viernes, 8 de diciembre de 2017

LOS VIENTOS DE MI PAÍS




LOS VIENTOS DE MI PAÍS


            A mi amiga Agustina, que al lanzarme un reto me ha obligado a repasar desde la raíz todas mis convicciones.


            Vengo de un lugar donde los mineros volvían cansados a casa; donde los obreros subían penosamente, cuesta arriba, a la fábrica; donde por las noches se respiraba un aire de huevos podridos y gas sulfúrico. Los mineros, enfundados en sus monos, llevaban el talego al hombro, el casco con su lámpara y la cara negra; los obreros pedaleaban la cuesta con pinzas en los pantalones, y las torres de hierro se elevaban entre el amoníaco lanzando a la noche el venenoso vaho de su lengua. Los mineros morían a veces en las explosiones de metano; y sembraban en sus pulmones polvo de carbón que los endurecía, poco a poco, como las piedras. Los mineros morían tantas veces de silicosis. Un día se petrificó el pueblo cuando la central térmica, arrojando llamaradas de carbón, quemó al obrero que miraba por la ventanilla de la caldera; y no fue mi padre: no estaba de turno. Mi padre conoció la soledad de los días tristes. En las noches de invierno, con el aullido del lobo, muchas veces se resguardaba en un mísero chozo empapado de lluvia; con la manta mojada, alejado de todos, cuidando las ovejas; y en el canto berrueco imaginaba fantasmas, sacudido por las ráfagas que rompían los árboles en las noches lúgubres. O trabajaba de sol a sol, pero de sol de tres días; metido en la tolva y alimentando el molino: tres días sin dormir; y como al cuarto se quedase dormido fue expulsado por el amo, como un haragán, sin que le temblase el pulso. O gemía en la noche guardando las vacas, con el chillido del búho, tiritando en sus cuatro años, más que de frío y de hambre, de melancolía: llamando a su madre y sabiendo que no le contestarían más que las lechuzas y los búhos.
            Soy de un país donde la mujer trabaja, como el hombre, de sol a sol, pero sin cobrar un sueldo. Donde las manos se helaban, frotando en la tabla, lavando la ropa en el río. Y planchaba y cosía y tantas veces segaba, y trillaba, con un sombrero de paja, con la piel cuarteada y seca, labrada por el viento solano, las tardes a mediodía. Y los cerros se llenaban de barro los días de lluvia, cuando la tierra se envolvía en polvo y la preñaban las nubes y el lodo se atascaba en las puertas; y la gente no podía andar, cuando se hundían los pies mientras cantaba Pepe Pinto; con las botas catiuscas, la riada arrastrándose cuesta abajo como una culebra, y en las ventanas abiertas, con la radio puesta, cantaba Rafael Farina. Los chicos iban al colegio y recitaban, como recita las letanías el cura, aplicados como niños buenos, las alineaciones del fútbol.


*

            Corría el año 1960. Los mineros volvían a casa con la cara negra de carbón y yo ahora comprendo que no debía haber duchas en la mina; ni duchas ni vestuario, porque volvían con el mono sucio. Mi madre encendía el brasero en las frías mañanas de invierno. Comíamos garbanzos y judías y en navidad comíamos pollo; el pavo, la ternera, el cordero, todo eso era comida de ricos; como lo era el jamón serrano y por eso comíamos jamón cocido. Mi madre hacía trajes a domicilio porque era modista; sin embargo no trabajó nunca porque era mujer, la mujer sólo podía ser mujer de su casa, ya se sabe, ama de una casa que la esclavizaba; sólo el marido podía llevar el sueldo a casa. El padre de Rafa se había ido a trabajar a Alemania; Rafa se quedó solo con su madre, como Pepe, Manuel y tantos otros, que tenían padres y tíos que se habían marchado del pueblo. Será que no tenían trabajo. No lo sé.
            Los obreros iban en bicicleta al poblado: allí, en el otro extremo del pueblo, lejos, cuesta arriba, se llegaba a la fábrica. Luego pusieron los autobuses y en ellos controlaba las huelgas la policía secreta. Había una residencia de empleados y otra de ingenieros; una piscina de ingenieros y otra de obreros; por lo menos había piscina: la Calvo Sotelo era una fábrica grande; y la Montoro, y la Montesa, y la Calatrava. Luego estaban las minas (Peñarroya, Asdrúbal), donde la tierra se tragaba a los mineros; y los obsequiaba con silicosis, con metano, de vez en cuando alguna explosión, bajo el suelo. El ruido de las máquinas era ensordecedor, mi padre casi se queda sordo. Había una plaza de toros y un gran teatro. Y una casa de baños de la que se contaban cosas terribles en el pueblo.
            Había un seguro donde estaban las consultas, pero cuando tenías que operarte ibas a Ciudad Real. Un instituto de enseñanza media, ¿para qué más? A pesar de que el pueblo llegó a tener cien mil habitantes. Los hijos de los médicos, los ingenieros, los policías, los abogados, los que tenían comercios, iban al instituto; para los demás era la escuela de maestría; pero poco a poco el instituto fue recibiendo a los hijos de los obreros. No había televisión y los mocosos teníamos que ir a verla a casa del vecino. Tampoco había coches. El tren era de carbón y cuando íbamos a la estación, mi padre cargaba las maletas; y el trayecto era siempre bien largo. Algún taxi habría, seguramente, pero no había costumbre de usarlo; ni dinero. El hotel León era sólo para los ricos. Hoy  comprendo que el sueldo no daba para más, pero es que aunque hubiera dado tampoco había costumbre de gastarlo. Y en el verano uno viajaba hasta el pueblo no más; en tren y en viajera, y si estaba cerca, andando: el avión sólo estaba para el Hola y el ABC.
            Tiempo atrás, durante la guerra, mis padres habían conocido las calamidades. El hambre. La tristeza. Alcobas sin puertas separadas por cortinas. Dormir tres en una cama, y hasta cuatro, dos en la cabecera y dos a los pies. Comer cocido sin carne, a veces una molleja, unos bofes: casquería. Gachas. Contar el turrón y pasarse la noche con un único trozo (“¿a ti cuánto te queda?”). El racionamiento. Guardar las ovejas en días de nieve, dormir en la choza empapado, tumbado en la manta que el pastor se liaba al cuerpo, y temblar bajo el aullido de los lobos. Después de la guerra fue peor. Trabajar de un sitio a otro por un sueldo de miseria, sin vacaciones, sin seguridad social, sin un domingo de descanso. Crecer flacos como don Quijote, soportar abusos, días interminables de trabajo, diez horas, doce, ¡qué más da! Podían ser dieciséis. Peor era para los represaliados: el padre preso, huido, fusilado, los hijos desprotegidos, señalados con el dedo, las viudas trabajando como esclavas sólo para vivir. Los hijos en el tren, en el molino, en la construcción, en la vaquería, bajo el viento y la nieve y la lluvia y el frío. Así crecieron nuestros padres y nuestros abuelos. Nosotros, por lo menos, teníamos la fábrica. La fábrica tenía sus ventajas. Cuando la había. Como en Puertollano.


            El día que acabó la guerra ondeaba en el ayuntamiento la bandera bicolor. Mi padre la miró con melancolía. Sus ojos nublados mandaban destellos al corazón, a la cabeza: “si para que vuelva la bandera tricolor tiene que haber otra guerra, yo prefiero la bicolor”; eso pensaba mi padre: republicano. Su padre fue fusilado y él nunca pidió venganza. Padeció persecución por la justica por haber militado en un partido que luchaba por la reconciliación nacional. Eran tiempos de hambre, de frío. Una mentalidad derrotista y terrible la de aquellos tiempos. Días de resignación, de fatalismo: era la mentalidad de la derrota (porque todos perdimos la guerra). Pero había detrás de ellos una fatalidad centenaria, milenaria quizá: de la que se nutrían los fandangos, las soleás, las coplas; la que flotaba en el amén de la iglesia; la costumbre de agachar siempre la cabeza, como los campesinos de Courbet. Y detrás de ella había otra mentalidad natural, agarrada a las tripas, visceral y biológica: la de echarle la culpa al otro; la necesidad de identificar a los demás para mejor separarlos del clan, para tenerlos enfrente, para poder apuntar mejor cuando tiraban las piedras.
            Cuando acabó la guerra nadie tenía dinero para trabajar. Ni siquiera los que la ganaron. Sólo, entre los vencedores, tenían dinero los que mandaban. Y ellos abusaban de los otros, vencedores y vencidos. La mayoría tenía sólo sus brazos, el sudor de sus frentes. No había máquinas para arar, apenas el arado romano. La ciencia y la técnica desaparecieron del horizonte. Para médico bastaba un cursillo, y ser adicto al régimen. Si padecías apendicitis te morías de peritonitis. Cualquiera podía ser maestro. Para gimnasia, el instructor de falange. Todavía en los años 60 tenían que venir los ingenieros de Inglaterra, del Japón, de Alemania. La mentalidad del empresario era la de lucrarse, no la de invertir. España, en pleno siglo XX, no había llegado ni siquiera al capitalismo: Buñuel lo supo ver; en Viridiana. Por eso nos tuvimos que ir a trabajar a Alemania. Porque en España no había empresas.
            Poco importaba la competencia. Así lo vimos en la Muerte de un ciclista: lo mostró José Antonio Bardem. Pero es que ni siquiera había competición. Sólo había agresión, avasallamiento, violencia; una violencia larvada en los que mandaban, en aquel triste bigotillo, autoritario y mediocre, en el traje gris de los policías, en los municipales. La guardia civil parecía temible. La radio, mientras tanto, nos tenía en un mundo feliz tan ideal como bello, tan amable como falso; Antonio Molina encantado de bajar a la mina: Rafael Farina preocupándose por los toreros; luego vendría Manolo Escobar y en España sólo cabían el vino, el sol y las mujeres; y nuevamente excomulgar al discrepante, pues todo era viva España “y el que no la quiera no tiene perdón”. La única ideología posible era el nacional-catolicismo. Existía el marxismo, perseguido, acosado hasta la muerte; todavía murió algún anarquista en el garrote vil; la socialdemocracia existía, en las catacumbas; la democracia cristiana, el liberalismo, eran espuma que rebalsaba por los bordes del régimen. La única plenitud que había estaba en la Iglesia; pero la Iglesia cambiaba, con Juan XXIII, con Paulo VI, con el concilio; y el cardenal Tarancón y el obispo Añoveros; otra Iglesia intentó despegar con la ciencia, con la técnica, con el negocio, con el dinero; era del Opus Dei, y gobernaba con Franco. Las mujeres necesitaban ir con velo a misa. Era un  mundo más triste, más gris, más pegado a las jerarquías, insensible al respeto, un mundo aburrido, de plomo.
            Eran los años 60. Años de especulación. De inversiones fáciles. De abusos. El turismo nos llenaba de divisas y España, puritana y católica, tuvo que aceptar a las suecas, la música yé-yé y las minifaldas. En el cine guardaba las esencias el español analfabeto, reprimido y baboso, arrastrándose detrás de las rubias después de que Manolo le hubiera cantado a la morena de su copla; José Luis López Vázquez, Alfredo Landa: especímenes inferiores persiguiendo a la raza superior, la de las rubias; los escotes y bikinis merodeaban en las playas: eran los tiempos de la españolada. Pero con el turismo vinieron también los libros, una tímida apertura se dibujó con los escritores de la tierra, ni dentro ni fuera, y con el pie cambiado; y entre ellos se colaron Voltaire, Lorca, Marx, Freud, Marcuse, Machado. Y mientras se desesperaba la censura los grises ocupaban las universidades. Un despegue industrial afloró en Cataluña: mis amigos se iban a trabajar a Barcelona, se estaban emancipando al tiempo que se convertían en charnegos.


            Los tiempos estaban cambiando. La mentalidad de superficie también cambió. Ya no nos abrazaba la fatalidad: con el trabajo ganábamos dinero, el dinero nos hizo poderosos, y el poder nos hizo libres. Las mujeres se emanciparon, porque también empezaban a trabajar. Ser joven era ponerse el mundo por montera. Serrat lo supo ver bien, sintiéndose mediterráneo y buscando amores “de antes de la guerra”. Y combatiendo la hipocresía. Raimon nos lanzaba a todos al viento, y Lluis Llach nos animaba a tirar de la estaca. La poesía también había salido a la calle: con Gabriel Celaya, con Blas de Otero. Alberti nos llevaba a buscar a los poetas andaluces, de la mano de Agua Viva. Y Luis Eduardo Aute. Y Jarcha. El país salió de su letargo, se sacudió de encima el nuevo fatalismo, pero no el viejo. Crítica, negociación, felicidad, fueron palabras que se pusieron de moda. Y se puso de moda comprar un piso. Y viajar. Muerto el dictador, el país parecía otro; ya antes se habían conquistado tantas zonas de libertad que, a pesar del régimen, juntándolas todas, los españoles se creían libres. La reforma no hizo más que oficializar la realidad; reconocer lo que había en la calle.
            Llegó la década de los 70. Y de los 80. El golpe de Tejero no pudo parar un avance social que era imparable. Yo era maestro por aquel entonces. Pasé muchas horas esperando el tren, el autobús, buscando un taxi cuando nevaba a todo meter, enseñando los números y las letras, de pueblo en pueblo. Y oí a mucha gente en las estaciones, en el mercado, en los bares. Todos hablaban de lo mismo. De hipotecas. De aviones. De Londres, París y Nueva York. Ya todos presumían de haber estado allí, y quien no había pisado un avión es que era tonto. Eso sí, desde una incultura apabullante. Te hablaban de Trafalgar Square, del Big Ben, de Harrod’s; pero no sabían del partenón, o poco; ni de los burgueses de Calais, con Rodin a la cabeza; todo era presumir y no conocer: estar sin ver, o ver sin mirar, que es lo mismo; porque yo he estado en Londres, pero Londres no ha estado en mí, que es como si no hubiera ido. Y que a cómo están las hipotecas. Y que si a capital fijo o capital variable, vete tú a saber, el ignorante jugaba en bolsa, se creían altas las clases medias, y el paleto se ponía corbata sin saber que bajo el traje despuntaba la boina todavía: y era Miguel Delibes. Viejas historias de Castilla la Vieja. A mí se me salían las hipotecas y los coches por la orejas. Era el capitalismo popular de Margaret Thatcher. La filosofía de Felipe González: gato negro o gato blanco, lo que importa es que cace ratones. Se anunciaba el fin de las ideologías. Desde una ideología inconsciente, la del pensamiento único.
            Había, sí, bolsas de pobreza. En los extrarradios había chabolas. Pero como había poco paro, nos creíamos la ficción del pleno empleo. Cualquiera podía invertir. Pero las empresas no querían obreros, ahora buscaban autónomos; así, se ahorrarían gastos, derechos laborales y seguridad social. Se extendió la ciencia como una mancha de aceite: la técnica; todos querían estudiar en la universidad, todos querían una carrera; en la cuneta quedaban los desclasados; y los vagos. Mucha movilidad, era el sueño americano: el más pobre podía ser jefe del más rico; si descollaba. Rockefeller, Onassis eran ahora los modelos. Una mentalidad universal: si tú quieres, tú puedes; en las antípodas del fatalismo coyuntural de posguerra, cuando querer era la prueba cruel de la impotencia.


            Ya no había que ser competentes, sino competitivos. Tragar conocimientos e indigestarse de ingeniería, pero sin criticar nada, que aquello no era cultura, sino culto: culto al trabajo, culto al poder, culto al dinero, culto al saber: el que te da poder, no el que te da plenitud; lejos de esa felicidad que se consigue, según San Juan de la Cruz, “toda ciencia trascendiendo”. San Juan se saltaba la crítica, pero es que los yuppies no llegaban a ella. Yuppy: young urban people. Se perdió de vista la cultura con el culto al dinero. “Adiós, papá, consíguenos un poco de dinero más”. Los Ronaldos. Se perdió la sencillez, la autenticidad, y fuimos gente disfrazada, aparente, falsa, plástica. “Dicen que tienes veneno en la piel”. Radio Futura. Se puede hundir el mundo mientras no me quiten el botellón. El dinero fácil hizo posibles todos los sueños, y entonces dejamos de soñar. Yo vengo de un mundo donde soñábamos casi todos, porque los sueños eran imposibles. Como don Quijote. Rocío Dúrcal. La prosperidad escaló peldaños con Felipe Gonzalez: y la clase media, que él contribuyó a crear, se volvió contra su creador porque el obrero que se creyó rico ya no necesitaba un partido de izquierda (se volvió de derechas). José María Aznar demostró que España había dejado de ser de izquierda: y revivió el franquismo sociológico. Los valores de libertad, solidaridad y felicidad se difuminaron frente a la libertad de empresa, la competitividad y el dinero. El mundo se volvió egoísta. Y lo hicimos entre todos. Votando a José María Aznar. Libremente empezamos a decir que la empresa  pública era ineficaz, que gastaba mucho; y había que volverla privada, liberalizar la economía: era el turno de los liberales. Los mismos que volvieron deficitarias las empresas salvándolas luego con el dinero público. Y entonces descubrimos que gastar no era derrochar. Las empresas públicas gastaban más porque no estaban para ganar, sino para servir; para servir a los más necesitados, que eran muchos; y no por gastar más iban a ser más ineficaces. Desaparecieron las cajas de ahorros, y, ya convertidas en bancos, desapareció la obra social que llevaban a cabo: cuando editaban libros, daban becas, regalaban agendas y financiaban proyectos de desarrollo local y regional (por ejemplo, sosteniendo económicamente museos, teatros y cosas parecidas).
            Resumiendo: se privatizó la fuerza de trajo (los autónomos); se banalizó la ciencia (investigando sólo en lo que la economía necesitaba); se empezaron a privatizar las máquinas (para conseguir trabajo se necesitaba coche, ordenador y móvil); se diluyó la frontera entre los obreros y los cuadros (pues cualquier obrero podía ser universitario). Paralelamente, se vaciaron los estudios, como un cochino en la matanza al que estuvieran destripando (y así, tú podías tener los máximos títulos con los mínimos conocimientos: o sea, que se devaluaron los diplomas; sólo funcionaba la ciencia en su nivel práctico y la LOGSE, que pretendía adaptar al alumno a la vida laboral sólo después de haber buscado el pleno desarrollo de su personalidad, quedó devaluada en la LOMCE: competitividad a costa de felicidad; y de cultura). Se extendió una mentalidad superficial que empezó a impregnar todos los estratos sociales: el placer por el placer; el culto al cuerpo, despreciando lo espiritual; odio al pensamiento (porque el nuevo rico necesitaba sentirse bruto, ser bruto es ser macho, y todos los empollones son unos mariquitas); egoísmo; ya no está de moda ser generoso, amar, compartir: el corazón también está devaluado; el único valor en alza era el alcohol, el sexo, el músculo.
            Hemos desembocado en la civilización del tedio. Cuanto más placer buscamos, más nos aburrimos. La prosperidad económica ha desembocado en pobreza afectiva, en miseria intelectual. El horizonte de nuestros jóvenes está vacío. Todo es fácil, nada cuesta, nada quieren, nada saben, nada esperan, el futuro se ha vaciado porque ya en el presente lo tienen todo; es una generación vana, sin interés, sin futuro. Y es que se agota en el presente, ya ni disfruta con el pasado ni espera nada del mañana: es un parásito que está ahí, vegetando, sin aliento, sin ilusión, sin esperanza, sin energía.


            ¿Cómo empezó todo? Yo llegué a Segovia hace treinta años. Todavía había máquinas de escribir en las oficinas, en los bancos. Pero en un suspiro las cambiaron por ordenadores. Estábamos asistiendo a una revolución tecnológica. Y la técnica lo puso todo patas arriba. Cambió la mentalidad. Cualquiera podía, con un ordenador en casa, manejar el mundo. Nos creíamos núcleos de nuestra propia célula mandando sin obedecer; hebras de ADN que controlaban nuestro protoplasma; y, convertidos en puestos de mando, nos olvidamos del protoplasma; mentes sin cuerpo. Paralelamente nos íbamos al gimnasio preocupados sólo de nuestros músculos: nos convertíamos en maniquíes descerebrados. Y, pura contradicción, se solapó la realidad con la apariencia: nos creíamos mentes sin cuerpo y éramos cuerpos sin cabeza; una enorme esquizofrenia se apoderó de nuestra sociedad; y, creyéndonos poderosos más que libres, éramos, exactamente, lo contrario. Estábamos alienados. Hasta la médula. Y por eso votamos a Aznar.
            El mismo que defendía al individuo: frente al Estado. Pero el individuo al que defendía era el rico y como ricos nos creíamos todos, por eso le votábamos más y más. Con Aznar triunfaron los mediocres. O sea, casi toda España. Quienes querían que cada cual se sacara las castañas del fuego: no que el Estado defendiera a los más débiles. La bajada de impuestos: la insolidaridad. Con Aznar había que pagar las autopistas. Las autovías de Felipe nos salieron gratis, porque las habíamos pagado nosotros: o sea el Estado. Con Aznar triunfó ese liberalismo que confundió la iniciativa con el individuo, la libertad con la soledad, el Estado con el abandono: más economía y menos Estado. No fue culpa suya sino nuestra: le votamos nosotros. Con Aznar subió al poder la insolidaridad disfrazada de iniciativa. Había que arriesgarse sin preocuparse por la igualdad de oportunidades. Cuando Felipe necesitó estabilidad compró a Pujol, a Cataluña. Y cuando la necesitó Aznar la pagó mucho más cara. Entre todos alimentaron la codicia de la burguesía catalana. El ansia de independencia para mandar y enriquecerse sin que la controlara la otra burguesía; la de España. El mundo de Aznar fue el de los que no se equivocan nunca. Ni con el Prestige, ni con el yak-42, ni con las nacionalizaciones, ni con la guerra de Irak. Nunca reconocieron sus errores. Como tampoco los reconocía Felipe González. Aquí no dimitía ni dios, y si alguien se iba era porque los echaba la justicia: como a Roldán, a Barrionuevo, a Corcuera. Aquí se apalancaban todos y ahí se quedaban. Le pasaría después a Rajoy, con la Gürtel, con la Púnica, con los trajes de Camps; y con Rita Barberá, la incombustible.
            Pero no lo hubieran hecho si no les hubiéramos dejado. Cuando a los mafiosos los condenaba la justicia el pueblo los premiaba con mayorías absolutas; y no había quien los echara a la calle, porque la voluntad popular así lo quería. ¿Y por qué lo quería? Porque votaban con la mentalidad del capitalismo popular. Porque los políticos eran el reflejo de lo que quería hacer el pueblo; si es que el pueblo existe. La mentalidad del triunfador; de levantarse sobre el mundo, de descollar sobre todos. Los famosos del Hola son el escaparate de lo que sus lectores no serían nunca. Pero los políticos eran el escaparate de lo que todos creían poder llegar a ser. Una generación insolidaria, unas generaciones egoístas, soberbias, avasalladoras, enajenadas. Cuando Zapatero llegó al poder prohibió fumar en los espacios públicos, y Aznar vociferaba: ¿quién es el Estado para decirme a mí lo que debo fumar o beber? ¡Zas! De un plumazo se despedazó a la educación. Porque en una sociedad liberal, según eso, no hace falta que nadie nos enseñe; y si mis hijos deciden drogarse un día, el Estado no será quién para inmiscuirse en su libertad. Porque una sociedad liberal no necesita educación. Y el hombre de derechas, el que era rico y el que pretendía serlo, se convirtió en un anarquista con recursos; el Estado liberal, reducido a su mínima expresión, se acababa pareciendo al ideario ácrata de una sociedad sin Estado; Bertín Osborne no tuvo empacho en decir en televisión que era anarquista. Sí, como yo cura. Igualito.


            Todos sabemos que los políticos de entonces cometieron muchos errores. Pero al hacerlo, cumplían con nuestro mandato. Los elegíamos nosotros. Engañándonos en las campañas, sí; pero también queríamos que nos engañasen; nos dejábamos engañar. Luego vino el reflujo. Con Zapatero volvió a la escena la vieja España de izquierda que combatió contra Franco. Y la derecha de Rajoy, delfín de Aznar, respondió con una de las peores campañas de linchamiento que uno pueda recordar. La descalificación. El insulto. El sofisma. La prepotencia. La manipulación. La mentira. Las manifestaciones multitudinarias (un millón de personas) donde la Iglesia protestaba, de la mano de Rajoy, contra el matrimonio homosexual. (Sin recordar que Jesús, cuando querían lapidar a la adúltera, les exhortó a que, quien se sintiese autorizado, tirara la primera piedra). Se protestaba contra el maestro que no podía educar (el niño es propiedad de su familia; ella es la única que puede, si quiere, manipularlo); ya lo había dicho Aznar, ¿quién es el Estado para prohibirme fumar si yo quiero? Se protestaba contra el estatuto catalán, que Zapatero propuso que se reformase para contener las iras del nacionalismo. Los héroes se volvieron villanos: y se expulsó al juez Garzón por investigar demasiado la corrupción y defender la memoria histórica a capa y espada. Había que dejar tranquilos a los muertos, si eran de la guerra, pero teníamos que removerlos mucho si eran de la ETA. De repente hubo gente que, sin ningún complejo, se declaraba intolerante. Y Zapatero, que estaba en el centro de todo, fue sometido a escarnio y  reducido a payaso, un ignorante que no sabía mandar. Un linchamiento sin escrúpulos. Del mismo político que, ya convertido en presidente, nos pedía moderación. Con Cataluña. Cuando ardió la mecha que él mismo había prendido.
            Sólo había un problema: que se mofaba de la voluntad popular; ésa que él mismo invocaba cuando le iban bien las cosas. El pueblo no se equivoca (decía). Pero si Zapatero era tonto y lo había elegido el pueblo, era evidente que el pueblo se había equivocado. Nos estaba llamando tontos a la mitad de los españoles. Pero el pueblo es una palabra que no corresponde a ninguna realidad. Si los votantes son de los nuestros, ellos son el pueblo; pero si les votan a los otros son la chusma. Y si bien es verdad que existen las chusmas (esas masas enloquecidas capaces de linchar a cualquiera), al pueblo yo no lo he visto en ninguna parte: eso del pueblo es una palabra vacía, una abstracción, un fantasma inexistente; el pueblo es la gente cuando la coronamos con una aureola de santidad; pero cuando la convertimos en un demonio la llamamos chusma. No existe el pueblo español. Existe un pueblo de izquierda, un pueblo de derechas, un pueblo de centro. Más que hablar del pueblo, habría que hablar de la gente. Cuando se manifiesta un millón de personas por la autonomía, son fascistas españoles; cuando se manifiesta por la independencia, es el pueblo catalán; ni una ni otro son realidades que existen; en ambos casos son generalizaciones abusivas, abstracciones sin contenido, fantasmas inconsistentes. No existe el pueblo: existe la gente. En todos los países hay gente que piensa con el corazón y gente que piensa con las tripas; Berlusconi, Le Pen, el bréxit son los productos de un pensar visceral; la España de Zapatero, la América de Obama, la Alemania de Willy Brandt son los productos de un pensar cordial; unos están disueltos en la mentalidad egoísta, la del insulto, la de la ira, la del linchamiento (como sucede ahora con el independentismo catalán); y a otra la guía la generosidad, la comprensión, la empatía, el respeto (como esos voluntarios que se van desinteresadamente a ayudar al necesitado). En España hay dos espíritus: el espíritu del 36, que por la derecha quisiera fulminar a todos los rojos y por la izquierda exterminar, con espíritu justiciero, a los sinvergüenzas; y el del 78, que pretende asentar la convivencia en el diálogo, la conmiseración y el respeto: y no ser esclavo de las tripas cuando se le revuelven a uno con tanto sinvergüenza como anda suelto por ahí. El mundo se puede cambiar, pero poco a poco. Cuando se cambia de golpe se vuelve despiadado. Abimael Guzmán quiso ayudar al pobre y construyó una guerrilla terrible que acabó matando a pobres y ricos. Pol Pot quiso destruir el viejo mundo para construir uno nuevo: y los muertos que dejó en el camino se contaron por decenas de miles, por millones; pero se dejó en la cuneta la dignidad, el respeto, los derechos humanos. Si no queremos quemar Roma para hacerla mejor, tendremos que soportar a los sinvergüenzas que tenemos alrededor, mientras la cambiamos, aunque nos comamos sapos y culebras. Que el mundo cambia lentamente y mientras cambia, tendremos que vigilar poco a poco que la insolidaridad vaya desapareciendo; que el fin no justifica los medios, como se empeñaba en hacer creer la ETA. Y otra cosa importante habrá que vigilar: que no nos hagamos como ellos cuando vayamos construyendo un mundo cada vez más humano; como les pasó a aquellos españoles pobres con Felipe González, que cuando se sintieron ricos (poco importa que no lo fueran) se olvidaron de ser solidarios y se encastillaron ciegamente en el egoísmo.


            Sé que es difícil. Lo sé. Soportar la tentación de acabar de un manotazo con todo. Pero cuando España inició la transición había una canción que nos decía cómo tenía que ser la libertad: sin ira. Si, presa de la ira, media España se hubiera levantado contra la otra media, la violencia habría sido indescriptible. Cuando ganó Mandela no promovió la revancha de los negros contra los blancos: buscó la reconciliación, a pesar de que las injusticias todavía estaban vivas; Mandela militó en el mismo partido en que militaba Gandhi. A quien quiera empaparse un poco de ello les aconsejo que vean una película: Invictus. Y siempre me acuerdo de mi padre, cuando acabó la guerra, después de que le hubieran matado al suyo: nunca quiso venganza ni quiso tampoco luchar por una bandera, pues prefería la monarquía si con eso se podía evitar otra guerra. Con mucha claridad lo expresaba también Santiago Carrillo: la opción no es elegir  entre monarquía y república, sino entre dictadura y democracia. Todo esto se resume en las palabras de un estupendo filósofo peruano (por cierto, de derechas), lleno de humanidad y buen sentido. Las transcribo a continuación modificándolas levemente:
   Hay gente que lucha contra la gente
para defender una teoría.
   Y gente que lucha por la gente
a pesar de todas las teorías.
            Ni el marxismo, ni el liberalismo, ni el anarquismo, ni el nacionalismo, ni el cristianismo ni el islam, merecen que muera gente por defenderlas. Lo demás es comprensión y pacifismo. Y humanidad. Y respeto. Y paciencia para tolerar el salvajismo sin dejar de luchar contra él. Con las armas de la libertad. De la generosidad. Del humanismo. No hay sangre humana para sacrificarla por una teoría. La única teoría posible es la humanidad.





viernes, 1 de diciembre de 2017

MARX (2): Y DESPUÉS VINO EL VERBO



MARX (2):
Y DESPUÉS VINO EL VERBO


2. La superestructura.

            Los chicos abrían unos ojos como platos porque en Marx habían encontrado explicaciones sencillas, pero convincentes; era una experiencia cotidiana, pero los embarcaba en una aventura de conocimientos.
            -¿Sabéis? –prosiguió Juan Luis, aprovechando aquel momento de éxtasis, y de entrega; de admiración por las cosas del saber-. Las relaciones de producción son como un motor organizador de las fuerzas productivas; y pueden organizarse de varias formas. Pero hay otra cosa más; por encima de ellas está el poder de las leyes, y de la política. Y lo que pasa en política no es más que el reflejo de lo que pasa en economía; como si la política fuese un espejo.
            -Esto ya no lo entiendo –interrumpió Sofía.
            -Lo explicaré con un ejemplo. A ver, vamos a centrarnos en los Reyes Católicos. Vosotros sabéis que Isabel la Católica guerreó contra su hermana, Juana la Beltraneja; uno puede pensar que si hubiera ganado Juana, quizá no habría entrado en España la monarquía autoritaria. ¿No pensáis que podría haber sido así?
            -Quizá –dijo Perico.
            -En realidad, no –le corrigió Juan Luis-. La monarquía absoluta era una necesidad de su tiempo, fuera quien fuera el rey o la reina a quien le tocara gobernar.
            -No entiendo –se sinceró Perico de nuevo.
            -Todo empieza con la actividad económica. Los comerciantes recorrían la península de norte a sur, y en cada pueblo les cobraban peaje. Además, cada pueblo tenía su propia moneda; y su propio sistema de pesas y medidas. La única manera de poner orden en ese caos era centralizar el poder: y lo hizo la monarquía absoluta; el reforzamiento autoritario del poder era entonces una necesidad histórica. Por lo tanto, aunque hubiese gobernado Juana la Beltraneja habríamos tenido en España una monarquía autoritaria: como la de Isabel la Católica.
            Los alumnos iban de sorpresa en sorpresa. No estaban acostumbrados a estudiar así la historia, buscando las causas profundas de todo.
            -Por lo tanto –prosiguió Juan Luis-, lo que pasa en política es un reflejo de lo que está ocurriendo en economía; y no al revés. La sociedad es un edificio cuyos cimientos son la economía; arriba, sobre ellos, está el edificio propiamente dicho, que tiene más de comodidad y decorado. El derecho, las leyes, no son sino la plasmación escrita de las relaciones de propiedad existentes. Y la política es sólo el reflejo disfrazado de la economía; detrás del líder está el empresario. Como en un espejo, el trabajador se ve reflejado en la izquierda; el empresario en la derecha. Aunque hay veces en que uno ve reflejos de sí mismo en el espacio del adversario, como les pasa a los obreros que votan a la derecha. Esa incapacidad política de reconocer nuestros intereses recibe el nombre de alineación. Uno está alienado, o loco, cuando se cree alguien que no es; muchos locos creen que son Napoleón. Del mismo modo hay obreros que se creen de derechas cuando su propia naturaleza los está orientando hacia la izquierda. También hay espejos, cóncavos o convexos, que deforman nuestra realidad en lugar de reflejarla.
            Juan Luis atacó el último tramo de su exposición.


            -El último espejo que nos devuelve imágenes de la realidad es la ideología. La imagen de la ideología nos refleja siempre una realidad deformada. Al contrario que la ciencia, que era siempre un fiel reflejo de la realidad, más fiel cuanto más reales y eficaces son sus consecuencias. La ciencia, si produce aplicaciones técnicas, es un espejo muy exacto de la realidad. La ideología la deforma.
            Pedro, inquieto, escuchaba sin estar convencido. Por un lado le parecía coherente lo que les decía Juan Luis; pero, por otro, era todo demasiado nuevo para aceptarlo así, sin más. En su mente había conflicto. Ya había oído a los pedagogos decir que aprender es pelearse con los conocimientos nuevos; uno se pelea desde el trampolín de los viejos conocimientos.
            -Volvamos a considerarlo todo desde el principio –recapituló Juan Luis-. Todas las fuerzas que convergen en un proyecto (trabajo, energía, materia) son ordenadas por la técnica; que es hija de la ciencia, como espejo ajustado de la realidad. Los conocimientos técnicos controlan las fuerzas que gobiernan los hechos; y estas fuerzas, a su vez, se coordinan para producir hechos nuevos: son más conocimientos técnicos. La ciencia, a la manera de Aristóteles, procura que el conocimiento coincida con la realidad: tal es la teoría de la adecuación, o correspondencia. Y William James llevaba más lejos esa exigencia pidiendo que no sólo las ideas correspondan a las cosas, sino que también correspondan a las acciones: de esta manera nuestras ideas nos conducirán al éxito; es el pragmatismo. Las ideas no sólo son reflejos de la realidad, sino guías para la acción. En Marx encontramos algo parecido. La ciencia, como conjunto de ideas que coinciden con las cosas del mundo, produce también acciones eficaces sobre el mundo. En Marx no hablamos de pragmatismo, como en William James, sino de filosofía de la praxis; porque no se contenta sólo con la técnica físico-matemática, sino que está creando una ciencia y una técnica de la sociedad; una ciencia que no se limite a describir la sociedad (eso lo hace la sociología), sino que además intenta cambiarla (socialismo). Y no se duerme soñando en cómo podría ser una sociedad mejor; quiere crearla; quiere llegar a ella, desde las ruinas de esta sociedad vieja. Su socialismo no puede ser utópico, sino científico. La praxis política no debe limitarse a ser un sueño alejado de la realidad, sin conexiones con ella; porque tal sueño no puede ser sino deformación del mundo: tal es la ideología. Como un espejo deformante, la ideología nos da gato por liebre; nos vende como reales ideas erróneas, fantasías equivocadas, falsificaciones.
            -¿Y las matemáticas? –interrumpió Pedro-. Las ideas matemáticas ¿son o no son ideas ajustadas a la realidad? Voy a poner un ejemplo: los infinitésimos son puntos en los que una línea es a la vez recta y curva. ¿No es absurdo? ¿No es algo verdaderamente alejado de la realidad? ¿Son las ideas matemáticas espejos fieles del mundo? ¿No son ideas deformantes?
            -En una palabra, ¿son las matemáticas ideología?
            Silencio.
            -¿O son ciencia?
            Más silencio.
            Y Pedro dijo:
            -Exactamente.


3. Ideología y política.

            Entonces Juan continuó:
            -Lo que está en juego aquí es qué sea en realidad el método científico. Marx no se lo planteó así. Marx pensaba en la dialéctica hegeliana y en la teoría de la correspondencia. Es verdad que las cosas que pensaba Pitágoras de los números son pura ideología en sentido marxista; o las ideas fantasiosas de Platón, de Kepler, y las especulaciones cabalísticas. Todo eso es fantasía, ensueño, desvarío. Las matemáticas que hacen ciencia son las que producen ecuaciones que se ajustan a los hechos. Pero no me hables entonces de matemáticas infinitas, de física cuántica, de relatividad, de supercuerdas. Diríamos que cuando los pensamientos son demasiado generales, demasiado amplios, demasiado abstractos, no pueden ser comparados con el mundo; no se los puede hacer corresponder con los hechos, no se concretan en acciones, escapan al control experimental. No se puede decir que sean ideología porque no deforman la realidad; simplemente no pueden ser comparados con ella; pero por eso mismo tampoco son ciencia. Creo que Marx no se planteó estas cuestiones en serio, y simplemente las tiró a la basura como verborrea metafísica; como pensamientos estériles, como una pérdida de tiempo.
            Juan Luis prosiguió mirando primero a Pedro, después al resto de la clase.
            -De modo que, simplificando, nuestra conciencia es como un espejo abierto sobre el mundo; por arriba es un espejo deformante, y por abajo refleja los hechos; las cosas. La ideología mistifica las cosas, pero la ciencia reproduce la realidad como es. Veamos lo que pasa con la política. Os he dicho que la técnica ordena las fuerzas productivas bajo la égida de la autoridad; que no es más que capacidad de mando. Pero, por encima, la propiedad dirige el mando hacia las metas que ella elige; porque la propiedad es poder; voluntad que domina a los otros, dominación, apropiación de la libertad de los demás. Pero el techo de la dominación es otro espejo. Al otro lado del espejo los agentes sociales y económicos se disfrazan con ropajes políticos. Un partido político es la ilusión (creada o creída) de que uno no está defendiendo sus intereses, sino los intereses de todos. La política es un teatro que funciona como reserva de combustible; si uno odia a su padre pero sus escrúpulos le impiden reconocerlo, se crea unos adversarios políticos y vuelca su odio sobre ellos para tener la ilusión de creer que lucha por su padre: y lo único que hace, sin reconocerlo, es estar luchando contra él; desviando su odio hacia otra gente para evitar reconocerse en esos impulsos como parricida.
            Juan Luis se tomó un respiro.
            -La política es un disfraz. Un uniforme de camuflaje con el que proseguimos nuestras batallas económicas, sin reconocerlo. El derecho, por su parte, es el reconocimiento público de las relaciones de propiedad. Si el código civil reconoce el derecho a la propiedad privada, los tribunales me ampararán cuando los revolucionarios quieran quitarme mi fábrica; porque me pertenece, y las leyes me lo reconocen. Por eso los revolucionarios lo primero que hacen es cambiar las leyes; cambian las reglas del juego. Las leyes, que mandan lo que hay que hacer, pueden perfectamente no ser obedecidas (a diferencia delo que pasa con las ciencias naturales); por eso hace falta un poder que imponga su cumplimiento; ése es el poder político. El poder se fragua en el parlamento, se filtra en los ministerios, y se vierte en la expresión pura de la fuerza: que son la policía y el ejército. La realidad vivida es social y económica. Arriba, disfrazada, se vierte en una representación, en un teatro, en una película: es el mundo del derecho y la política; y arriba hay otros cortinajes tras de los cuales la acción política queda convertida en ideas; es el debate ideológico, la lucha de ideas, teorías y doctrinas, la lucha de idearios y religiones, el credo de la política. Bajo ella, la lucha política no parece la del obrero contra el burgués, aunque lo sea; parece lucha de un credo contra otro, como si todos los credos fueran generosos; como si no hubiera intereses bajo la política.

                                        
4. El marxismo visto a través de un ejemplo. 

             Y en este punto Juan Luis se atrevió a poner otro ejemplo:
            -Estáis preparando el viaje de estudios. ¿Cuáles son vuestras fuerzas productivas?
            Después de pensárselo un poco, Pedro contestó:
            -Los polvorones que vendemos para sacar dinero. Y el dinero que manejamos. Y es, también, nuestro propio trabajo.
            -Muy bien, Pedro. ¿Y consideras que vuestra actividad sería más bien de tipo político? ¿O económico?
            -¿Perdón?
            -Vosotros os organizáis para abrir y cerrar el bar, para asegurar el suministro, para vender los bocadillos durante el recreo, para limpiar y barrer el suelo. Tenéis una hoja en la que figuran cada día de la semana las responsabilidades de cada uno. Hay un responsable de gestionar el dinero, otro que se encarga de que llegue la mercancía, otro de ordenar el almacén... ¿Sois políticos organizados y es ése vuestro gobierno?
            -¡No, no es eso! –interrumpió Iván-. Aquí no hay partidos que luchan, ni hay debate ideológico... Esto no es más que actividad económica. Sólo nos reunimos para ganar dinero.
            Alejandra observó con perspicacia, movida por la curiosidad:
            -¿Quieres decir que quien maneja el dinero se parece más al contable de una empresa que al tesorero de un partido?
            Y Juan Luis, que entendió que la pregunta iba por él, contestó en seguida:
            -Sí. Es exactamente lo que he querido decir. –Meditó, paseando su mirada por el vacío, durante unos breves segundos-. Pienso que... No sé. Cuando vosotros os reunisteis, en asamblea, para decidir a qué país iríais de viaje, quizá formasteis algo así como un parlamento; quizá fuera eso un acto político... O no. Era la deliberación previa a la toma de decisiones; quizás fuera más bien un acto social. Porque vuestras reuniones iniciales para formar equipos de trabajo se parecían más a la organización de una empresa; a la microeconomía.
            Y luego preguntó, casi a bocajarro:
            -¿De qué nos sirve todo esto si queremos estudiar a San Anselmo? ¿Qué interés tiene? Marx nos pone en guardia contra el vicio que tenemos los filósofos de discutir las ideas del teólogo sin preocuparnos por mirar de dónde han salido. Marx nos recuerda que la filosofía es, ante todo, historia de la filosofía. Las ideas de San Anselmo tienen algo de ideología y poco de ciencia; el argumento ontológico se mueve en ese terreno vago donde las palabras no enmascaran la realidad, pero se enredan. San Anselmo perdía el tiempo en esas cosas porque tenía asegurado el sustento. Seguro que en el monasterio de Canterbury había una huerta, ganado para tomar leche y carne, telas para fabricarse los hábitos, herrería para las ollas, puertas y celosías, y todo lo necesario para vivir; si no hubiera tenido todo eso, seguro que no habría tenido tiempo de fabricar su famoso argumento. Pensad en la ciencia desinteresada de los griegos: era un mito; sólo la buscaban quienes no tenían problemas para subsistir, las clases acomodadas, los ricos, sobre todo los nobles; para un campesino pobre no había tiempo libre para dedicárselo al ocio: al ocio de pensar.


5. El papel de la filosofía.

            Y ya entrado en materia, Juan Luis se lanzó en su explicación por la recta final.
            -Pensad en Aristóteles. Defendió la esclavitud porque era la base de la economía de Atenas; esa parte de su filosofía política emana de las fuerzas productivas atenienses. ¿Y por qué defendió la idea de una ciencia desinteresada, sin preocuparse por sus aplicaciones técnicas? Porque la técnica no era una fuerza productiva; el trabajo de las máquinas lo hacían los esclavos. Estas ideas de Aristóteles no son ciencia; son ideología.
            Y proseguía desarrollando con entusiasmo el hilo de su pensamiento:
            -Otras afirmaciones suyas sí eran científicas, aunque muchas no fueran correctas (era por la falta de medios para poderlas contrastar): como que la vida no la da la mujer, sino el hombre; la mujer sólo la recoge en su seno ya toda hecha. La división entre mundo sublunar y supralunar, la concepción del pensamiento que se piensa a sí mismo, la teoría no parabólica de la caída de los cuerpos, la idea de la virtud como término medio...: son ideas probablemente más científicas que ideológicas. Otras, como el hilemorfismo, la teoría de la potencia y el acto, el alma corruptible, su concepción del arte poética y la lógica del silogismo, tendrían mezcla de ideología, ciencia empírica y filosofía especulativa. Pero aunque Aristóteles hiciera ciencia, su ciencia no era una fuerza productiva; era más bien una forma de conciencia, en el mismo nivel que el pensar ideológico, pero en todo caso no era ideología. En todas estas cosas yo interpreto a mi manera el pensamiento de Marx, pero creo que él estaría de acuerdo conmigo. Lo que nos proporciona es un método para estudiar la sociedad; y, por lo tanto, también un método para hacer historia de la filosofía.
            No supo si todas estas cosas las dijo en una clase o si su mente enlazaba dos clases en una. En el cielo, por la ventana, las nubes formaban estratos. Había uno más pesado, triste y oscuro, que ocupaba la parte baja del cielo; en él creía ver la base económica de la sociedad. Por encima, otros estratos más tenues parecían sobrevolar la realidad material y dura; pero eran una realidad tenue y delicada, superestructura de fantasías, realidad ideológica: era lo real maravilloso, pero realidad al fin y al cabo. Y como una fina capa de niebla, flotando en el conjunto, la interpretación de Juan Luis lo borraba todo porque a lo mejor sus palabras no eran exactamente reflejo exacto de las palabras de Marx. Sopló una leve brisa. El aire fresco aliviaba la mañana, voló una hoja y cruzaba un pájaro; en el horizonte se escribía, con rasgos nerviosos, la faz del filósofo pensando que ya era hora de comer; porque pensar requiere, aunque no lo parezca, llenar el estómago de tanto en tanto. Preguntádselo a don Quijote. No vaya a ser que creamos que esas cosas sólo las pensaba Sancho.


6. Epílogo. 

            Pensó en un equipo de fútbol. ¿Quién manda en el equipo? Por un lado está el entrenador, que es el jefe técnico; el presidente, por su parte, es el jefe económico. Pero al entrenador lo contrata el presidente; luego está claro que la economía prevalece sobre la técnica. Al mismo tiempo, el presidente hace las veces de ideólogo. Recuérdese lo que es la ideología: una visión deformada de la realidad; todos saben que cuando el adversario va a meternos un gol hay que pararlo con una falta táctica, pero la ideología pregona siempre los valores de la deportividad. Está claro; una cosa es lo que decimos y otra cosa lo que hacemos.
            El líder sería quizá un jefe ideológico; que sería el ideólogo si es autor de la teoría, o el guardián de las esencias si es el transmisor de la ideología del fundador: un auténtico jefe del culto; el sacerdote, el filósofo, el guía. Pero un equipo de fútbol no tiene jefe político. Porque no tiene una escena en la que los intereses del equipo puedan disfrazarse de acción desinteresada.
            Un partido político tiene un ideólogo, pero también un estratega u organizador; y él mueve la economía del partido, cuyo jefe económico suele coincidir con el jefe técnico; o sea, el estratega. Por debajo están los jefes económicos cuyas empresas resultarán beneficiadas por la acción política del partido; empresas que financian (por ejemplo con donativos) la acción del partido que defiende sus intereses.
            Cuando un partido conquista el poder, su estratega o su ideólogo se convierten en jefe político; de su poder depende a su vez el jefe militar. Ya veíamos en Platón que el rey, entendido como técnico social (el filósofo), tenía bajo su mando a los jefes del ejército. Cuando una organización, que sirve a un jefe técnico y se identifica con una ideología, tiene ejército y no tiene escenario político donde camuflarse, es una organización mafiosa; sus fines son sólo económicos y no tiene deseos de sublimarlos.
            Tales eran las reflexiones que le habían venido a la mente después de sus lecturas de Marx. Los equipos deportivos y las organizaciones mafiosas tienen siempre una ideología, pero no un partido que haga pasar la defensa de sus intereses por defensa del interés general; no así un grupo guerrillero, que sí lo tiene (aunque sea en ciernes).
            Dedujo que la autoridad del profesor es un liderazgo técnico (a los profesores incompetentes no se los respeta); pero la autoridad es mayor cuando la competencia se refuerza con el cariño (y eso lo podríamos llamar liderazgo ideológico): ésa era la especie de carisma que tenían él y Liberto sobre los alumnos. En otras palabras, si al profesor capacitado se le respeta, al profesor que educa se le quiere; y el cariño ha de ser también respeto, porque un buen educador también debe ser especialista en un saber; no basta con ser especialista en enseñar. En cuanto al director y al jefe de estudios, sólo se les respeta si saben mandar; y mandar no es aquí enseñar, ni educar, sino solamente lo que decía Ortega: obligar convenciendo; convencer ofreciendo un proyecto sugestivo de vida en común.
            Radón carecía por completo de liderazgo. Era un vago, y nadie se sentía arrastrado por las bondades de su ejemplo. Quizá fuera competente en el conocimiento del latín, pero no lo era en la técnica de su enseñanza; por eso muchos de sus alumnos suspendían. En cuanto a su habilidad para la empatía, mejor no hablar de ella. ¿Qué clase de autoridad podría tener sobre los chicos? Y se le llenaba la boca de reforzar la autoridad del profesorado, de dignificar la función docente. Pero esas cosas no se hacen por decreto; no al margen del trabajo cotidiano. Esas cosas se las gana uno a pulso con su trabajo de cada día. No es honrado pedir respeto cuando uno no sabe hacerse respetar; todavía menos cuando a los alumnos no se los respeta.
            El inspector, como hilo que viene del gobierno y, en última instancia, de los ciudadanos que pagan sus impuestos, representa en el instituto al poder económico. Pero Radón no sabía reclamar cosas y defender los intereses del instituto. Como gestor, Radón era tan sólo correa de transmisión de las órdenes que venían de arriba. No sabía influir en ellas. Nada hacía por cambiarlas. Y así, su actividad se limitaba a dejar las cosas como estaban y a cobrar a fin de mes. Eso le convenía a la dirección provincial de Segovia. Y a la junta de Castilla y León, que estaba en Valladolid.
            La rebelión de las masas sobreviene cuando aquellos que no saben mandar se han atrevido a usurpar el mando. Y no saben ni siquiera obedecer. Radón era un claro ejemplo de rebelión de las masas.



viernes, 24 de noviembre de 2017

EL CUENTO DEL PRISIONERO




EL CUENTO DEL PRISIONERO


            Un día paseaba Rea Justa por el campo. Disfrutaba de un rayo de sol que se colaba entre las nubes cuando, entre los pinos, apareció Vicente. Hablaron un rato y lo notó triste. Entonces Rea Justa, para darle ánimos, le contó una historia. Decía así:

            Había una vez un hombre que vivía en una cueva. Estaba atado a la roca bajo la estrecha vigilancia de un dragón. No se alimentaba más que de unas ramas que el dragón le acercaba cada día, y del humo de un fuego que había delante de él y que le quitaba el hambre. Frente a él había una extraña flor que era capaz de alimentarlo; pero estaba en una urna, cerrada bajo llave. Todas las noches el dragón se convertía en hombre y jugaba con él a las cartas; y sólo le desataba las manos para que pudiese jugar; cuando terminaban, se las ataba de nuevo.
            Un día, paseando por el campo, me entretuve buscando unas raíces. Al arrancarlas encontré un hueco, y escarbando con las manos vi que se hacía más grande: era la cueva. Entré en ella y descubrí al hombre atado junto al dragón. Expulsé al dragón, después de haber luchado contra él, y desaté al hombre. Apagué el fuego que expulsaba aquel humo soporífero y abrí la urna; el hombre, de inmediato, se comió la flor. Entonces le dije que todos los días había que plantar en la urna la semilla que había en el corazón de la flor para que creciera al día siguiente. Sólo podía crecer dentro de la urna; si la plantaba fuera, el aire que estaba viciado por el humo no la dejaría crecer. Le dejé la llave y me fui.
            Volví por la cueva después de unos días y lo encontré hambriento. Delante tenía la llave, en el mismo lugar donde yo se la había dejado. No la había cogido nunca. No había plantado ninguna flor, no había dejado nunca que creciera. Estaba desnutrido y se había acostumbrado al hambre. Me di cuenta de que si lo dejaba solo causaría su perdición, y decidí volver todos los días, para plantar la flor y que aquel hombre tuviera comida.
            Pronto me di cuenta de que la comida no le gustaba. Un día prendió un fuego como el que había al principio y el humo le hacía caer en un sopor. El humo arrastraba partículas del suelo que lo alimentaban, pero no tenían la riqueza nutricia que tenía la flor.
            Resolví volver todos los días para verle coger la llave. Él guardaba las semillas, las plantaba en la urna y la cerraba. Pero sólo lo hacía bajo mi vigilancia: cuando yo no estaba se volvía a abandonar. Hasta que, un buen día, mi presencia ya no fue indispensable. Pero descubrí que, cada día, tiraba la flor en lugar de comérsela; sólo le quitaba la semilla, la plantaba en la urna y la volvía a cerrar con llave. Sólo se alimentaba del humo del fuego.
            De modo que un día, enfadándome con él, apagué el fuego y lo vigilé para que no lo volviera a encender. Le miré los ojos y vi que estaba enfermo. Su cuerpo se volvía más flaco y entre las costillas, trabajosamente, se podían ver ya los movimientos del pecho cada vez que respiraba. Pronto se le verían también los latidos del corazón. Resolví dormirlo con una planta narcótica que llevaba encima. Y con mucho cuidado, mirando a través de la nariz, descubrí como una costra que se le había alojado en el cerebro. Se la quité procurando no hacerle daño y, cuando despertó, recobró el apetito. Era una costra de hollín que se había dejado el humo a fuerza de respirarlo tanto tiempo. Aquella costra le quitaba el hambre y, con el hambre, los olores; los olores, los sabores, el sonido; su tacto había perdido agudeza, y las imágenes de los ojos habían adquirido un tono gris. Al recuperar los sentidos volvió a sentir la alegría de la vida.

  

            Pero sólo duró unos días. Al poco tiempo volvió a abandonarse. No abría la urna todos los días, a pesar de que tenía la llave. Unos días la plantaba, otros no. Comía a deshoras, intermitentemente, y a veces se pasaba días sin comer. Desesperada, miré a través de sus ojos en el cerebro y descubrí que en una parte de él yacía la pereza; no era producto del fuego, ni del abandono ni de sus ataduras cuando vivía prisionero del dragón; la pereza formaba parte de él, estaba en su cerebro, no era otra costra formada por el humo; era una naturaleza que había venido al mundo con él, desde el mismo día en que nació: e incluso antes.
            Entonces ya no pude hacer nada. Me convertí en su ángel guardián y lo visitaba todos los días, para que sembrase la flor. Me preocupaba de que todos los días la comiese, de que no volviese a encender el fuego, para que fuera feliz. Los sentidos, felizmente recuperados, le hacían disfrutar de la vida. Y aquel hombre ya no pudo vivir solo. Necesitaba que alguien lo sacara de sus instintos naturales para no abandonarse a sí mismo. Sólo así pudo conservar la felicidad.
           
            Rea miró a Vicente. Le explicó que así nos pasa a todos cuando queremos ser felices. Unos no pueden porque dependen del mundo en el que viven, dejándose llevar por las malas influencias. Otros no tienen costumbres sanas, porque se han acostumbrado a lo fácil; y lo fácil, por lo general, es lo que nos hace daño. Otros tienen dentro el veneno del mundo, como una costra alimentada por el humo que nos intoxica; unas veces se sienten atraídos por él y otras no, pero siempre sin ser conscientes de lo que les pasa. Y otros, en fin, tienen en su naturaleza debilidades que no pueden vencer solos y necesitan la compañía de alguien que les quiera de verdad.
            Muchas veces nos liberamos de las malas influencias: entonces unos cambian, pero otros no; y tenemos que cambiar nuestras costumbres. Quienes ni aun así pueden llegar a ser felices deben quitarse el encantamiento que el mundo les ha puesto dentro. Que es como una fantasía, un engaño, una superstición. Para quienes siguen aún con dificultades para ser felices, la única escapatoria es hallar un buen amigo; o una estupenda pareja, alguien que tenga la fuerza de cambiarlos solamente por amor.

                                                         

MUNDO, HÁBITO, ENFERMEDAD Y TENTACIÓN
 
            Juan Luis pensaba en la historia del prisionero. Pensaba en el dragón, que lo tenía sometido dentro de la gruta; en la llave que abría la urna, para introducir la flor; en la costra de su cerebro, y en la naturaleza. Y pensó en los grandes obstáculos que impiden nuestro desarrollo. El mundo. El hábito. Las tentaciones. La naturaleza.
            El mundo. El mundo a veces nos atenaza como si fuera un dragón. Los amigos que nos llaman por la ventana, cuando estamos estudiando. Las modas que nos hacen obrar como toda la gente, aunque no nos guste. Los bailes, los horarios, el botellón, los vestidos: costumbres en las que crecemos y que nos mueven impulsados por la sociedad, como si fueran un barco en el que estamos viajando. Las costumbres son los caminos del mundo, y cada cual tiene sus propios caminos. Caminante, no hay camino: se hace camino al andar. El mundo. El diablo mundo. Rousseau decía que el mundo nos corrompe porque destruye nuestra naturaleza. Y la naturaleza es buena. Tenemos que liberarnos de las malas influencias, romper las cadenas que nos atan al mundo. También para los cristianos el mundo es un enemigo del alma. Pero ¿y el cuerpo? ¿El cuerpo también forma parte del mundo que nos ataca?
            Los hábitos. Las costumbres. La rutina nos cubre y nos marca como un vestido. El hábito no hace al monje (decimos), pero ¿es verdad? Nosotros sabemos que hay hábitos buenos y hábitos malos. Los hábitos buenos manan del esfuerzo y alimentan el esfuerzo, la capacidad de vivir, el espíritu de lucha. Los hábitos malos surgen de la esclavitud de lo fácil, que rebaja la calidad de nuestros deseos; de conformarse con poco, pudiendo aspirar a mucho; y es la costumbre de renunciar al trabajo, de perder el espíritu de lucha, de rendirse. Lo bueno es plantar en la urna la semilla para que crezca la flor que nos alimenta y hacerlo todos los días: nosotros tenemos la llave. De lo contrario nos queda el abandono, y nos acostumbramos a no disfrutar de los placeres más fecundos porque cuestan; nos acostumbramos a no comer por no trabajar; nos acostumbramos al hambre.
            Las tentaciones. Los deseos que nos nublan el cerebro como una costra, los narcóticos que nos quitan el hambre y la alegría, y las ganas de vivir. Las pasiones que precipitan nuestra caída, los impulsos ciegos, los vehículos que se salen del camino, el anillo del nibelungo, el oro del Rhin. Hay que quitarse las costras que el mundo va labrando en nuestra naturaleza. Hay que quitarse los encantamientos que nos pone el mundo, las drogas, los narcóticos, los filtros de amor. Suele haber una cara escondida detrás de las tentaciones, es como la cara oculta de la luna: está ahí, pero no la vemos. La fantasía es un imán que nos impulsa, pero a veces las fantasías esconden engaños;   y es un imán que nos paraliza, un espejismo, una superstición. Las tentaciones que no son buenas precipitan nuestra caída, son como drogas, nos llevan a la adicción. Y son los hechizos que no nos dejan ser libres, pues nos atan  y no nos dejan caminar.
            La naturaleza. A veces la naturaleza está lastrada, tocada, enferma. La naturaleza es fuerza, y es espíritu de trabajo, que es espíritu. Es voluntad. Pero hay naturalezas perezosas que no son débiles porque las haya torcido el mundo, sino porque son así. Es bueno lo que nos hace fuertes, lo que despierta el ánimo, la vitalidad, porque el ánimo, que es espíritu, que es gana de vivir, también es bueno. Lo malo es la debilidad, la depresión, la flojera. Pero cuando la pereza no procede del mundo, es que es parte de nuestra propia naturaleza. Y hay que luchar contra ella. Cada naturaleza es un cúmulo de límites y posibilidades, y cuando nuestros límites son grandes hay que combatirlos. ¿Con qué, si nos faltan las fuerzas? Con la ayuda de los demás. Hay que encontrar gente que pueda y quiera ayudarnos a luchar contra nuestra naturaleza; resistir ante sus defectos, reforzar nuestras potencias, prosperar. Puede ser un amigo o una pareja: alguien que quiera cambiarnos por amor. Ser dueños de nuestro destino y no esclavos del mundo. Así lo decía Ernest Henley:
                                   Caído en las garras de la circunstancia,
                                   nadie me vio llorar ni pestañear.
            Y Henley aclaraba poco después:
                                   Soy el dueño de mi destino;
                                   soy el capitán de mi alma.
            Hay que combatir los fallos y debilidades de nuestra naturaleza. No a la naturaleza sana. Porque la naturaleza sana es buena, ¿no es así?
            -No –contestaba Hobbes.
            -Sí –le respondía Rousseau.

 

viernes, 17 de noviembre de 2017

MARX (1): EN EL PRINCIPIO ERA LA MATERIA





MARX (1):
EN EL PRINCIPIO ERA LA MATERIA


1. La infraestructura.

            -La sociedad se levanta sobre la economía; eso es lo que pensaba Marx. Ninguna sociedad sobreviviría sin el trabajo, la técnica, la materia o la energía. La economía es la base de todo; la materia, no el pensamiento.
            -Perdona –interrumpió Luis-. No estoy de acuerdo. Yo soy lo que quiero ser, y pienso lo que quiero; si yo no hubiera decidido ir a selectividad no estaría aquí, estudiando bachillerato. Mi vida no depende de la materia, de los árboles, de mi cuerpo; mi vida depende de mi voluntad; de mi pensamiento, de lo que siento, de mi espíritu.
            -Voy a hacer de abogado del diablo, Luis –dijo Juan-: lo que dices no es verdad. Si tus padres no te dieran de comer no estarías estudiando. Si tuvieras sed, si no soportaras las ganas de orinar, si tuvieras sueño, si estuvieras enfermo, no podrías pensar ahora; no estarías hablando conmigo. Tu pensamiento depende de tu cuerpo.
            -No: hay gente que vence al cuerpo con la mente. Piensa en los ascetas. Los fakires. Pueden tumbarse sobre una tabla de clavos y con la mente controlan el dolor.
            -Para serfakir hay que prepararse primero; y uno no se prepara si tiene hambre. Valga la paradoja, para llegar a soportar las privaciones no puede uno estar privado. Para echar a correr hace falta carrerilla. Mira, te voy a poner un ejemplo que es todo una paradoja; quien necesita dinero y no lo tiene se lo pide prestado al banco, ¿verdad?
            -Sí, claro.
            -Pues el banco no se lo presta a quien no lo tiene. Lo primero que hace es pedir garantías de que el dinero le será devuelto, y si estás arruinado no puedes dárselas. Sin embargo una empresa millonaria recibe todos los préstamos para invertir. Vaya paradoja, nadie te da si no tienes, y si tienes te darán lo que pidas. En otras palabras, aquí no se ayuda al que más lo necesita, sino al que necesita menos; si me apuras un poco, la gente da a quien no le hace falta.
            La clase quedó en silencio, sumida en la perplejidad.
            -Os decía, entonces, que para Marx lo que mueve el mundo es el trabajo, la técnica, la materia y la energía; después viene el pensamiento. Tú, Álvaro, estás aquí porque quieres sacar la selectividad. Para eso pones tu trabajo, por supuesto. Pero sin libros, sin lápices, sin fotocopias, sin profesores, no podrías estudiar.
            Álvaro no tuvo más remedio que asentir.
            -Y los libros no los regalan. Hay que pagarlos. Hace falta el dinero y el dinero os viene de los padres, ¿no es así?


Las fuerzas productivas.

            Por la clase rodó un silencio de curiosidad, una atmósfera de expectativa.
-No necesito deciros de dónde sacan vuestros padres el dinero. Si no trabajaran no tendríais libros, y sin libros no habría selectividad.
-Pero la enseñanza es gratuita –objetó Diana.
-En efecto, lo es. Lo es por decisión política. ¿Pero de dónde saca el Estado el dinero para pagar a los maestros? ¿Con qué construye las escuelas, mantiene la calefacción en invierno, con qué compra bibliotecas y ordenadores? Con el dinero que recauda a través de los impuestos. Y los impuestos los pagan gentes como tus padres; trabajadores que cobran un sueldo a cambio de hacer funcionar las máquinas, que marchan con petróleo, para transformar las materias primas. Todo, hasta la educación, depende del trabajo, la técnica, la materia y la energía. Sin trabajador, sin máquinas, sin materias primas y sin petróleo, no funcionaría nada.


            -¿Y qué son las materias primas? –inquirió Álvaro después de un breve silencio.
            -Los materiales que hay que transformar. Una fábrica de automóviles necesita acero para el motor y plástico para la carrocería; para fabricar papel hay que cortar árboles; para hacer ropa necesitamos fibra vegetal, por ejemplo el lino… El acero, el plástico, los árboles y el lino son materias primas. Son los materiales a los que damos en la fábrica la forma que queremos.
            Juan Luis dijo, por fin, lo que estaba esperando:
            -El trabajo, la técnica, la materia y la energía son las fuerzas productivas. Ése es el vocabulario de Marx. Y, veréis, cuando las personas se ponen a producir contraen necesariamente unas relaciones de producción entre ellas; apuntaos esta nueva expresión que habéis oído, forma parte de la filosofía marxista.
            Juan Luis levantó los ojos, que se perdieron sin mirar a ningún sitio en particular: estaba buscando un ejemplo; algo con lo que lograr explicar este nuevo concepto. Lo encontró en seguida y sus ojos volvieron a la realidad. Los alumnos lo notaron porque antes de hablar se oyó un suspiro. Una aspiración silenciosa y discreta. Y en su cara se dibujó una luz que procedía de la mente: era un “fakir”.
            -¿Quién manda en vuestra casa?
            “Mi padre”, dijeron unos. “Mi madre”, dijeron otros. Otros dijeron que mandaban ambos. Y hubo algún cretino que todavía contestó con cinismo: “mando yo”.
            -Lo normal es que mande quien controla la economía. El reflejo de la economía es la sociedad. La sociedad se organiza económicamente, y el resultado de esa organización son las relaciones sociales. ¿Os acordáis de Aristóteles? Decía que la sociedad está organizada cuando hay unos que mandan y otros que obedecen. Los griegos eran muy dados a relacionar el mando con la capacidad: Platón decía que sólo podía gobernar el experto, el sabio, el filósofo; no se podía ser rey sin ser filósofo, aunque muchas veces haya algún filósofo que no sea rey; y muchas otras haya impostores que se arrogan el título de reyes sin saber filosofía. Para Platón, ser filósofo era casi lo mismo que ser rey: Platón, y Aristóteles, y muchos otros que vinieron después, definieron el gobierno de “los mejores”. Para Marx, sin embargo, los mejores no son los que mandan; los que mandan son los propietarios de las máquinas, los que controlan el desarrollo de la técnica; ellos son quienes tienen capacidad de decidir.
             Hizo un silencio para recobrar aliento.
            -¿Quién es en vuestra casa el dueño de las máquinas? ¿Quién gana el dinero con el que se compran la lavadora, el frigorífico, el microondas o el televisor? ¡Ése es el que manda!
            Se oyó en la clase un murmullo. Y en lo que los chicos hablaban unos con otros se podía oír: “¡anda, pues es verdad!” El poder, el control, la capacidad de decidir, el mando, lo tiene quien maneja el dinero; y así, en algunas casas el dinero lo gana el hombre y manda él; en otros es al revés y es la mujer la que manda; y cuando los dos traen el dinero a casa, lo normal es que su autoridad esté compartida. Hay excepciones, por supuesto, pero ésa es la regla.


            -El dueño de los medios de producción es el que manda. Los medios de producción son las máquinas. El poder, así, no lo tiene el que está más capacitado, ni tampoco el que más trabaja, sino el que tiene dinero, el propietario de la energía, las materias primas y las máquinas; y si no es propietario del obrero porque el trabajador no es un esclavo, es propietario de las decisiones que le afectan en el centro de trabajo. El que manda es dueño de la voluntad de los trabajadores, al menos en lo que toca al proceso económico de producción. El obrero puede ser en sus horas libres dueño y señor de su vida: al menos en teoría, porque en la práctica las largas jornadas laborales y el embrutecimiento por el alcohol le quitan el control de su existencia. Quien manda en el fondo en su tiempo libre es también el dueño de la fábrica.
             Aquello estaba haciendo reflexionar a los alumnos. Hacían comentarios sobre su vida cotidiana, identificando en ella las cosas que Juan Luis les estaba diciendo. No se habían dado cuenta hasta ahora, si bien eran cosas que intuían. Les venía a la conciencia un sentimiento dormido en el fondo del inconsciente. Juan Luis aprovechó para volver a la cuestión que había planteado al principio.
            -Estamos en plena revolución industrial, en Inglaterra; ésa es la época en que se desarrolla el pensamiento de Marx. Pensad un poco; si uno de esos obreros hubiese querido que estudiaran sus hijos, ¿lo habría podido hacer?
            La clase quedó dubitativa en un murmullo. Después Antonio materializó con una pregunta las dudas de todos;
            -No entiendo, ¿qué quieres decir?
            -Quiero decir que el salario de un obrero sólo daba para mal comer y malvivir; y para olvidarlo, emborrachándose en su tiempo libre. En aquel tiempo no había becas. ¿Con qué dinero iba a pagar el estudio de sus hijos?
            -Sí, es verdad –contestó Álvaro-. Tienes razón.
            -El obrero tenía en la mente lo que quería hacer: sin embargo no podía; le faltaba el dinero. No era fácil materializar los deseos y los proyectos. ¿Qué pensáis ahora que manda en nosotros? ¿La materia? ¿O el pensamiento? –Prosiguió, después de un breve silencio-. ¿Mandamos nosotros o mandan las circunstancias? ¿Se impone la realidad o la moldeamos con nuestras ideas?
            La mente inmadura de un adolescente no busca contraejemplos para el profesor; y si los  busca, no es fácil que los encuentre. Así, la clase se escinde en una mayoría que se convence de lo que le dicen y algún escéptico que, o lo rebate, o duda; cuando faltan argumentos el espíritu crítico, incapaz de rebatir, se queda dudando.


Las relaciones de producción.

            -Os voy a poner un ejemplo. Trasladaos, mentalmente, al neolítico. Los hombres estaban acostumbrados a cazar mamuts, y el mamut era la base de la economía de aquel tiempo: ellos mandaban. Las mujeres, en silencio, recolectaban hierbas y adquirían un profundo conocimiento de las plantas medicinales. Pero ese conocimiento no tenía tanta utilidad como el de las técnicas de caza; como la destreza en manejar el arco, la fuerza para cavar fosos donde tender la trampa al mamut, y cosas semejantes. No dudéis de que en aquellas sociedades de cazadores el que mandaba era el hombre; y entre los hombres, mandaba el jefe. ¿Y quién era el jefe? El que sabía cazar mejor y conducir a los cazadores a la victoria; pero también contaban los que hacían las flechas y las lanzas. En aquel tiempo el poder estaba ligado a la competencia; a la capacidad, al saber, a la pericia: a la destreza; la autoridad la daba la preparación tanto como la propiedad de los instrumentos.
            Juan Luis miraba para sí mientras hablaba. No estaba con ellos. Estaba con ellos, y respondía a sus preguntas, pero a veces se ensimismaba y hablaba como si estuviera solo; ése era uno de aquellos momentos. Se abstraía porque las cosas que sabía se cuestionaban entre ellas, y él, que estaba acostumbrado a repetirlas, perdía el control sobre ellas y se encontraba de repente dudando de los viejos hábitos mentales; la duda, en aquellos casos, era un conflicto en las ideas que dolía como si la mente estuviera pariendo.
            ¿Quién tenía más poder entre los cazadores? ¿El que sabía organizar la caza? ¿El que dominaba el fuego? ¿El que poseía las flechas? ¿Por qué le obedecían todos cuando les mandaba? ¿Qué le daba autoridad sobre los demás, qué era lo que lo marcaba como jefe?
            -No hay que confundir –dijo, sintiendo de repente una iluminación- el poder que da la capacidad con el que viene de la posesión de las cosas. El verdadero jefe, el que tiene capacidad de liderazgo (el guía, el príncipe, el caudillo), es escuchado porque tiene autoridad; porque sabe cosas para que sobreviva el grupo y el grupo sabe que las sabe; porque de su competencia depende la suerte de todos. El dueño manda porque tiene las cosas en su poder; el líder, por el contrario, manda porque tiene poder sobre las cosas. La autoridad correspondería a las relaciones técnicas de producción: el que manda es el que sabe; el que domina la técnica. Y no hay que confundirlas con las relaciones de producción basadas en la propiedad. Saber es poder; tal sería la divisa de las primeras. Tener es poder; tal es la divisa de las segundas.
            Sintió un placer que lo inundaba por dentro al descubrir lo que decía en el mismo instante en que lo estaba descubriendo; ese alivio es la felicidad que nos llena en los momentos de creatividad.
            -Sigamos con nuestro ejemplo. El saber técnico del jefe era útil a la tribu, y por eso le obedecían. Pero el saber botánico de las mujeres no era tan importante. Si os parece podemos llamarlo poder baconiano. Pero también existe algo a lo que  llamaremos poder marxista; el poder, el mando, como queráis llamarlo. El primero es un liderazgo; el segundo una dominación.
            Su verbo se animó de repente y se sintió poseído por una especie de frenesí.
            -El saber es una fuerza productiva; la ciencia, inseparable de la técnica. Pero la propiedad establece relaciones de producción. Pues bien, de repente se produjo un cambio climático en Europa. Se detuvo la glaciación, se retiraron los hielos y empezaron a escasear los grandes mamíferos. Cada vez había menos mamuts, menos osos de las cavernas, menos rinocerontes lanudos. El saber de aquellos cazadores, en poco tiempo, dejó de servir a la tribu. Ya sólo cazaban conejos, armiños, pequeños mamíferos. Y entonces, poco a poco, el saber de las mujeres se fue haciendo imprescindible. Su conocimiento de las plantas, de su cuidado, de las semillas, fue la base de la agricultura. Se produjo la revolución neolítica. El descubrimiento de la agricultura, en gran medida, fue obra de las mujeres.


            Los alumnos escuchaban con admiración. Nunca antes habían considerado así la revolución neolítica.
            -Observad cómo el poder pasó a manos de las mujeres. Se pasó de un patriarcado a un matriarcado. Hasta que el cuidado de los ríos, que regaban los campos, dependió nuevamente del trabajo masculino; cuando se construyeron diques, presas y grandes obras hidráulicas; entonces, el mando volvió a caer en manos de los hombres.
            Ya tenía explicado lo esencial de aquella cuestión.
            -Quien paga, manda. Y quien sabe manda también. La propiedad es poder. Y el saber es poder también. Fijaos en la relación entre chicos y chicas. Cuando el chico invita, está afirmando su poder sobre la chica. Y no sólo porque se cobre en especie (lo que boca come, culo paga); sino sobre todo porque si él lo paga todo, todo pasa a depender de su voluntad; puesto que es él el que tiene el dinero, con su dinero comprará todo lo que se necesita para satisfacer las necesidades de la casa.
            -Pero el matrimonio no es una fábrica –dijo Inés.
            -El matrimonio es una empresa –dijo Juan Luis-. Casarse es repartirse el trabajo entre el hombre, que trabajará fuera de casa, y la mujer, que trabajará dentro. Y ocurre que el trabajo externo genera dinero; el trabajo doméstico no. El trabajo doméstico rinde, satisface las necesidades del hogar (comer, vestirse, descansar): necesidades biológicas ante todo; pero la mujer no cobra por su trabajo; tan necesario es, que nadie se da cuenta de ello; nadie se da cuenta de las cosas que tiene resueltas porque ya no siente su necesidad; y nadie se lo agradece a las mujeres. Es el hombre el que lo compra todo, incluidas las herramientas de la mujer, porque él lleva el dinero a casa.
             -Y en esa empresa ¿cuáles son las materias primas?
            -Los alimentos que se compran en el mercado; la mujer los elabora en la cocina. La energía muscular es completada por el carbón, el gas, la electricidad… La técnica que se maneja son los conocimientos de cocina y de limpieza que posee la mujer; y las herramientas que utiliza (la plancha, la escoba, el fregadero, la placa, los detergentes…). Como veis, la casa es un conjunto de fuerzas productivas. A la mujer la obedecen todos porque sabe manejar las cosas; sabe cómo hacerlo todo, ella es guía, es líder, es el alma de la casa. Pero ese poder baconiano, que dan la ciencia y la técnica, tiene sobre su cabeza un poder económico, el que da la propiedad de las cosas; el que nos hace poseerlas. El hombre, sustento de la casa, es su dominador, su propietario; la mujer, lejos de dominar poseyendo las cosas, las domina conociéndolas; por eso ella, siendo alma y guía, no es sin embargo quien manda.
            Y dijo, como en un aparte:
            -Manda quien paga.