viernes, 23 de junio de 2017

EL POSO DE LOS DÍAS




EL POSO DE LOS DÍAS
 

              Su mirada, serena, estaba abandonada en el suelo. Su cara era pálida; sus cabellos invernales escaseaban ya, en un bosque donde la vegetación se retiraba. Eran sus ojos fijos los que miraban, melancólicamente, al pasado. La buena mujer estaba al filo de sus ochenta años, y su memoria, despertada por los azares caprichosos, se disponía lánguidamente a remontar el vuelo.

            Su hijo estaba sentado junto a ella. En el sillón del declive, su cara sonrosada y juvenil se escondía tras una barba espesa y negra; y aquella barba poblada, con los densos mechones blancos que la salpicaban, en otoño anunciaban la melancólica escarcha que habría de helarle el corazón. El paso del tiempo se hacía pesado y duro. Los tiempos de siega vendrían, cuando el campo, con el vientre preñado de grano nutricio, ya no despertara sino al filo inexorable de la guadaña.
            El cielo se llenaba de estrellas tristes. Melancólicos humos flotaban con la presencia de los tiempos preteridos, exhalando columnas blancas en las cálidas chimeneas del recuerdo. Las volutas en el fuego revoloteaban, juguetonas, bajo la cáscara ruda del perol, espesada con las costras del metal y de las brasas y la leña y las cenizas; como las conchas adheridas, tal un lastre del tiempo, en el duro cascarón de los navíos. Las cenizas petrificadas en el perol, como paisaje lunar sobre lava de  volcanes, eran cenizas acumuladas bajo los ropajes del tiempo. Dentro del perol, cual cálida sopa para el espíritu frío, pugnaban por salir a borbotones toneladas y toneladas de recuerdos; los recuerdos que se habrían solidificado y que ahora, llamados por la dulce llama del espíritu, se habían vuelto ondas de agua que habían dejado de pesar.
            Sus ojos se miraron en aquellas ondas. Atraídas mágicamente por un imán misterioso, sus cálidas pupilas volaban como atunes remontando la corriente. El tiempo era ligero. El tiempo ya no pesaba. Hundiéndose en las entrañas de las ondas, penetró al otro lado del espejo recobrando una época donde todo era dulce, por muy amargo que todo hubiera sido. Una épica en que los años no pesaban; como ahora pesan, empujando la espalda hacia el suelo, como si buscaran el abrazo de la tierra.
            Era una casa humilde. Sus paredes miraban mansamente hacia la iglesia. El corral, pedregoso y tosco, se extendía por los lugares que luego se llenaron de casas, invadiendo los corrales, tapando la luz, cegando el suelo donde jugaban los niños y ahogando el aire. Era un corral donde vivía la gente pobre como se podía vivir, comiendo como se podía comer, a veces pasando hambre; a veces viento.
            Tenía unas alcobas sin puerta con unas camas sin dormitorio, y daban a un comedor sin comida. Eran unas alcobas tapadas con cortinas, y él las recordaba todavía, cuando era pequeño, en un no sé qué que estremece el cuerpo; suspendido en el limbo, flotando; en una nebulosa de recuerdos que no se recuerdan. Su madre, con los ojos abiertos bajo las cejas levantadas, veía en el perol del tiempo las claras imágenes de su remota infancia. Sus padres, todavía en aroma y frescor de juventud; la frente de su madre con el alma seca. Sus hermanas. Recordaba que su pobre hermano, cuando aún contaba unos pocos meses, enfermó y se murió de meningitis. Su padre preparaba la pobre caja, el triste ataúd, y durante unos días las llevó a casa de unos tíos mientras duraba el entierro. Recordaba a sus primos, traviesos, riéndose de ellas. Recordaba con todo dolor cómo se reían de ellas por lo pobres que eran. Y cómo –despiadadas maldades en el corazón de los niños- les escupían en el plato donde iban a comer; y ellas se aguantaban; se aguantaban con el cuerpo sembrado de hambre, tragándose la vergüenza y el orgullo y aguantándose el hambre que también las sembraba de ira; haciendo crecer en sus corazones el duro resentimiento que las iba a apretar con sus grilletes durante toda la vida. 


            Luego vino su abuelo. Un viejo de aquellos tiempos, viejo de trabajar tanto, viejo prematuro, viejo de vestirse de viejo; y todavía trabajaba en sus postreros días, para ganarse unas perrillas, cortando paja. Se sentaba al borde del comedor junto a los tres peldaños que subían al corral, con su hoz curvada. Le llevaban los haces de paja y él las cortaba, en trocitos pequeños, en las tardes largas que no terminaban nunca. Y el comedor se llenaba de briznas que se metían por todas partes. Las barrían, las recogían, las cambiaban, y nunca terminaban de marcharse. Las lentas tardes en que hablaba el estío.  Con su silencio.
            Recordaba que un día vino el dueño de la casa con un racimo de uvas. Eran uvas pequeñas, picoteadas por los pájaros, la mayoría negras. “Toma, para que se las coman las niñas”, les dijo; y las pobres niñas (y él no lo sabía) se habían hartado aquella misma tarde de comer uvas, cogiéndolas de la pared; de una pared sobre la que caían los racimos y las ramas y sarmientos que daban al corral. ¡Pobrecitas! Una vez al año, porque la naturaleza lo quería, tenían la comida al alcance de la mano.
            Aquel año estalló la guerra y se llevaron al tío Loreto. Su tía Pepa se vino con ellos mientras estaba él en la cárcel, y fueron largos años de compartir miserias  y descubrir maldades. ¡Cuántas veces se quedaron sin desayunar! En la cocina, detrás de la puerta, había un arcón donde guardaban el pan. Todos los hermanos lo tenían racionado y por las noches, antes de dormir, engañaban al estómago y dejaban la mitad para comérselo al día siguiente. Y cuando se habían ido a dormir, la tía Pepa se encerraba sola en la cocina y se ponía a comer a escondidas. ¡Quién sabe lo que comería en aquellas soledades! Sólo sabían que por las mañanas, con el estómago maltrecho de un pajarito, aquellas criaturas no tenían pan que comer. Cada una tenía su lata de sardinas, que le compraba su madre, y a la hora de la comida no había latilla porque alguien se la había comido... y todas las miradas señalaban hacia la tía Pepa.
            El barrio de San Millán era un dédalo de calles tortuosas y estrechas. Eran calles ínfimas por donde pasaban las bicicletas. La iglesia, con su figura imponente, le daba al barrio un aspecto solemne. La calle Fernández Ladreda no era entonces lo que se dice una calle, era una cañada; por debajo del acueducto pasaban las ovejas, que iban calle abajo a doblar por el camino nuevo, por los jardinillos de San Roque, y seguían por el cuartel de la guardia civil en dirección a la era; después seguían de frente y, dejando baterías a la derecha, se internaban en los caminos que llevaban a la sierra. Años más tarde pondrían allí mismo, en aquel cruce de caminos, un monumento al pastor. Un pastor cubierto con una manta y dos gruesos mastines, con unos pies enormes como poderosos imanes que los fijaban a la tierra. La estatua de los pastores que durante tantos años fueron haciendo la trashumancia, buscando tierras lejanas, en el frío invierno, caminando para Extremadura. 


            Algunos años más tarde, siendo ya jóvenes, iban a Santa Columba. Era una cafetería grande bajo la gran explanada donde antaño hubo una iglesia, en el azoguejo. Bajo la silueta protectora del acueducto, mesas y mesas, en una superficie grande que ocupaba toda la fachada (hoy es la oficina de turismo), iban los jóvenes de una generación perdida. Su madre, con sus hermanas, iba los domingos a tomar café, o chocolate, y a pasar la tarde. Iban pronto para encontrar sitio cerca de las animadoras. Las animadoras, cubiertas de largos vestidos, amenizaban la tarde cantando; y cantaban canciones que no hacían ruido, con micrófonos que no chillaban, en las tardes tranquilas de verano mecidas por los claroscuros de las hojas, antes de que la música se llenara de ruido. Y eran unos días maravillosos en la mente de la chica. Hoy, bajo su cara pálida y su pelo de vieja, soplaba el viento de la sierra y las nieves se helaban antaño sin que en su corazón anidaran los fríos. Hoy hace frío en su corazón. Cubierto de invierno, con la mirada triste y la cara pálida, en las manos secas los sarmientos de los dedos se van llenando de reuma; el tiempo inexorable dice, con la vida breve de las fuerzas declinantes, que el verano que renace sólo trae viento; un viento que se esfuma llenando las nubes de recuerdos. Por el silencio del verano ya nunca volvería el sol.




viernes, 16 de junio de 2017

LA CIENCIA Y LA TÉCNICA



 




LA CIENCIA Y LA TÉCNICA[i]
 

1. El método científico.

            -Vamos a trabajar de modo parecido a como trabajan los científicos –dijo Juan-. Vamos a ver. Lo primero es encontrarse ante un problema que necesitemos resolver. O sentir curiosidad por algún fenómeno que nos llama la atención. Por ejemplo, la lluvia. ¿Por qué creéis vosotros que llueve?
            Nadie dijo nada, porque todos esperaban que se lo dieran resuelto. Juan insistió.
            -A ver, ¿qué es lo que produce la lluvia?
            Tuvo que insistir de nuevo.
            -¿Por qué llueve?
            Al fin, Jonathan, que era el más ingenuo, contestó:
            -Por la condensación del agua de las nubes.
            -¡Ah, no, me parece que haces trampa! Tú contestas con lo que ya sabes, y os he pedido que contestarais como si no lo supierais.
            Pero Jonathan se mantenía en sus trece.
            -Es por la condensación del agua que se evapora.
            -No entiendo. ¿Se condensa o se evapora? ¿De qué agua estás hablando?
            -Del agua de los ríos.
            -¿De modo que el agua de los ríos se evapora?
            -Sí.
            -¿Y por qué?
            -Por el calor.
            -¿Qué calor?
            -El del sol. El agua se calienta y sube en forma de nube; luego se enfría y se convierte en lluvia.
            -Ya veo... Es como cuando te duchas. El agua sale caliente y llena la ducha de vapor. Luego se enfría y se deposita en las paredes en forma de gotitas.
            El rostro de Jonathan, y el de Estrella, y el de Mario, se iluminaron. Pero Juan se encargó de apagarlo con sus preguntas.
            -¿Y cómo es que se enfrían las nubes?
            -Es igual que el aire –dijo Manuel-. El aire caliente pesa poco y asciende. Luego se enfría y vuelve a bajar, porque el aire frío pesa.
            -Y... ¿cómo es que el aire de las nubes se puede enfriar? Las nubes están más cerca del sol; por eso están más calientes.
            -No entiendo lo que dices –dijo Manuel. Juan contestó:
            -A ver: cuando vosotros encendéis un fuego, la llama quema por arriba, pero no por los lados. Si colocáis la mano cerca de la llama sentiréis más calor que si la ponéis lejos, ¿no?
            -Sí.
            -Pues el agua de las nubes debería estar más caliente que la del río, porque está más cerca del sol. Las nubes, pues, no pueden condensarse.
            Entre los chicos había murmullos de perplejidad. Era una perplejidad incrédula. Sabían que no era verdad lo que estaba diciendo, pero no podían decir por qué. 


            -Vamos a ver –prosiguió Juan-. El sol no se cae porque está enganchado al cielo. El cielo es como una cúpula cristalina que rodea a la tierra, y a ella están sujetos el sol, los demás astros y las estrellas. De hecho hay tantas cúpulas como tipos de astros flotan en el espacio.
            Los chicos tenían cara de incredulidad. No sabían qué decir.
            -Si el sol –prosiguió Juan- está enganchado al cielo, está más cerca de las nubes que de los ríos, y las calienta más; el agua de las nubes se debería evaporar, y la de los ríos, que está más fría, debería condensarse.
            -Pero es al revés –contestó Manuel-. El agua de los ríos se evapora, y la de las nubes se condensa.
            -¿Y por qué?
            -No sé.
            -Estáis contestando con cosas que habéis aprendido sin entenderlas de verdad. Estáis perplejos porque comprendéis que mis objeciones son fundadas, y sin embargo estáis acostumbrados a creer lo que me habéis dicho. Mis objeciones chocan con vuestras creencias. Es más, vuestras creencias chocan con la lógica. Comprendéis que mis razonamientos son correctos, y os negáis a admitirlos. ¿Por qué rechazáis las evidencias?
            Se encogieron de hombros. Evidentemente no sabían responder.
            -Es más, voy a sacar consecuencias de lo que os digo. Seguramente conocéis los invernaderos: los tenéis en Encinillas, sin ir más lejos. Un invernadero es una huerta cubierta con una lona de plástico. Los rayos del sol pasan a través de ella, pero luego el plástico no los deja salir; al rebotar sobre el suelo, la tierra se calienta: es el efecto invernadero. Pues bien, si hubiera bóvedas celestes sobre nuestras cabezas, en las que pudieran sujetarse los astros, se comportarían como los plásticos de los invernaderos; y la temperatura de la tierra se calentaría.
            Permanecían mudos.
            -Sin embargo, las cosas no son así.
            Mario, exasperado, se atrevió a objetar:
            -¡Es que lo enredas todo! Dices unas cosas que ya..., ya.
            -Mario, no hay ningún enredo. No hago más que razonar. Lo que pasa es que no estáis acostumbrados a emplear la razón, y estáis demasiado aferrados a vuestros prejuicios; cuando la razón las refuta lo lógico sería que cambiarais de creencias... y sin embargo lo que sucede es que desconfiáis de la razón.
            Los alumnos se retorcían en sus asientos.
            -¿Y bien?
            Silencio.
            -Dais más crédito a la costumbre que a la razón. La reflexión no puede neutralizar vuestras costumbres. Sois tercos, automáticos e intransigentes. Y os creéis razonables. ¿Veis? La idea de que la razón guía vuestros pensamientos es también una creencia. Pensáis sin razonar. Y esta evidencia que he descubierto ante vosotros no puede derribar el muro de lo que os han hecho creer. Somos dogmáticos, no racionales. Vuestras creencias, vuestras costumbres, pueden más que la fuerza de la razón y que la evidencia de los hechos. Y lo curioso es que vuestros prejuicios están en lo cierto; son mis afirmaciones las que son erróneas, pero vosotros no podéis demostrar por qué. 


            Ahora estaban más dispuestos a escuchar, aunque los velaba el fantasma de la desconfianza; de la duda. Un psicólogo diría que los había puesto en conflicto cognitivo. Había cuestionado sus prejuicios con razones y con hechos; los prejuicios, que son creencias o costumbres, son obstáculos al conocimiento; resistencia al cambio. Sus mentes, sacudidas por la perplejidad, lucharían contra las razones, hasta que la claridad racional diera al traste con sus creencias; entonces cambiarían de hábitos; se acostumbrarían a tomar en cuenta las objeciones de la razón, y acabarían aprendiendo. Aprender es remover nuestros prejuicios para sustituirlos por razones; y por hechos.
            -¿Os rendís ante la fuerza de los hechos?
            Querían decir que sí, pero los posos racionales que latían en su mente los ponían en guardia. Algo extraño había en las razones de Juan; algo que requería más razonamiento; quizá buscar nuevos ejemplos, nuevos argumentos con los que refutar los argumentos de Juan. Juan los ayudó, orientando sus palabras en el sentido que requería la prudencia.
            -¿Vosotros creéis que arriba, en el cielo, hay cúpulas cristalinas?
            -¡No! –dijeron algunos, aunque lo pensaban todos.
            -No hacen falta: hoy sabemos que los astros se sujetan de otra forma. Pero sin entrar en esos detalles, os voy a resumir nuestra conversación. Primero fue la curiosidad sobre el origen de la lluvia. Luego fue la primera hipótesis: la condensación del agua de los ríos. Y la refutación: la proximidad del sol al cielo hace que las nubes, y no los ríos, se evaporen. Lo conectamos luego con otra idea que teníamos admitida (bueno, más bien que admitieron los antiguos; nosotros ya no): y era que en el cielo hay bóvedas en las que están enganchados los astros. Y dedujimos una consecuencia: si así fuera, el clima de la tierra sufriría un efecto invernadero. Luego lo contrastamos con la realidad: no ocurre así. Por lo tanto había que cambiar de hipótesis. Pregunta. Respuesta (toda respuesta al porqué de las cosas es una suposición, una afirmación provisional, una hipótesis). Consecuencia. Contrastación. Cambio de hipótesis. Hay que abandonar la idea de que las nubes se evaporan y no los ríos, porque no resiste la comparación con los hechos. Lo mismo le sucede a la idea del efecto invernadero. ¿Os dais cuenta? Hemos razonado punto por punto como razonan los científicos.
            Y eso era lo que les quería mostrar: por eso terminó aquí su charla y se dio por satisfecho. Al día siguiente les hablaría del método científico, cuestionando nuevamente la verdad de sus creencias. Ya lo decía Unamuno: el filósofo debe ser un agitador de conciencias. Y él era filósofo: con eso estaba todo dicho.



2. El pis de los angelitos.

            -Ahora –dijo Juan- voy a dar una explicación posible; la lluvia es el pis de los angelitos.
            Se rieron todos. Juan los provocó.
            -¿Pensáis que no es una explicación científica?
            -¡Noooo! –dijeron Mario, y Estrella, y Laura, y Manuel, y Jonathan, y todos los demás. Y no paraban de reír.
            -Me parece que sois un saco de prejuicios –terció Juan-. ¿Qué es una explicación científica?
            Claro, no lo sabían. La sonrisa se les congeló en los labios.
            -Una explicación científica es algo que se puede contrastar. Y vosotros creéis que es toda idea que no contiene las palabras “ángeles”, “espíritus”, “poderes”, y cosas así.
            Evidentemente, era lo que todos creían. Pero no se atrevieron a asentir porque no sabían por dónde les iba a salir Juan.
            -¿No pensáis que la enfermedad es un espíritu que se mete en el organismo sano, volviéndolo enfermo? Como los endemoniados de la Biblia.
            Ahí ya recuperaron la sonrisa. Estaban seguros de tener razón, y de que su razón era irrefutable. Lo negaron.
            -Y sin embargo, es verdad –aseguró Juan.
            Un murmullo de desaprobación general se levantó de la clase. Juan sabía que tendría que buscar argumentos demasiado contundentes para poder vencer. Pero no le costó nada.
            -Así lo afirmaban los iatroquímicos en el siglo XVII. Y en el siglo XIX lo confirmó Pasteur. Sólo que Pasteur, en vez de llamarlos espíritus, los llamó microbios.
            Era gracioso ver cómo la clase se quedaba congelada cada vez que Juan daba un golpe de efecto.
            -Vuestros prejuicios no os dejan ver la realidad. Os dejáis cuadricular por las palabras. Creéis que admitir la existencia de espíritus es superstición, mientras que la de los microbios no lo es. Y no sabéis mirar la realidad detrás de las apariencias. Lo que importa es la idea, no las palabras. La idea es que la enfermedad está causada por la intromisión de un ser extraño en nuestro cuerpo; cómo lo llamemos es secundario. Podemos llamarlo espíritu o microbio, da igual. Es sólo cuestión de palabras. Vuestro rechazo a admitir ciertas palabras en el lenguaje científico os incapacita para comprender el avance de la ciencia.
            Sólo Sara se atrevió a decir:
            -Lo que dices es verdad, Juan. Pero debes reconocer que nosotros no estamos acostumbrados a ver las cosas de esa manera.
            -Claro. Y para eso estoy yo: para agitar las conciencias. (Eso no lo digo yo, lo decía Unamuno). La misión del profesor es combatir las supersticiones; y una superstición engañosa es desterrar ideas que se expresan con palabras que consideramos supersticiosas, sólo porque nos fijamos en ellas y no en sus significados. Cuando un científico descubre una realidad nueva no tiene palabras para nombrarla; unas veces se inventa una palabra nueva, y nos parece científica (todos los neologismos nos lo parecen); pero otras veces recurren a palabras ya existentes, y las utilizan dándoles un significado distinto; pero si esas palabras ya estaban teñidas de sentido religioso, tenderemos a rechazarlas; porque nos fijamos en el significado antiguo, no en el nuevo. Estoy de acuerdo en que los sabios son torpes muchas veces, al usar términos ambiguos para nombrar realidades científicas. Pero hay que tener en cuenta también que el avance de la ciencia está unido a una controversia religiosa. Las palabras les podían servir de camuflaje.
            Álvaro reconoció que tenía razón. Pero ellos no estaban entrenados en estas lides para superar una batalla dialéctica.
            -Volvamos a nuestro ejemplo –continuó Juan-. Una idea científica no es la que no contiene términos religiosos, sino la que se puede contrastar. Que la lluvia es el pis de los angelitos será una idea científica si se puede contrastar; aunque contenga la palabra “angelitos”. ¿Cómo la contrastaremos? 


            Se dirigió a los alumnos en busca de respuesta. Después, ante la falta de respuesta, cambió aquella pregunta silenciosa por una pregunta con palabras. En lugar de limitarse a levantar ligeramente el mentón arqueando las cejas, ahora dijo:
            -¿A quién se le ocurre un experimento para comprobar si nuestra hipótesis es verdadera?
            El primero que habló fue Mario.
            -Bastaría con subir en avión hasta las nubes y buscar angelitos mientras llueve.
            -Mm... No está mal. Y si no los encontramos será que la hipótesis no era correcta.
            -Claro –dijo Mario.
            Pero Álvaro criticó esta conclusión.
            -Podría ser que los ángeles fueran invisibles. O que no fueran perceptibles con nuestros habituales métodos de observación.
            -Sí, Álvaro, pero inventar uno nuevo sería quizá más difícil que resolver el problema de la naturaleza de la lluvia. La ciencia no avanza planteando problemas difíciles para resolver problemas sencillos.
            Así estuvieron un momento. Ante la falta de alternativas Juan propuso, por fin, la suya.
            -He aquí un posible experimento: recogemos gotas de lluvia y las analizamos en el laboratorio. Si encontramos amoniaco es que la lluvia es orín. Todavía quedaría por saber si el autor del orín es un ángel o cualquier otro ser desconocido, pero eso es secundario; lo mismo nos da llamarle ángel que microbio, o partícula, u organismo. Da igual. No nos vamos a dejar asustar ni engañar por las palabras.
            Álvaro hizo una objeción interesante.
            -Podría ser que el orín de los ángeles no contuviera amoniaco. Quizá los ángeles, como son más puros que nosotros, tengan una composición distinta. –Y aclaró acto seguido: -suponiendo que tengan cuerpo.
            -Por supuesto. Pero eso no nos hace avanzar, antes al contrario: nos paraliza. Suponemos que la composición de los orines celestiales es distinta, y eso nos abre todas las posibilidades del mundo; nos abre muchos caminos y no sabemos cuál tomar. Necesitamos una hipótesis que nos oriente hacia uno de ellos. Porque no podemos investigar a ciegas. El científico tantea el mundo con sus hipótesis, y las hipótesis lo van guiando; lo que no hace es dar palos al azar a ver si sale algo.
            -Sí, supongo –dijo Álvaro-. ¿Cómo procederíamos?
            -Verás: si después de haber analizado la lluvia encontramos amoniaco, es que es el pis de... de alguien; por ejemplo, los angelitos.
            -No necesariamente. El amoniaco puede proceder de las emisiones de alguna fábrica, que las haya vertido en forma de gas o en forma líquida.
            -Cierto: de modo que hay que descartar esas posibilidades hasta que sólo queden los ángeles como única explicación plausible.
            -Pero eso no es posible, Juan. Siempre que descartemos una posibilidad será posible imaginar otra. Nunca acabaríamos de idear explicaciones plausibles.
            -Así es: el número de hipótesis puede ser infinito; por eso una idea nunca está probada de manera definitiva; cada prueba que le hagamos pasar la corroborará más y más, y cuantas más pruebas supere será más plausible, pero nunca será segura a cien por cien; siempre nos quedará la posibilidad de que un día alguien diseñe un experimento que la refute.
            -¿Entonces, las leyes científicas no son seguras? 


            -No. Sólo lo son las creencias religiosas, pero la seguridad que dan no es racional, sino afectiva. Y la ciencia no puede avanzar con el corazón: avanza con la cabeza.
            -Pero si yo tengo una canica blanca en una caja y saco todas las canicas menos una y ninguna de las que he sacado es blanca, entonces tengo la seguridad de que la única canica que queda es la blanca; aunque no la haya visto.
            -Sí, porque la caja de canicas contiene un número finito de elementos; la seguridad desaparece en cuanto trabajamos con conjuntos infinitos: como en el estudio de la lluvia; el número de hipótesis que pueden explicar su naturaleza es potencialmente infinito.
            -Es verdad...
            -Cuando lees un prospecto farmacéutico siempre hay un apartado que dice “efectos adversos”: fijaos que nunca se dice que no los haya; suele decir casi siempre: “hasta ahora no se han descrito”; lo que no quiere decir que no los haya; tú puedes ser el primero en experimentarlos.
            Álvaro escuchaba pensativo. Mientras tanto Estrella, que también estaba concentrada, hizo una pregunta.
            -Perdona, pero me cuesta admitir que la ciencia no sea segura.
            -¿Ves? Ése es otro prejuicio. Creéis en la infalibilidad de la ciencia como antaño se creía en la del papa. Si Newton hubiera sido infalible no habría sido corregido por Einstein.
            -Quizá...
            -Cuantas más canicas negras saco de mi caja mayor es la probabilidad de que la próxima vez saque la blanca; pero puede que la próxima vez salga otra negra; que una cosa sea más probable no quiere decir que sea segura.
            -Sí... –Álvaro vacilaba.
            -Las hipótesis científicas son explicaciones que podemos comprobar; pero su comprobación nunca es definitiva porque el fenómeno observado en el experimento puede ser explicado por hipótesis alternativas. Cada experimento es como un asalto, y la hipótesis es una muralla que se protege con toda suerte de defensas, incluso con hipótesis auxiliares; cuantos más asaltos resista más fortalecida saldrá, pero nunca sabremos si al siguiente asalto empezará a desmoronarse. Las explicaciones científicas siempre son provisionales; aunque una explicación que ha resistido numerosas pruebas nos puede dar una seguridad moral, si no científica.
            -¿Entonces la gente de ciencia nunca puede decir taxativamente: esto es así?
            -No. La gente de ciencia es muy cauta. Dirá que es muy probable que esto sea así, o que hay evidencias de que difícilmente será de otro modo... pero será prudente a la hora de comunicar sus resultados. Cuando un científico es dogmático se vuelve doctrinario, y entonces habla de la ciencia como si fuera una religión, seguro de que no puede fallar, y él es el sacerdote del laboratorio.
            Los alumnos sonrieron. Entonces Juan puso una canción de Violeta Parra. En su estribillo hablaba de “Valentina”. La melodía tenía brío, y su voz refutaba la existencia de dios con mucha garra. Juan estaba convencido de que se trataba de Valentina Tereshkova: la primera mujer astronauta. Ella, que surcó los cielos, podría decirnos si había visto a dios.
            -Pero no lo había visto. Dios no estaba en el cielo y aquélla era la prueba definitiva.
            -No estoy de acuerdo –gruñó Estrella-. Acabas de decirnos que una idea no está nunca totalmente comprobada cuando se la compara con los hechos. Y ahora nos dices que la demostración de que dios no está en el cielo es un hecho definitivo. ¿En qué quedamos?
            Sara metió baza y argumentó lo siguiente:
            -Valentino Tereshkova viajó en una nave espacial. Surcó el cosmos. Pero no vio todo el cielo. Sólo la parte del cielo que está más próxima a la tierra. ¡Quién sabe si dios no estaba en las regiones más profundas del espacio!
            -En efecto –respondió Juan-. Y por muy lejos que navegue, nunca se podrá llegar al final del cielo. El cosmos no tiene fin. Aunque nos pasáramos cien años viajando y aunque tuviéramos combustible para tanto tiempo, nos moriríamos antes de haber surcado el espacio mucho menos de un año luz. Y si no podemos llegar al centro del cielo, mucho menos podremos contar en el cosmódromo lo que hemos visto: hacer llegar allí nuestra voz requeriría casi tanto tiempo como el que habríamos tardado en llegar. De modo que el concepto de cielo es muy vago, potencialmente infinito e impracticable a escala humana. La naturaleza del cielo no es observable, y mucho menos la presencia de dios en él. Dios y el cielo no son conceptos empíricos; la existencia de dios, como hipótesis, no es una idea científica, sino una creencia religiosa.
            -¿Entonces, la idea de que la lluvia es el pis de los angelitos tampoco es científica? –preguntó Manuel.
            -Me temo que no –contestó Juan-. Mientras no definamos con exactitud la composición de su orina no la podremos contrastar. Si admitimos que los orines de los ángeles tienen la misma composición que los nuestros, la idea será contrastable: luego será científica; si se descarta como resultado del experimento será una hipótesis fallida, pero hipótesis al fin y al cabo.
            -Perdona, Juan –dijo Estrella-. Me parece que no está clara la diferencia entre lo que es científico y lo que no lo es.
            -Me temo que no –concedió Juan-. Es científico lo que admite contrastaciones sucesivas, y la existencia de dios no las admite. Tomemos el ejemplo de una vacuna: si se ha administrado con éxito a un millón de pacientes su grado de corroboración será elevado; pero bastaría con un solo caso en que no funcionase para que pudiéramos cuestionarla. Como se dice en la literatura científica: viendo un millón de cuervos negros no se comprueba que todos los cuervos sean negros; pero basta con que uno solo sea blanco para que esta afirmación quede descartada. En otras palabras: el éxito nunca es definitivo, pero el fracaso sí.
            -¡Qué cosas! –dijo Álvaro mirando unos cuervos por la ventana.



3.  La ciencia y la técnica.

            Recapitulando: la hipótesis del pis de los ángeles es una idea científica, porque se puede comprobar. Pero cuando, para salvar la hipótesis, definimos la orina angelical de tal manera que la convertimos en inobservable, pierde ya todo carácter científico. Lo mismo le pasa a la existencia de dios: si definimos el espacio dotándole de características inobservables, tal espacio deja de ser un ente científico; y si definimos a dios como ser invisible, lo sacamos ipso facto del ámbito de la ciencia. Lo mismo les pasa a las supercuerdas; para muchos físicos las supercuerdas son objetos metafísicos, no son científicos; a menos que un día las caractericemos de tal manera que se puedan observar.
            El trabajo del médico, el mecánico y el detective, siguen las pautas del trabajo científico. Pero la ciencia estudia proposiciones generales; el médico, el mecánico y el detective se interesan por proposiciones individuales. ¿Qué les pasa a los enfermos cuando sube el nivel de glucosa en la sangre? Eso es trabajo científico. ¿Qué le pasa a este enfermo cuando viene a contarme sus síntomas? Éste es el trabajo del médico. El médico, el mecánico y el detective son artesanos de la ciencia; técnicos más que científicos. La técnica, hoy en día, es imposible sin la ciencia, pero la ciencia en sí misma se desentiende de las aplicaciones de la teoría; y para que la ciencia sea posible, debe haberse desarrollado la técnica para construir los instrumentos de medida que necesita. El médico tiene un repertorio de instrumentos e ideas para curar a los enfermos: el científico va llenando ese repertorio con las ideas que descubre; y con los instrumentos inventados al calor de las ideas.
            Ya estaba dicho todo. La clase estaba madura para que sonase el timbre.




[i] Una parte de este trabajo ha sido publicada anteriormente con el título de “El pis de los angelitos”.