viernes, 13 de octubre de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (3)



DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (3)


5. El instinto. 

            -En cualquier momento va a sonar el timbre. No tengo idea de cuánto tiempo llevamos hablando, pero las clases no duran más de cincuenta minutos –se miró al reloj-. Volvamos atrás y recordemos cómo os he empezado a hablar de Nietzsche; con vosotros. Vuestra generación, acostumbrada a tener de todo, no valora nada; todo parece que os lo deben, como si hubierais nacido mereciéndolo. Lo tenéis todo y no vivís nada. Llamáis vivir a las borracheras, a las drogas, al derroche, al desperdicio. Sois borregos incapaces de vivir fuera del rebaño.
            -¡Bueno, bueno, menos lobos!- interrumpió Raúl.
            -¡Tampoco te pases! –se quejó Antonio.
            Y concluyó Roberto:
            -Vosotros, los viejos, disfrutáis despreciando a la juventud.
            Pero Adriana era más cuerda y más incisiva. Cuando apuntaba disparaba a matar. Ella no usaba balas de fogueo. Con muy buen criterio, Adriana dijo:
            -Supongamos que sea cierto lo que acabas de decir; en todo caso no sería más que cumplir el programa de Nietzsche. ¿No has dicho que hay que olvidarse todos en uno, perdiéndose fuera de la razón y la conciencia? ¡Eso es la borrachera! Y la gente se emborracha. Por otro lado Nietzsche ensalza la libertad, renunciando a vivir en el rebaño: porque libertad es liberarse del espíritu gregario. Y sin embargo hay que fundirse todos en uno perdiendo la razón, como en un rebaño. Nietzsche se contradice, ¿no crees?
            -¡Bien! –dijeron todos al unísono, aplaudiendo como si un misterioso resorte los hubiera puesto de acuerdo, los hubiera puesto en hora, los hubiera comunicado. ¡Eso era sentirse todos en comunión! Roberto, el más gallito, dijo en tono de reto.
            -¡A ver cómo sales de ésta!
            Juan Luis recogió el guante:
            -Nietzsche escribió en lenguaje poético. No hay que entender al pie de la letra lo que nos dice, sino que hay que captar el espíritu. Y el espíritu no se pierde en el detalle; emana de la visión de conjunto. A continuación hay que recordar que se entienden las cosas sintiéndolas, no entendiendo los conceptos separados de la sensibilidad. Cuando Nietzsche habla de la ebriedad quiere retratar el instinto, el impulso vital, que emerge de nuestro ser con ímpetu arrollador: la fuerza de sentir el movimiento, moviéndose. Pero la borrachera nos debilita; un borracho, a diferencia del espíritu apasionado de Nietzsche, pierde fuerza, se funde con los demás en el desfallecimiento, no en el poderío. Sentir al unísono es saberse fuertes, sentir la borrachera es ponerse flojos. El vino, como imagen de la ebriedad, es una metáfora; y Dionysos, como dios del vino, no debe ser tomado al pie de la letra. Dionysos es la fuerza vital, que, como un torrente, fluye incontenible.


            La clase se calló, sorprendida.
            -Cuando te emborrachas te pierdes la fiesta. Te quedas vomitando, ahí solo, en un rincón, olvidado de todos. Cuando te emborrachas renuncias a la vida; te duermes. Como la virtud. La virtud es para los moralistas amodorrarse en las bondades soporíferas: así hablaba Zaratustra; “la sabiduría consistía en dormir”.De modo que la virtud es la borrachera del alma, y el vino la borrachera del cuerpo.
            Nuevamente desenroscó la botella, bebió unos tragos y la volvió a enroscar.
            -Además, la vida es lucha. Y el borracho no lucha. Ignoro si, al decir esto, estoy interpretando correctamente a Nietzsche; lo que sí sé es que estoy llevando su pensamiento hasta las últimas consecuencias. Vivir contemplando es aceptar las cosas tal y como son, renunciando a cambiarlas; y como el mundo es cruel nos refugiamos en otro mundo; un mundo ensueño donde todo acaba bien, como en los cuentos de hadas, como en la novela rosa, como en las películas de Hollywood: el happy end. La vida, sin embargo, no tiene siempre un final feliz. Y la vida es impredecible, nunca se sabe cómo va a acabar; por eso es misterio, y en tanto que misterio, reto; como todo reto, tiene riesgos, y asumir esos riesgos es verdaderamente vivir. Quien se duerme soñando renuncia a arriesgarse. Quien vive despierto acepta el reto y, por el contrario, su vida no es la debilidad de renunciar, sino la fuerza de combatir; no es sentir remordimientos, sino llenarse de alegría; no es sentirse cobarde, sino embriagarse de valor; y no es resentimiento y envidia, sino fortaleza y plenitud. No es malo tener un cuerpo débil (Nietzsche, de hecho, lo tenía); lo malo es tener debilidad en el carácter, lo malo es la debilidad de renunciar, de no atreverse a asumir las riendas de nuestro destino, lo malo es negarse a luchar.
            El silencio, voz de expectativa, en algunos se estaba convirtiendo en cansancio, y aquellos espíritus flojos consultaban el reloj. Pero los espíritus fuertes, como Adriana, mantenían la expectación.
            -Unos se ponen a hacer cosas, otros miran a quienes las hacen. Unos son activos, otros se ahogan en la pasividad. Pero la vida es pasión. –Juan Luis miró un instante, como cuando estaba inspirado, al vacío. Y siguió hablando tras aquel silencio-. El romanticismo se ha fijado en dos formas de vivir. Y sus dos estilos extremos de vida son el soñador y el impulsivo. Como todos los extremos, son sólo cabezas visibles de todos los matices que hay en medio. Son dos formas opuestas de dejarse llevar por el instinto. Una consiste en una descarga rápida de energía; la otra es una descarga lenta. Bécquer y Espronceda, el tierno y el bruto, el flojo y el enérgico. Pero Bécquer, cuya poesía es un ensueño, se deja llevar por la fuerza bruta.
                                   ¡Llevadme, por piedad, adonde el viento
                                   con la razón me arranque la memoria!
Y en seguida se ve que su sufrimiento no es fuerte:
                                    ¡Tengo miedo de quedarme
                                   con mi dolor a solas!
Espronceda, que brama de ímpetu al oír la cabalgata de los cosacos, siente las ensoñaciones del estudiante de Salamanca, o entre las nieblas melancólicas de Ossian. Sin embargo no es vida dejarse llevar por el ímpetu, sino que ese arrebato te llene las ganas de vivir, rebosen las fuerzas de la vida. Y yo diría, interpretando a Nietzsche, que si el ensueño te llena de fuerzas hasta hacer estallar tus ilusiones, el ensueño es bueno. Por encima de las palabras de Nietzsche, porque el ensueño también nos embriaga; y no lo hace siempre como el vino, que nos quita fuerzas, sino como las voces en el coro, que las multiplica.


            Juan Luis estalló al nombrar al músico.
            -¡Wagner! ¡Los nibelungos! El canto a las fuerzas primitivas, a los instintos aún no descastados por la sociedad, a la naturaleza no debilitada por la cultura. Las walkirias son unas diosas terribles, las hijas de Odín. El Walhalla es la batalla permanente, la borrachera de la noche, la fuerza en el combate, los golpes poderosos, la lucha por el día. No es extraño que los vikingos rechazaran el cielo, porque los cristianos renunciaban a la fuerza y se pasaban el día llorando; a los curas les encantaba prohibir y “la vida sin ellos era mucho más divertida”[1]; no se trataba de trocar libertad por piedad, impulso por atonía, ánimo por depresión, fortaleza por anemia. ¿Por qué se fijaba Nietzsche en Wagner? Porque en Wagner todo era un canto a las fuerzas más profundas de la vida. Sin embargo, yo siento la necesidad de pararle los pies a Nietzsche. El canto a la fuerza no tiene que ser un canto bruto a la violencia. Y en Nietzsche las dos cosas parece que se identifican. Mas no es así. El propio Nietzsche nos recuerda que la fuerza produce amor y generosidad, no muerte y violencia; pero no por compasión, sino por “una necesidad imperiosa de dar lo que se tiene”[2], cuando se desborda; “una demostración de plenitud y poder”: así lo resume lapidariamente Nicéforo Tejedor. La fuente no renuncia a una parte de su agua para dársela al río, sino que su agua, que no cabe en la fuente, se desborda y fluye sobre la tierra creando el río. La fuerza de la voluntad crea el río de Heráclito en cuyas aguas no podemos bañarnos dos veces seguidas. Pero las metáforas de Nietzsche son excesivas. No hay que tomarlas al pie de la letra y admitir que el fuerte tiene derecho a matar al débil. Lo que sucede es que el espíritu fuerte mata al débil, que no quiere decir que mata al espíritu; mata su debilidad, restituyéndole la fuerza. Si recordamos, además, que la debilidad reprobable no es la del cuerpo, sino la del carácter, entenderemos cabalmente a Nietzsche. Sus palabras no son patente de corso para que los ejércitos maten, torturan, despedacen; y mucho menos para que se ensañen con los débiles (los débiles siempre son los viejos, las mujeres y los niños; y, en general, los que están desarmados y no han aprendido a manejar las armas: ya se sabe que en las guerras los que mueren son casi siempre los civiles, mucho más que los militares).
            Mirando al reloj que anunciaba ya la hora, Juan Luis apuró sus últimos minutos.
            -Recordad lo que antes os he dicho; para Nietzsche no se trata de negarnos en nombre del prójimo, pero lógicamente tampoco hay que negar al prójimo en beneficio nuestro; lo que significaría que la vida no puede ser identificada con la muerte, ni la fuerza con la violencia, ni el castigo con la crueldad, ni la firmeza con el ensañamiento. Por último, hay quien ha querido asociar a Nietzsche con el nazismo: craso error; para Nietzsche la vida es el triunfo de la voluntad, pero el nazismo es el triunfo de la obediencia; porque la fuerza, la arrogancia, el desprecio, no es para el nazi la vida libre, sino un someterse embriagado, emborrachado por las palabras, a la voluntad del führer. La embriaguez no es buena cuando no transporta en sus entrañas las fuerzas de la vida, sino los hilos de la muerte: no lo olvidéis nunca.


6. La razón. 

            Llegó otra mañana y sonó otro toque de timbre. El velo del alba había sido rasgado por el día. Era el momento en que uno se siente descansado y fresco, y por la mente fluyen, relajadas y tranquilas, las ideas. Juan Luis quiso hacer unos comentarios más o menos libres sobre la obra de Nietzsche.
            -Hay un par de cuestiones que han quedado en el aire –dijo-. Veréis. El espíritu apolíneo, si lo recordáis, representa para Nietzsche el ensueño, la retirada de la vida; es el momento en que uno prefiere pensar en las cosas antes que vivirlas. Representarse el mundo antes que estar en él. Evadirse para no hacer acto de presencia. Es como si la vida fuera para nosotros una película de evasión, nos refugiamos en las novelas, en el juego, en el deporte, nos refugiamos en mundos felices para no tener que enfrentarnos a nuestros problemas; porque los problemas nos hacen pensar, nos obligan a asumir retos, a estar en tensión. Y, claro, siempre es más fácil contemplar la lucha de los otros que sumergirnos en nuestra propia lucha.
            Había legañas en los ojos dormidos; telarañas en las mentes cansadas. Muchos de aquellos chicos se acostaban tarde y se levantaban con sueño; y muchos, también, se iban a clase sin desayunar.
            -Abrid bien vuestros ojitos cerrados. Afinad los oídos. Sacudid vuestras entendederas. Atentos a lo que voy a decir. Atentos. Apolo, relacionado con Helios, es el dios de la luz. Y la luz es la razón. El siglo de las luces: ¿os dice algo? Frente a él está la ignorancia, el oscurantismo, la inquisición; frente a él está la Edad Media, que representa para los ilustrados todo lo que hay que combatir. Y aquí es donde viene el problema: la razón es fría; y los sueños, cálidos; la razón es descarnada y el ensueño es entrañable. ¿Cómo es que dos cosas tan diferentes, la razón y la ensoñaciones, vienen a ser lo mismo? El mismo espíritu, el espíritu apolíneo, parece identificar a la razón y los sueños, como si fueran una misma realidad. ¿Cómo es posible?
            La bruma de la perplejidad se extendió sobre los chicos. Habían venido dormidos a clase, pero Juan Luis los había despertado. Sin embargo, no sabían qué contestar.
            -La razón neoclásica –prosiguió Juan Luis-. Hay quien piensa que Nietzsche se rebeló contra su frialdad. Y, sin duda, está en lo cierto. Las reglas frías, el equilibrio. Recordad que para Nietzsche la vida no puede estar equilibrada, porque la tensión de vivir es impredecible, y tan pronto se queda corta como conduce a los excesos. Lo único equilibrado es la muerte. Lo único predecible. Todos sabemos cómo se va a comportar un cadáver; sin embargo, es imposible adivinar lo que hará un ser vivo. Nietzsche no puede aceptar el equilibrio. Un álbum de fotos puede ordenarse, porque representa la vida cuando ésta ya ha pasado. En un álbum siempre sabemos qué lugar debe ocupar cada foto, cuál es el sitio que le corresponde. Pero la vida no puede ordenarse. Si la ordenamos la matamos. Vivir es partir en busca de un orden y toda búsqueda es desordenada. Vivir es como rodar una película; siempre tenemos un guión previo, pero la película definitiva se aparta muchas veces del guión. Si tenemos que rodar una tempestad y resulta que no llueve, y pasan los días esperando y no logramos encontrar las condiciones de luz y movimiento que queremos filmar, entonces nos apartamos del guión; lo cambiamos; porque el productor no nos da más tiempo para seguir buscando las imágenes que queremos. Vivir es cambiar continuamente el guión. El guión es el ideal que buscamos, pero sólo nos sirve como referencia; no es algo que se pueda, ni convenga, alcanzar. La búsqueda de la perfección de los griegos clásicos parte de que la vida es un guión que tenemos que realizar con nuestro esfuerzo; pero no contempla que tengamos que apartarnos de él. En ese apartarse de los caminos trazados para abrir nuevos caminos está la aventura de vivir. Está lo imprevisible. Muy bien lo supo decir Machado:
                                   Caminante, no hay camino.
                                   Se hace camino al andar.


Todos los profesores preparamos las clases. Pero lo más normal es que las clases no salgan como las habíamos programado. Porque las clases están vivas. Porque un día –dirigiéndose a Raúl- me haces una pregunta que me obliga a contaros cosas que no estaban en el guión, y yo me aparto del guión. O un día matan a Miguel Ángel Blanco y yo no puedo seguir dando la clase como si nada hubiera pasado, algo tendré que decir de ética, de política, aunque la programación fuese de metafísica. Pero hay profesores que se niegan a hablar de lo que no está en el programa; con esos profesores, las clases están muertas, son insensibles a lo que ocurre, insensibles a la vida; les falta pulso y no vibran, y… claro, no pueden transmitir al alumno sus vibraciones; porque no las tienen. Yo diría más; no es que esos profesores sean inflexibles en sus programaciones, es que no programan; su único programa es el libro, tema tal, página cual, epígrafe tal y cual; aquí lo hemos dejado; aquí seguiremos mañana; haga sol o caigan chuzos de punta. Es como la planificación de la Unión Soviética: si se ha previsto regar los campos tal día y tal día llueve, ese día se riega. Y nos quedamos tan oreados.
            Una pausa para el descanso. Que fue aprovechada por Roberto para preguntar:
            -¿Todos los profesores programan? ¿Y tú programas siempre tus clases?
            -Tengo un calendario en el que establezco, de principio a fin de curso, cuánto tiempo me va a llevar cada tema. Pero las clases tienen vida propia, ya lo sabéis; no sería la primera vez que tenía previstas seis sesiones para un tema y luego me ha llevado catorce; o al revés. En cuanto a los profesores en general, sucede lo que le pasa a la moral de Nietzsche: unos hacen sus propias programaciones, y son ellos los que mandan; otros se limitan a seguir el libro de texto, y son esclavos del libro. Ser libre cuesta más, porque te obliga a trabajar en el guión. Lo más fácil es ser esclavo, porque te dan el guión ya hecho. Para emplear un símil de informática: la gente libre trabaja a nivel de programación, la gente esclava lo hace a nivel de usuario. Vosotros vivís con vuestros padres y lo tenéis todo resuelto, pero se hace la voluntad de los padres. Podréis emanciparos y se hará vuestra voluntad, pero ya no lo tendréis todo resuelto. Ser señor cuesta trabajo, pero nos hace felices; y ser esclavo es más fácil, pero nos da pocas alegrías. Todos tenemos que trabajar ejecutando proyectos; pero unos se ponen el guión, y a otros se lo imponen. ¿Qué preferís ser vosotros: libres o esclavos?
            -Yo, libre –dijo Roberto.
            -¡Yo, señor! –añadió Antonio.
            -¡Y yo! –siguió Raúl haciendo eco; aunque en broma.
            -¿Y tú? –preguntó Juan Luis a Adriana.
            -Señora, por supuesto.
            -Yo no.
            Todos miraron hacia él. Era David, el as de los vagos.
            -Yo prefiero hacer lo mínimo, que me lo den todo hecho.
            Tuvo que contestar a las miradas que lo asaeteaban.
            -Se vive mejor.
            -Obedeciendo –advirtió Juan Luis.
            -Claro. Es que si todos mandaran no quedaría nadie para obedecer.
            -...Bueno, Nietzsche también dijo algo parecido.
            Era Juan Luis. Y cortó aquel intermedio porque quería reanudar lo que estaba diciendo. No quería que los comentarios y los ejemplos le hicieran perder el hilo.
            -Vamos a ver, la pregunta de esta mañana tenía que ver con el espíritu apolíneo: ¿qué tienen que ver los sueños con la razón? Ya en Heráclito aprendemos a distinguirlos; los sueños son pensamientos privados, y con ellos es imposible ponerse de acuerdo; porque cada uno tiene sus propios sueños y cada uno vive, así, cosas diferentes. Pero la razón nos une a todos cuando no estamos dormidos; la razón nos pone de acuerdo porque sus conclusiones son inapelables, infalibles; la razón siempre está despierta, ya lo dijo Goya: el sueño de la razón produce monstruos. ¿Cómo van a estar juntos en Apolo la normalidad y los monstruos, como si fuesen lo mismo?


            Juan Luis lanzó una mirada inquisitiva sobre los pupitres. Sabía que el reto era difícil y que no sabrían contestar; Adriana tampoco. Consciente de que aquélla era una pausa retórica, se contestó a sí mismo:
            -Yo creo que la clave está en Platón. La otra clave es la vida. Si la razón es lo predecible y la vida es, por esencia, imprevisible, está claro que la razón no es vida. La razón resbala sobre la vida como el agua resbala por la mano y se escurre entre los dedos; no puede penetrar en ella; y a falta de meterse en sus entrañas, la razón se ve condenada a dar vueltas sobre la superficie de la vida. La razón, lo previsible, es incapaz de penetrar el misterio. Por eso Nietzsche no amaba la Grecia clásica; la del equilibrio, la de la luz, la de la mesura. Nietzsche prefería la Grecia arcaica, y allí encontró a Dionysos; con la borrachera, la desmesura, con su desaforado instinto sexual (Dionysos, insaciable sátiro, perseguidor de las ninfas). Dionysos emergió de las profundidades de la noche. Su instinto indómito, imparable y misterioso, es una borrachera de fuerzas en la oscuridad; fuerzas irracionales, porque pierde fuerza todo lo que se somete a la razón; la razón contiene las cosas, y el instinto es incontenible. Quizá sea ese un primer motivo en la respuesta que buscamos; tal vez los sueños no tengan mucho que ver con la razón, pero como el instinto es irracional, y el instinto es lo contrario del ensueño (fuerza incontenible el uno, contenido sin fuerza el otro), se concluye por simple simetría que el ensueño es lo mismo que la razón.
            Adriana estaba cavilando, dándole vueltas a la simetría.
            -La razón es la luz. Y la razón anula la vida. Luego la luz tampoco es vida. Sin embargo este silogismo no está de acuerdo con los principios básicos de la biología; hoy sabemos que la vida es luz capturada en las hojas por la clorofila; y la clorofila es verde; por eso la vida es, a decir de Vernadsky, el fuego verde. Primera contradicción, las fuerzas poderosas de la naturaleza, en Nietzsche, emergen de la oscuridad. Sin embargo la oscuridad genera vida mortecina, mirad en las cuevas: alejadas de los vivificantes rayos del sol, sus galerías, a medida que se hacen más profundas, contienen formas de vida (animales, o plantas) cada vez más apagadas, más lentas, con menos energía. El viaje de la luz a las sombras es un viaje de la fuerza a la inercia; de la energía propia al peso; las cosas, cuando pierden fuerza, se someten a la atracción de otras fuerzas y se hacen más pesadas.


            Adriana había entrado en un mundo que antes era insospechado; y el recorrido de sus salas era una aventura en las sombras, una búsqueda de luz en la oscuridad, un derroche de pasión y maravillas. Y escuchaba a Juan Luis.
            -La luz es vida y para Nietzsche es muerte. La oscuridad es inercia y para Nietzsche es la fuente de las fuerzas, no de la debilidad inmóvil, de la materia inerte. La luz se despliega en el espacio; la pintura, la escultura, son las artes del espacio que paralizan y embelesan, haciendo de la vida una contemplación, un espejo de ensueño. Pero la noche, sumida en la oscuridad, cabalga a lomos del tiempo, que corre con ímpetu desplegando las fuerzas de a vida, el impulso, el instinto, no se detiene a contemplar, vive; corre, danza, rompe, vive. Vive sacando impulsos de las artes del tiempo: la danza; la música; las que nos hacen vibrar; las que nos hacen sentir la fuerza y su sentir el ritmo. El ímpetu de vivir, no el revivir apagado de las cosas muertas; el frenesí que agita, no el encanto que paraliza; la música dinámica y no la estática pintura; no es la pintura, sino la danza; no el espacio, sino el tiempo. Del tiempo surgen las voces ancestrales que nos arrastran, desplegadas sin ataduras, lanzamiento sin tensión.
            Y llegó Juan Luis adonde quería.
            -Platón. Del equívoco de Nietzsche tiene Platón la culpa. Platón atrapó la vida en una cueva, y en su oscuridad la dejó prisionera. Y la razón, que es un ingrediente de la vida, la sacó de este mundo y se la llevó a otro: al mundo de la luz. Así, la luz fue para Platón señal de vida y la oscuridad la asoció a la muerte. Pero el mundo de la luz platónica era el de Parménides; donde nada se movía, todo estaba quieto, y las cosas, perfectas, eran un cuadro congelado. El de las sombras fue para Platón el mundo de Heráclito: el del movimiento. La luz inmóvil era buena; la oscuridad en movimiento era mala. La luz era el alma; las sombras el cuerpo. Y Nietzsche, que le dio la vuelta a todo, cambió el adjetivo, pero no las definiciones. Dijo que la oscuridad en movimiento era buena, pero se olvidó de que el movimiento no surge de la oscuridad. El big bang fue un estallido de luz que lo puso todo en movimiento. Antes del estallido, en la terrible oscuridad, no se movía nada; todo era tiniebla en un grano inerte en el que se concentraba toda la materia del universo. Como veis, Nietzsche hizo bien el trabajo, pero lo hizo a medias; rescató la música de las entrañas del ser, y las entrañas son oscuras; y se olvidó de rescatar la luz de la prisión del mundo de la luz; porque la vida (fuego verde) es luz atrapada en los árboles, sol capturado por la tierra, energía transportada al cuerpo, luz, calor y movimiento. ¿Qué es calor? Agitación molecular. El movimiento no puede existir sin luz.
            Y llegó Juan Luis al meollo del pensamiento.
            -Los dos mundos platónicos los ha copiado el cristianismo: las ideas pasaron a ser el cielo; los cuerpos quedaron presos en la tierra. Nuestro mundo, la tierra, receptáculo de vida, fue existencia proyectada más allá: más allá de este mundo; se despreciaban las cosas terrenas para pensar sólo en las celestes. Como decía Nietzsche por boca de Zaratustra, el alma despreciaba al cuerpo y por eso prefería un cuerpo flaco, repugnante y esquelético; y trataba de evadirse del cuerpo y de la tierra. Nietzsche también desprecia a la gente que no ve más allá de sus narices. El hombre debe superar sus posibilidades, debe ir más allá: al superhombre; porque es un puente tendido entre el animal y el superhombre. Pero el más allá no está en otro mundo: está en éste. El bien no está en el cielo, sino en la tierra. Y en esto se resume la filosofía de Nietzsche: una invitación a vivir.
            El sonido del timbre fue, tiempo después, una invitación a vivir. Pero Adriana no salía. Se quedaba dentro. Prefirió embelesarse dentro de clase con la agitación de las ideas, vivas, como el agua de un torrente, chisporroteantes, como una botella de champán, y se negó a salir al otro mundo: a ese que los atraía a todos con la perfección de sus ideas engañosas; al patio, en quien los chicos acababan por ver no un torrente de vida, sino un bálsamo de pureza: la parálisis del ser.
            Y comprendió que el desprecio a la razón surgió del desprecio a las ideas; redondas, hermosas, perfectas; brillantes como una bola de cristal. Las ideas, intocables piezas de museo de la exposición de las perfecciones, estaban muertas; y por eso Nietzsche entendió que las mató la razón. Y lo que sucedió fue al revés. La razón, que estaba llena de vida, fue asesinada por aquellas ideas que engendró. Y murió porque se había olvidado del cuerpo. La razón, al alejarse de la cueva, se durmió. Soñó y sucumbió a sus propios monstruos, ya lo decía Goya: los monstruos de la razón; las ideas en que la razón se hunde y deja de funcionar.






           







[1] Cornwell, pp. 27, 64, 134.
[2] Nicéforo Tejedor, p. 201. 

viernes, 6 de octubre de 2017

CATALUÑA ANTE EL ESPEJO DE LA HISTORIA




CATALUÑA ANTE EL ESPEJO DE LA HISTORIA


            El día que se celebró el referéndum de autodeterminación el presidente catalán llamaba a la calma. Cataluña era un escaparate, y si los independentistas se comportaban como buenos chicos, cualquier altercado podría ser atribuido a la policía y, por extensión, al resto de los españoles. Pero detrás del escaparate hay una trastienda; y en esa trastienda, lejos de la mirada del público, ellos mismos no habían dejado antes de provocar, insultar, vociferar, menospreciar, atacar y degradar a quienes no pensaban como ellos. Su objetivo estaba claro: que la realidad quedara escondida en la trastienda y que en el escaparate sólo se viera una ficción, una apariencia, una imagen deformada, un esperpento: en suma, una representación interesada; así, el mundo enfocaría sus cámaras sobre el escaparate y vería a un pueblo catalán que quería votar (pero nadie podría ver al otro pueblo catalán que se sentía vapuleado por lo que se votaba); vería a policías robando las urnas (pero no vería al gobierno autonómico robándoles la libertad, imponiéndoles las urnas, a quienes eran pisoteados por un simulacro de democracia); verían cargas policiales con sangre aparatosa de heridas sin aparato (pero no verían el ataque a la democracia de medio pueblo empeñado en sojuzgar al otro medio); y verían, en fin, al pueblo catalán acosado por el español (cuando en la trastienda sólo había medio pueblo catalán vapuleado por el otro medio que se presentaba a sí mismo como si ellos fueran todos). Y así, el escaparate sería una ficción mientras que la realidad se ocultaría en la trastienda. Esa media Cataluña soliviantada contra la otra media la pisotearía y, además, le echaría la culpa de ser pisoteada; como cuando Matterazzi ofendió a Zidane diciéndole algo al oído y Zidane fue castigado por responderle (y responderle mal en este caso): la provocación de Matterazzi quedó oculta en la trastienda porque nadie la vio; pero la reacción de Zidane la vio todo el mundo porque ella sí se produjo en el escaparate. Algo parecido está pasando en Cataluña: quienes gritan democracia son quienes actúan de manera antidemocrática, que una cosa es adorar a una palabra en el altar y otra realizar lo que dice su significado, una cosa es decir y otra es hacer; no es lo mismo predicar que dar trigo.


            Lluis Llac dice que Cataluña está postrada. Pep Guardiola dice que Cataluña vive oprimida por España. Josep María Bartomeu habla de lo mucho que sufren los catalanes. Pero a mí me gustaría saber dónde están los catalanes arrodillados, lo único que veo es que hay unas leyes que reconocen sus derechos fundamentales como personas y nadie los persigue, nadie les prohíbe decir lo que piensan, hacer lo que dicen, reunirse entre ellos y hablar en catalán (si quieren evitar que les entienda el resto de los españoles); nadie les ha impuesto su gobierno, que yo sepa lo han votado ellos mismos y nadie les ha prohibido que se reúna y decida su parlamento, aunque tome decisiones contrarias a la mitad de sus miembros que no se siente identificada con su gobierno; nadie les impide trabajar en lo que quieran, leer sus periódicos, ver sus programas de radio y televisión, no hay censura, no hay tutela, no hay límites a la libertad más que el respeto a la libertad de unos y otros; no ha habido nunca presos políticos y sus dirigentes, aunque han saqueado las arcas públicas, no están teniendo juicios sin garantías. ¿Qué clase de postración es ésta? ¿Qué clase de yugo opresor, qué clase de sufrimiento, qué clase de vida sojuzgada? ¿Es que Llac, Guardiola y Bartomeu, cuando abren los ojos, no ven lo que tienen delante sino lo que tienen dentro? ¿Y qué tienen dentro sus ojos? Visiones. Prejuicios. Telarañas. ¿Cuánto sufren los catalanes? Lo mismo que el resto de los españoles que han sido azotados por la crisis: ni más ni menos. Pretender que ese sufrimiento ha sido provocado por España ya es rayar en el delirio, la ignorancia, la paranoia, la alucinación y el despropósito. El problema es que hay mucha gente honrada y sensata que piensa dejándose llevar por esas paranoias. Los bulos que han sembrado sus gobernantes. Ficciones y mentiras que ellos toman por realidades, aun cuando delante tienen la realidad para mirarla y no la miran: porque prefieren mirar sus falsedades; porque no miramos lo que tenemos delante, sino lo que queremos mirar, y sólo queremos mirar lo que nos gusta; de modo que lo que no nos gusta, aunque sea verdad, no lo vemos, y aunque lo veamos no lo creemos, porque sólo creemos en nuestras ideologías, que son ficciones que nos mantienen suspendidos en un paraíso feliz, no en la realidad: que, como es dura, nos choca y nos hace desgraciados. Llac, Guardiola y Bartomeu prefieren una ficción feliz a una realidad desgraciada, un esperpento a un espejo que muestra sin deformar: el problema es que la ficción es una nube que se condensará algún día, y entonces sus gotas se estrellarán contra la tierra; o una pompa de jabón que estallará también, y si no se estrella se disolverá en el aire: no será nada. ¿Cómo es posible que gentes sensatas y buenas lleguen a creerse las mentiras que, simplemente con abrir los ojos, se deshacen al contacto con la realidad? ¿Cómo es posible que unos cuantos mentirosos puedan engañar a grandes cantidades de gente buena que quiere y necesita ser engañada? ¿Y cómo es posible que la bondad llegue un día a transformarse en maldad porque acabe creyéndose sus propias maldades? La verdad de los ideólogos, y suelen ser sinvergüenzas, es como un molde, y la mente de la gente es como una masa: con miles de moldes iguales podemos hacer miles de madalenas como ésa; idénticas, calcadas. El problema es que la identidad de ese grupo, creada por cuatro ideólogos, basada en oscuros intereses y apoyada en interpretaciones fraudulentas de la historia, rápidamente se vuelve intransigencia; y el intransigente no quiere escuchar lo que oye sino lo que le apetece oír; y así, por encima de la realidad, se crea sus propias historias, que extienden en oleadas cada vez mayores las falsedades de los moldes. Llegará un momento en que la realidad será derrotada por sus esperpentos; y entonces la felicidad de los ideales se romperá en realidades desgraciadas; y nos acordaremos entonces de lo felices que éramos cuando nos creíamos desgraciados; y echaremos de menos el mundo que teníamos, después de que lo hayamos destruido con las armas que cargábamos con nuestros esperpentos. Pero será tarde. Seremos como el aprendiz de brujo, que quiso jugar a la alquimia y acabó quemándose con sus ácidos.


            Hay otra verdad que está oculta. En el escaparate tenemos ahora masas de catalanes reclamando la independencia, pero ¿qué hay en la trastienda del pasado? Hay un estatuto de autonomía, promovido por el gobierno de España, que fue votado por la gran mayoría de los catalanes; y un jefe de la oposición que judicializó la política llevando sus principales artículos ante los tribunales, y consiguiendo mediante interpretaciones torticeras que el tribunal constitucional los invalidara: aquello sí que fue una bofetada a la voluntad del pueblo catalán, libremente expresada; aquello sí que fue un golpe de mano contra la democracia, dentro de la ley, es verdad, pero estirándola en sus interpretaciones hasta tensiones dolorosas y situaciones límite, hasta casi romperla. Entonces sí que pudieron los catalanes sentirse vilipendiados; incluso hubo campañas orquestadas contra los productos de Cataluña, para que ningún español fuera a comprarlos, empezando por el cava. Años después Cataluña se toma la revancha: pero en vez de pelearse contra aquellos políticos se pelea ahora contra toda España, confundiendo a los ciudadanos con sus representantes, y a todos sus representantes con una parte de ellos, precisamente la que era minoritaria.
            Aquellos catalanes ocuparon el sitio de Zidane; aquel jefe de la oposición, el de Matterazzi; en el escaparate se vio lo contrario de lo que había pasado en la trastienda, y el resultado fue que se culpó al que no tenía la culpa, y al que la tenía lo ensalzaron. Tiene razón Cataluña al rebelarse contra aquella afrenta, y Llac, Guardiola o Bartomeu acertarían si dijeran que en aquella ocasión fueron sojuzgados; pero no la tienen hoy cuando siguen pensando lo mismo en un momento en que la mayoría de las fuerzas políticas (con exclusión de aquel jefe de la oposición) opta por el diálogo; hoy hay muchas manos tendidas y Cataluña las rechaza; ayer se rebelaron contra algunos políticos, pero hoy se rebelan contra toda España; y convierten en culpables, en su delirio, a las víctimas no catalanas de aquellos atropellos de antaño; el espíritu de independencia, larvado en el ADN de muchos catalanes, ha empezado a hervir, so pretexto de amenazas ficticias y peligros inexistentes, de la mano de algunas mentes iluminadas; que pueden volverse incendiarias si consiguen que sus desvaríos lleguen a las manos. Hay mucha gente que se cree que está viviendo momentos históricos, impulsos trascendentes donde brilla entre las estrellas la hermosa nación catalana; y hasta se les escapa, entre emociones, una lágrima; pero no se dan cuenta de lo mezquina que se vuelve su pasada grandeza y de cómo a un gran país lo están volviendo estrecho y provinciano.


            Frente a esta estrechez de miras está la otra, la de enfrente; la que responde con banderas de España a la bandera catalana; la que no se da cuenta de que no hay que luchar por una bandera, sino por una constitución. En la constitución española (artículo 4) caben todas las banderas de España, incluida la catalana. Caben todas las lenguas del país (artículo 7), todos los gobiernos españoles (artículo 2); no cabe la república, pero cabe la posibilidad de cambiarla (título X). Pero la ley, en lo que atañe a la constitución (artículo 9), debe ser respetada; porque es la ley que se dieron a sí mismos los españoles, y fue votada en 1978 por una gran mayoría de ciudadanos; y también fue votada por una amplia mayoría de catalanes (los mismos que, al empeñarse en desobedecerla, se desobedecen a sí mismos sin que eso les cree, aparentemente, problemas de conciencia de ninguna clase); y en su redacción Cataluña tuvo un peso decisivo, pues dos de los padres de la patria (Miquel Roca Junyent y Jordi Solé Tura) eran catalanes. Ellos mismos plantearon en el artículo 2 la unidad dentro de la diversidad, e introdujeron los valores supremos de libertad, justicia, igualdad y pluralismo (artículo 1). Todo el título I es un amplio catálogo de derechos y libertades de los que gozan todos los españoles, incluidos los catalanes; y quien no los respete será llamado al orden, también los ciudadanos de Cataluña y su gobierno (artículo 155). De modo que no existe ninguna tiranía de España contra Cataluña. Existe, por el contrario, un intento de Cataluña de tiranizar al resto de España, y lo que es peor, de imponer sus mentiras a Europa; Europa, que empieza a resquebrajarse con los populismos (el catalán es uno de ellos) en un momento en que intentamos emerger tímidamente de la tremenda crisis económica que estamos sufriendo. Si esos esfuerzos no dieran resultado y la causa fuera la intransigencia catalana, los delirios independistas contraerían una gravísima responsabilidad ante la historia. Por la ceguera de su odio hacia España, en primer lugar; por la ceguera de sus entendederas hacia Europa, a la que mirarían mediocremente; y por la ceguera de su visión del mundo, cuando la libertad libra contra la tiranía la más descomunal de las batallas.





viernes, 29 de septiembre de 2017

ÉTICA PARA AMADOR






         Dedicado especialmente a los alumnos del colegio Markham de Lima. Su profesora, mi amiga Tana (a la que ellos llaman cariñosamente Miss Burga), se dispone a empezar el curso con el estudio de un libro de Fernando Savater, y me ha pedido que les escriba un texto de bienvenida: aquí está; cada una de sus partes estará destinada a ser leída al final de cada capítulo del libro y en ellas se descubrirán, progresivamente, algunas de las fuentes donde ha sabido beber el autor en el momento de escribirlo.
         Desde España, para Perú, con mis mejores muestras de respeto y de cariño.



LAS FUENTES FILOSÓFICAS DE LA ÉTICA PARA AMADOR

         El hijo de Fernando Savater se llama Amador. Cuando entró en la adolescencia, hace ya unos cuantos años, su padre quiso darle unas sencillas nociones de ética para que aprendiera a moverse por la vida; el resultado fue este libro: Ética para Amador. En él están contenidos, de manera implícita, unos cuantos autores que son, desde hace tiempo, verdaderos clásicos del pensamiento universal. Savater no ha querido citarlos para no estropear la sencillez con la erudición, pero la amenidad no tiene por qué estar reñida con el conocimiento y se pueden escribir cosas eruditas, como quería Hume, sin dejar de decir cosas entretenidas. Los autores están ahí, desperdigados por el libro, pero no se ven (como si no existieran, o como si estuvieran ocultos); en las páginas que siguen voy a intentar ponerles nombre.

1. De qué va la ética. (Sartre).
         Kant distinguía entre naturaleza y libertad. La naturaleza está programada, la libertad no. Cuando soltamos una piedra, cae hacia abajo por efecto de la gravedad (siempre hacia abajo, nunca hacia arriba); cuando un átomo de oxígeno (al que le faltan dos electrones) se encuentra con dos de hidrógeno (que tienen cada uno un electrón) se unen en un enlace covalente; cuando entra el sol por la ventana, la maceta se orienta hacia ella por efecto de la fototaxia; y cuando huele un trozo de queso, el ratón corre a buscarlo movido por su instinto: todas estas cosas suceden por necesidad, y siempre son previsibles. Sin embargo, nadie puede prever cuál va a ser nuestra reacción ante un problema, porque nos lo vamos a tener que pensar antes de actuar y nadie puede conocer de antemano el resultado de nuestros pensamientos. Kant sostenía que la razón nos hace libres, porque, al obligarnos a pensar las cosas, nos evita que tengamos que reaccionar ante ellas de manera automática. Sartre llegó a decir por eso que estamos (valga la paradoja) condenados a ser libres.
         Precisamente porque somos libres podemos buscar en todo momento lo que nos conviene, y por eso dice Aristóteles que somos animales racionales; la parte animal que hay en nosotros debe ser guiada por la razón, y en eso consiste la ética. La ética es el arte de saber vivir.

2. Órdenes, costumbres y caprichos. (Horkheimer).
         A la libertad, Kant la llama autonomía: somos autónomos cuando seguimos los dictados de nuestra razón; pero cuando nos mueven a actuar las órdenes (por miedo), las costumbres (por comodidad) o los caprichos (por ganas), es como si no decidiéramos nosotros, como si tuviéramos dentro una especie de parásito moral que nos mueve a hacer las cosas sin pensarlas: a esa forma irreflexiva de actuar Kant la llama heteronomía (de héteros = otro, y nomos = norma: es como si las normas nos las impusiera otro ser que tenemos dentro, y que no somos nosotros).
         Horkheimer nos aclara un poco más cuál es el papel de la razón. Existe una razón instrumental, que nos dice cómo tenemos que hacer las cosas (por ejemplo, puede ser útil, para evitar que el barco naufrague, arrojar al mar a una parte de la tripulación); pero sólo la razón crítica nos dice si está bien hacerlo (en efecto, tirar a la gente para que se ahogue es inmoral, porque valen más las personas que las cosas y es preferible que se pierda la mercancía a que se pierda una sola vida humana). Aristóteles llamaba técnica (“techné”) a la razón instrumental, y ética (o “praxis”) a la razón crítica. El problema es que estamos invadidos por la técnica y vivimos esclavos de ella, porque no se nos ocurre filtrarla a la luz de la praxis; por ejemplo, aprendemos a hacer cosas nuevas pero no sabemos para qué las hacemos; aprendemos a manejar los móviles (los celulares) sin darnos cuenta de que los usamos para incomunicarnos (pues preferimos comunicarnos por WhatsApp con la gente que está lejos, ignorando a la que tenemos a nuestro lado); sabemos fabricar televisores y los utilizamos para no hablar con quienes comen a la misma mesa que nosotros, pues en lugar de mirarlos a ellos miramos la pantalla; y compramos cosas caras, que la publicidad convierte en caprichos, sin darnos cuenta de que, en realidad, no las necesitamos.

3. Haz lo que quieras. (San Agustín).
         Ésta es una frase de San Agustín: “dilige et quod vis fac” (o sea: “ama y haz lo que quieras”); si tus acciones están motivadas por amor, entonces no pueden ser malas (y, hagas lo que hagas, necesariamente tiene que ser bueno). Savater, como buen hedonista que es, asume explícitamente una cita de Rabelais: que las personas libres sienten por naturaleza el instinto de huir del vicio y de acogerse a la virtud.
         Y si la libertad consiste en no dejarse llevar por otros, uno tiene que darse cuenta de lo que está decidiendo, y tiene que informarse para decidir por sí mismo; el saber nos hace libres; la ignorancia nos hace obedientes. Esto tiene que ver con el intelectualismo moral de Sócrates, que se enuncia así: para obrar bien hay que conocer el bien, o lo que es lo mismo: no hay gente malvada, sino gente  ignorante; se porta mal quien no sabe reconocer el bien. Por eso se ha comparado a Sócrates con Jesucristo, que no consideraba malvados, sino ignorantes, a quienes disfrutaban con su sufrimiento: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. 


4. Darte la buena vida. (Aristóteles).
         Después de aludir de pasada, implícita o explícitamente, a algunos de los autores que ya han sido mencionados (Kant, Sartre, Rabelais), Savater se centra en lo que le interesa: Aristóteles, que ha definido al ser humano como un animal racional; de ahí  tiene que deducir que es un animal que habla (el resto de los animales tienen voz, que sirve para expresar placer y dolor, y no palabra, que sirve para expresar lo justo y lo injusto). Ahora bien, no se puede hablar si no hay interlocutores, y escucharlos es tratarlos como a personas igual que nosotros; con lo cual llega la tercera definición que da Aristóteles del ser humano: un animal social (o lo que es lo mismo: un animal político). Al hablar aprendemos cosas, y por eso el lenguaje es la base de la cultura.
         Llegados a este punto Savater vuelve a Kant: una persona (dice Kant) es un ser que no puede ser utilizado como herramienta, como objeto; la prostitución, por ejemplo, es inmoral porque la mujer deja de ser persona para convertirse en objeto de placer. Hay otras versiones de la mujer objeto: la modelo que se instrumentaliza hasta ser esclava de su cuerpo, sin importarle adelgazar hasta volverse anoréxica; la que, en un concurso de misses, se anula a sí misma hasta no ser más que un modelo de belleza. El esclavo también es un hombre convertido en objeto: como tal, puede venderse y comprarse. Hay hombres que tratan a sus novias como sus propiedades, prohibiéndoles salir de casa cuando no están ellos.
         La buena vida, para Aristóteles, no es el placer desmedido de la juerga, sino el intento de mejorar cada día más como persona: eso requiere un esfuerzo; sobre todo un esfuerzo de la razón. Si yo valgo para tocar el piano porque tengo talento musical, debo ejercitar ese talento y practicar mucho; así me convertiré en un virtuoso del piano. La virtud, para Aristóteles, consiste en hacer las cosas bien, y hacerlas cada vez mejor; pero ¿qué cosas debemos perfeccionar? Las que están en nuestra naturaleza: la razón, el diálogo, la sociedad. Por eso darse la buena vida es lo mismo que dar la buena vida; y por eso Kane (el personaje de una película de Orson Welles: Ciudadano Kane), acostumbrado a comprarlo todo, nunca fue feliz: porque a su lado nunca tuvo personas, sino objetos.

5. ¡Despierta, baby! (Kant).
            Kant ha estado presente en todos los capítulos anteriores: éste parece estarle dedicado de manera especial. Siguiendo con el ejemplo de Ciudadano Kane, Savater insiste en que si tratamos a los demás como cosas, sólo cosas recibiremos de ellos; sólo si los tratamos como personas recibiremos lo que sólo una persona puede darnos: amistad, respeto, amor; porque eso se da entre iguales.
            Kant distinguía entre un yo empírico y un yo puro. Si veo que alguien pierde una joya muy valiosa y yo la recojo del suelo y me la llevo sin decirle nada, habré actuado por interés, por egoísmo, como el resto de los seres de la naturaleza: soy un yo empírico. Pero si, venciendo mi codicia, se la devuelvo, habré actuado libre de todo interés y egoísmo: y seré entonces un yo puro. Los caprichos son propios del yo empírico, que nos vuelve heterónomos, como las órdenes y las costumbres; pero la libertad, que hace de mí un ser desinteresado y autónomo, me convierte en un yo puro. Todos los animales actúan por interés: sólo el ser humano puede ser desinteresado al actuar. Si soy juez y debo juzgar a mi amigo y lo absuelvo a pesar de saberlo culpable, estoy actuando como un yo empírico; si soy justo y tengo que condenarlo aunque sea mi amigo seré, verdaderamente, un yo puro. Hay poca gente pura en el mundo en que vivimos. Eso pensaba Kant. En la película Los diarios de la calle vemos cómo unos jóvenes que se crían en guetos marcados por su origen étnico acaban teniendo problemas con la justicia; si uno de ellos tiene que ser sometido a juicio, los testigos de su etnia tienen la obligación de testificar a favor de ellos, aunque sean culpables; de lo contrario serán perseguidos por los propios miembros de la etnia a la que pertenecen. Lo que nos dice Kant es que sólo si actuamos de manera desinteresada seremos justos. 



6. Aparece pepito Grillo. (Sócrates).
            La conciencia es esa voz interior que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Algunos quieren triunfar desoyendo la voz de su conciencia, haciendo cosas perversas; otros prefieren hacer cosas buenas aunque la gente no los aplauda: es lo que quería Sócrates. Hoy no está de moda ser bueno; por el contrario, la gente aplaude a los que son “mosca”, a los “vivos”, a los pillos, a los sinvergüenzas; incluso en el cine y la televisión los héroes suelen ser los ladrones, los asesinos y los corruptos; e incluso a veces, cuando te llaman bueno, en realidad te quieren llamar tonto; hasta el propio Antonio Machado tuvo que aclarar que era, “en el buen sentido de la palabra”, bueno; y Kant advertía con amargura que en este mundo a las personas malas les va bien y a las personas buenas les va mal, y eso es injusto: pero es así.
            La conciencia es ese olfato moral del que habla Savater; ese buen gusto moral con el que nacemos, y que se desarrolla con la práctica por si alguien se olvida de él. La conciencia es esa voz interior que nos habla sin engañarnos. Dice Savater que tener conciencia es pensar en sí mismo, y no tenerla es, por el contrario, convertirse uno mismo en su propio enemigo.

7. Ponte en su lugar. (Protágoras).
            Dice Frankestein que es malo porque es desgraciado; si eso es verdad resultará que si, cuanto más felices somos, también somos más buenos, será bueno para nosotros que quienes nos rodean también sean felices. Perseguimos a los malvados, pero rara vez nos paramos a pensar qué piensan y qué sienten; para comprender a los demás es necesario amarlos. Protágoras se esforzó en comprender al adversario e inauguró la técnica del doble discurso: consistente en defender lo contrario de lo que se piensa, ponerse en lugar del rival e intentar sentir y pensar como él. Esto se llama hoy empatía, pero antiguamente se llamaba compasión. Se trata de hacer un esfuerzo por ver las cosas como las ven los otros, y nos sorprenderá descubrir que detrás de todas las personas que hacen daño hay siempre una persona que está sufriendo. 



8. Tanto gusto. (Hedonismo).
            Hay quien piensa que sufrir es bueno: son los puritanos. Y quien piensa que lo que es bueno es el placer: son los hedonistas (“hedoné” en griego significa “placer”). El problema es que no sabemos qué son los placeres.
            Para Aristipo hay que buscar los placeres sensoriales: el placer del olfato (los perfumes), del gusto (los banquetes), del tacto (el erotismo)… Ahora bien, hay que tener un control de los placeres y no dejar que sean ellos los que nos controlen a nosotros. Savater recuerda que el uso de los placeres nos enriquece la vida, mientras que el abuso nos la quita; no hay que permitir (y en esto sigue los pasos de Montaigne) que un placer te quite la posibilidad de disfrutar de los otros; el tabaco te priva del sentido del gusto; el alcohol inhibe tu capacidad sexual; las drogas te incapacitan para seguir disfrutando, porque el síndrome de abstinencia es un continuo sinvivir. Cuando un placer te mata (dice Savater) es un castigo disfrazado de placer, mientras que el placer intenso, cuando es sano, disuelve la rutina y le pone emoción a nuestra vida.
            Aunque Epicuro no estaba de acuerdo con esta forma de ver las cosas. Para Epicuro el verdadero placer es la ausencia de necesidad (hay un refrán que dice: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”). Los placeres sensoriales siempre acaban en dolor: la borrachera acaba en resaca, la comida en indigestión, la droga en dependencia, las competiciones siempre nos hacen sufrir por el ansia que tenemos de ganar… Hay que buscar, por el contrario, los placeres espirituales, que son también los  placeres tranquilos: la lectura, el paseo, la conversación de los buenos amigos, el arte… Se ha criticado a los epicúreos porque viven una moral de viejos: no beben porque tienen ácido úrico, no comen porque tienen colesterol, no compiten en el estadio porque sus músculos ya no tienen fuerza; Savater, en estas páginas, se muestra hedonista cirenaico, no epicúreo (Aristipo vivía en la ciudad de Cirene); a diferencia de los animales, tenemos que transformar la alimentación en gastronomía, el movimiento en atletismo, el sexo en erotismo: es necesario disfrutar.
            Pero añade, inmediatamente, que hay que poner el placer al servicio de la alegría; que la alegría es un sí espontáneo a la vida que nos brota de dentro; y que la vida no sólo es placer, sino que abarca placer y dolor; e introduce, en todas estas ideas, el planteamiento de Nietzsche. De ahí deduce que no hay que abstenerse de los placeres, sino supeditarlos a la templanza, y define la templanza como el arte de poner el placer al servició de la alegría; o sea, de la vida.
            No aparece aquí Stuart Mill cuando valora los placeres en cantidad (hay que buscar el máximo placer para el mayor número de personas), pero sí cuando los valora en calidad: hay que preferir los placeres superiores a los inferiores; entre beber una copa y admirar un cuadro, o entre Aquí no hay quien viva (infumable serie de televisión) o El acorazado Potemkin (una de las mejores películas de todos los tiempos), siempre es preferible lo segundo. No sólo hay que controlar los placeres, como decía Aristipo, sino que también hay que seleccionarlos. Stuart Mill lo resume en una expresión muy gráfica: “es preferible ser un hombre insatisfecho antes que un cerdo satisfecho”. 



9. Elecciones generales. (Maquiavelo).
            Ya había dicho Aristóteles que el ser humano es un animal social: por lo tanto la ética debe acompañar a la política. En este punto Fernando Savater hace un pequeño resumen de las cosas que ha ido tratando en este libro: hay que tratar a las personas  como a personas, porque tienen dignidad y no precio (Kant); ponernos en su lugar (Protágoras); vivir en comunidad (Aristóteles); amar a nuestros semejantes (San Agustín).
            Pero nos advierte que tengamos cuidado con el maquiavelismo: al separar la ética de la política, Maquiavelo admite (aunque la literalidad de esta expresión no sea suya) que el fin justifica los medios; que podemos cometer injusticias y atropellos si el fin que perseguimos es bueno; y que los derechos de las personas están subordinados a los intereses del Estado. Las bases del totalitarismo estaban ya en Maquiavelo (y, aunque Savater no habla de ello, también las encontramos en Platón).
            Lo que sí queda claro aquí son los tres valores fundamentales que defiende Savater: la libertad (la política coordina lo que muchos hacen con sus libertades); la igualdad (la dignidad de la persona nos hace iguales al obligarnos a admitir nuestras diferencias); y la solidaridad, que en otro tiempo fue una caridad bien entendida (asistencia, simpatía, compasión). Y si en la esfera privada Savater se nos presentaba como un hedonista convencido, en la esfera pública se nos muestra como un firme defensor de los tres valores encarnados en el lema de la Revolución francesa.

Epílogo.
            Como podemos ver, Ética para Amador es un compendio de algunas de las principales teorías que se han sucedido a lo largo de los tiempos. El siguiente paso sería ordenarlas y sistematizarlas un poco, pero eso ya queda para otro momento. Lo interesante ahora es comprender por qué este libro ha tenido tanto éxito: y es que en un lenguaje natural, sencillo, asequible y llano, ha sabido introducir los pilares más importantes de la historia de la ética; eso sí, sin nombrarlos; sin pedantería; sin presumir de ello; Fernando Savater ha sido catedrático de ética durante muchos años, primero en Deusto, luego en Madrid. Sólo quienes saben mucho pueden decir tanto en tan pocas palabras. Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo. Y Vargas Llosa, en la presentación de su último libro, en Madrid, ha confesado que cuando era joven buscaba la complejidad, pero ahora es la claridad lo que más le interesa; y es que es un error pensar que la profundidad tenga que expresarse con oscuridades: se puede ser profundo sin llegar a ser oscuro, por lo menos en algunas cosas. Fernando Savater, con la humildad que le caracteriza, ha demostrado que no necesita hacer alarde de conocimientos y que vale más que los grandes autores lleguen el gran público con palabras claras y sencillas llenas de erudición, pero sin parecerlo. En eso estriba su calidad. En eso estriba su modestia. Pero levantando el caparazón donde yacían dormidos los datos históricos, he querido sacarlos a la luz: y los he puesto al desnudo.