca había ninguna). Miraba el buzón de las cartas (siempre estaba vacío). Cuando a veces, muy de pascuas a ramos, sonaba el timbre, era que llegaba el cartero; o el recibo de la luz, o el que leía el contador del agua, o el presidente de la comunidad. Pero ella no tenía comunidad siquiera: su casa era individual, y, a pesar de que se lo habían propuesto, ella nunca quiso compartir recibos ni tener calefacción compartida.
            Paco ya había decidido quedarse con ella. Estaría un par de horas, y luego se volvería a casa. Alguna vez, para hacerse la víctima, ella le decía:
            -No te quedes aquí. Tú vete con los tuyos.
            Y le dolía que le dijese eso. Aquella forma de hablarle le partía el corazón. Pero él estaba resuelto a no ceder al chantaje. El egoísmo de la gente mayor, cuando se vierte en la persona que la cuida, se vuelve tan solitario como tirano.
            Gervasia llevaba una semana sin salir de casa. Paco iba  ver a su madre todas las tardes pero había días que tenía las tardes ocupadas: entonces se preocupaba de que estuviera con la tía Berta; y, cuando ya él lo había dejado todo listo, Gervasia rehusaba coger el teléfono para llamarla: y se quedaba sola. Su desidia era tal, que prefería estar días sin salir ni hablar antes que hablar con nadie por propia iniciativa; y luego los malos humos, el hastío, el abatimiento, la depresión, se los cargaba a Paco.
            Salieron a pasear aquella tarde. Ella lo agarraba del brazo, y andaban a pasitos cortos mientras salían de casa, enfilaban por la calle, llegaban hasta la plaza, recorrían el paseo lleno de bancos y salían al prado; para volver de nuevo a casa, andando por el pinar. Por el paseo saludaban a la gente, y las vecinas de los bancos a veces los paraban, se dirigían a su madre y le empezaban a hablar. Él, entonces, se iba apartando sin marcharse, pero ella abandonaba a las mujeres que le hablaban y, con una despedida cortante, se volvía hacia su hijo.
            Cuando volvieron a casa estaban cansados los dos. Gervasia se quejaba de la rodilla. Paco, sabiendo de su reuma, no la forzaba demasiado; pero siempre la obligaba a pasear, y ella, que al principio se resistía, cuando volvían a casa disfrutaba de una sensación de bienestar que la embriagaba. La había obligado su hijo. La había obligado a hacer lo que a ella le gustaba (manda narices); porque, cuando él lo ponía en manos de ella, ella se podía pasar semanas enteras sin salir. Era como un bulto: lo dejas en el cuarto y ahí se puede estar las horas muertas, hasta que vuelves a cogerlo; porque la iniciativa de cambiar de sitio no va a salir nunca de él.
            Paco se despidió de su madre. Al día siguiente volvería a verla de nuevo. Salió por la puerta verde, junto a la ventana por cuyas rendijas, agazapada tras la persiana (Paco lo sabía), Gervasia lo miraba. Paco caminó entre los coches, pasó por el supermercado del rincón, dobló por la esquina y se dirigió hacia la plaza. En una de aquellas calles estaba la  casa de Isaac. Por su ventana salía, como un lamento, en una exhalación de la persiana, la petenera:
                                               ¡Qué pocos amigos tiene
el que no tiene que dar!