viernes, 16 de febrero de 2018

DE MIEMBROS, MIEMBRAS Y PALABRAS



DE MIEMBROS, MIEMBRAS Y PALABRAS


             En determinados medios políticos se han empezado a crear neologismos para combatir el sexismo en el lenguaje; palabras como “miembra”, “portavoza” o “jueza” han invadido los periódicos, sabedores de que en ellas hay mucho combustible  transgresor. Inmediatamente han reaccionado los puristas recordándonos las reglas morfosintáticas y semánticas que ya conoce todo el que está enterado; curiosamente se olvidan de la pragmática, que también es una parte de la lingüística (¿quizá porque cuando ellos estudiaban no existía aún?). Entre el público consumidor de provocaciones se toman como dinero contante y sonante esas obviedades, pues de puro obvias no sería necesario ni siquiera recordarlas; aparte de que ese público recibe con veneración, en un auténtico acto de fe, expresiones como “participio presente”, cuyo significado estoy seguro de que muchos ignoran cuando las utilizan; y pasamos por alto que muchas de las personas que tantas veces han despotricado contra la real academia de la lengua por su conservadurismo ahora se acogen a ella como si en ella estuviera la clave de todos los misterios.
            La verdadera cuestión es la pragmática. Si, cuando estoy en un banquete, uno de los comensales me pregunta si tengo sal y yo le respondo que sí, la conversación habrá sido semántica y morfosintácticamente impecable, pero desde el punto de vista pragmático habrá sido un desastre; pues lo que mi vecino quería no era saber si yo tenía sal, sino que se la pasara. Del mismo modo la persona que, en una tribuna política, utiliza las palabras “miembra” o “portavoza” estoy seguro de que sabe que morfológica y semánticamente son incorrectas, pero está buscando un acierto pragmático; la pragmática, recordémoslo, no estudia la relación que hay entre los signos (eso sería sintaxis), ni tampoco entre los signos y sus significados (eso sería semántica), sino la relación que hay entre los signos y sus usuarios. La cuestión, le decían a Alicia en el otro lado del espejo, no es saber si las palabras son correctas, sino saber quién manda en las palabras.
            Cuando un filósofo habla del “puesto del hombre en el cosmos” no se pregunta nunca si está ignorando a la mujer (dirá, seguro, que utiliza un masculino genérico que abarca a los dos sexos); pero si le preguntamos a una mujer si se siente incluida en esa expresión supongo que mirará en el vacío con semblante meditativo. Cuando de pequeño me hablaban de los hombres primitivos yo imaginaba cazadores y hombres encendiendo fuego, no curanderas y mujeres asando carne. Y no están lejanos los tiempos en que médico se decía en masculino y enfermera en femenino; afortunadamente hoy tenemos médicas y enfermeros. ¿Quién mandaba en el lenguaje cuando hablábamos del otro modo? ¿No había en el uso de las palabras ninguna inercia sexista? No estoy diciendo que todos los hombres sean machistas; digo solamente que muchos han absorbido, inconscientemente, esa masculinización de la experiencia; todavía tengo alumnos que, cuando les pregunto si son valientes, me contestan con toda la naturalidad del mundo: “sí, porque yo soy un hombre”; y no se dan cuenta, al decirlo, de que implícitamente están admitiendo que, si las mujeres no son hombres y los hombres son valientes, es que las mujeres son cobardes. Todavía resuena en nuestro imaginario la queja de Boabdil: “no llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.


            ¿Quién manda en el lenguaje? Cuando un niño es noble, valiente y decidido decimos que es un machote. Cuando una película es un tostón decimos que es un coñazo, y cuando es buena diremos que está “de cojones”. Hasta una de las expresiones más hermosas de la vida ha sido convertida en instrumento de dominación: me refiero al amor, pues “joder” ha pasado de significar unión sexual a significar fastidio, molestia y abuso”; “lo jodí vivo”, decimos muchas veces. Hasta las mismas mujeres han asumido este machismo verbal, pues a muchas alumnas les oigo decir en la calle, cuando quieren decir con énfasis que algo está bien, que eso es “la polla”. En semejante universo de desatinos no es extraño que haya gente que quiera desmarcarse y, para dejar de utilizar el lenguaje como instrumento de dominación, se invente palabras como “miembra” o “portavoza”. Si alguien les saca el libro de gramática para recordarles cuáles son las reglas será que no se está enterando de nada.
                                                                           
                                                           
            Entre los filósofos a los que admiro está Jesús Mosterín, recientemente fallecido. Él también se preocupó por el lenguaje. Cuando quería hablar de las personas no decía “los hombres”, decía “los humanes”; y si empleaba la palabra “hombres” era para referirse al género masculino; los varones, en suma. También hablaba de “infantes” cuando quería referirse a las crías de cualquier sexo; cuando las quería separar por sexo decía “niños” y “niñas”. Hará unos veinte años que reflexioné por primera vez sobre las trampas del lenguaje. Desde entonces comprendí algo que no había sentido nunca, creyendo ingenuamente que las palabras eran ideológicamente neutras, sobre todo en la relación entre el hombre y la mujer; descubrí que la palabra “hombre” en sentido genérico denota “universo humano”, pero connota “universo masculino”; y para evitar las connotaciones indeseadas no había más remedio que cambiar las palabras. Es cierto que los términos “miembra” y “portavoza” me parecen torpes y feos, pero lo que es indudable es que tenemos que cambiar el lenguaje si queremos cambiar la realidad. Ya no me encuentro a gusto utilizando la palabra “hombre” en sentido genérico, pero tampoco me gusta “ser humano”, “persona” y “humanidad”; ni me gusta demasiado la palabra “humanes”; pero algo tendremos que inventar, desde luego; aunque se remuevan en sus asientos los puristas del diccionario; porque la cuestión no es conocer y respetar las reglas, sino saber si esas reglas han sido puestas para decir las cosas o para mandar en ellas; si llamo “terrorista” a un etarra no es lo mismo que si le llamo “gudari”; las dos cosas denotan más o menos lo mismo, pero la segunda connota admiración y la primera desprecio.
            La lengua no es una realidad inmóvil; tiene vida, y por eso podemos considerarla una realidad dinámica. La lengua está viva, y quienes se empeñan en someterla a los usos del diccionario la consideran más bien lengua muerta. Decía Camilo José Cela que la lengua es el producto de tres factores: la calle, los escritores y la academia. La calle impone sus usos y la academia no tiene más remedio que aceptarlos; aunque los señores académicos digan “voy por agua” la calle dice “voy a por agua”, y es así como al final la calle ha impuesto sus criterios; si las lenguas no evolucionaran hoy no hablaríamos en castellano, hablaríamos en latín. El segundo factor de cambio son los escritores; si a Juan Ramón Jiménez le apetece escribir “májico” en vez de “mágico” ¿alguien se lo puede prohibir? Lo mismo hacía Manuel González Prada; pero esa costumbre no ha llegado a prosperar y no es porque lo prohíba la academia, sino porque la gente no lo ha aceptado. La academia sólo puede limpiar las impurezas del lenguaje, no arrinconar las palabras limpias que no le gusten.
            De modo que será la calle la que diga si debemos decir “miembros” y “miembras”; la academia sólo podrá reconocer la realidad que se imponga, no podrá esconderla. Al final las palabras significarán lo que nosotros queramos que signifiquen; no nos las impondrán los gramáticos trasnochados que viven adorando las reglas: las reglas están para servirnos, no nosotros para servirlas a ellas; con razón decía Jesús con mucho tino: el sábado se ha hecho para el hombre, no el hombre para el sábado (y lo decía utilizando, sin querer y sin saberlo, viejas palabras machistas: androcéntricas). Si hay que cambiar la morfología o la semántica por motivos pragmáticos, pues se cambia y ya está: ¿no ha incorporado el lenguaje jurídico el término “nasciturus” para nombrar una realidad que no existía antes pero ahora sí? El participio futuro, que no existe en español (existía en latín), se españoliza y así la lengua se enriquece; lo que no debemos hacer (y ahí sí que debe intervenir la academia utilizando la escoba para limpiar) es decir “week end” cuando tenemos en nuestro idioma la expresión “fin de semana”.
            Y podemos acabar con una anécdota; una anécdota que retuerce pragmáticamente las palabras para crear un efecto cómico. Camilo José Cela, siendo diputado, se durmió un día en el parlamento. “¡Que está usted dormido, don Camilo!”, le dijo alguien increpándolo. “No estoy dormido, estoy durmiendo”, le contestó él. “¿Y qué diferencia hay entre estar dormido y estar durmiendo?”, le espetó el otro. “La misma que entre estar jodido y estar jodiendo”. Si quien habla quiere introducir en las palabras una variante nueva, por supuesto que está en su derecho de hacerlo. Al fin y al cabo el protagonista de las palabras es el pueblo: no la academia.





viernes, 9 de febrero de 2018

LA FALACIA NATURALISTA

 APUNTES DE FILOSOFÍA (1) 



LA FALACIA NATURALISTA


             Hume es conocido, entre otras cosas, por haber descubierto la falacia naturalista. Una falacia es un error en el razonamiento: la falacia naturalista consiste en confundir el ser con el deber. A veces hacemos afirmaciones sobre cómo son las cosas y de repente, sin apenas darnos cuenta, acabamos diciendo cómo tienen que ser; esto se puede entender de varias maneras.
            Primero: empiezo diciendo que un perro es un animal carnívoro y acabo diciendo que lo que tiene que hacer un perro es comer carne; porque siempre ha sido así y he deducido que siempre tiene que seguir siéndolo, y si un día lo veo comer hierba me empeñaré en quitársela y lo obligaré a comer carne, que es lo suyo.
            Segundo ejemplo: las mujeres siempre se han ocupado de las labores del hogar, y si alguna se empeña en trabajar fuera de casa yo estoy en mi derecho de prohibírselo; una mujer está para ser mujer de su casa, no para estar en oficinas y fábricas y dejar el hogar desatendido.
            Tercer ejemplo: La balada de Narayama es una película de Shohei Imamura. En ella se ve cómo, en una aldea japonesa, a la gente se le caen los dientes cuando se hace vieja, más o menos en torno a los sesenta años. Hay una mujer que, llegada a esa edad, todavía conserva sus dientes en perfecto estado; pero su deber es quedarse desdentada porque siempre ha sido así, y así tiene que seguir siendo para siempre; entonces la mujer, para no ser rechazada, se rompe los dientes contra una piedra; es la única forma que tiene de seguir siendo aceptada dentro de la aldea.
            Cuarto ejemplo: el agua hierve a cien grados. He calentado un litro de agua y he observado que a esa temperatura no ha arrancado a hervir; entonces pienso que hay un error en algún sitio, repito numerosas veces la experiencia y varío las circunstancias para que el agua se comporte como debe comportarse.
            En el primer y último ejemplo vemos que si la naturaleza es de una manera, no puede ser de otra; un perro debe comer carne o de lo contrario no es un perro; el agua debe hervir a cien grados o de lo contrario, o no es agua, o hay algún error en alguna parte. Este deber comportarse como esperamos que se comporten las cosas es una necesidad física, no una necesidad moral; los perros deben comer carne porque ésa es su naturaleza, no porque sea su obligación; y como la naturaleza no puede violarse nunca porque nunca admite excepciones, es imposible que podamos ver tragar hierba a ningún perro; de hecho descubriremos algún día que el perro no traga hierba para alimentarse, sino para purgarse.
            Lo mismo pasa con la ebullición. Hemos observado que el agua siempre ha hervido a cien grados, pero después hemos descubierto que la relación entre la temperatura, la presión y el volumen debe mantenerse constante: de modo que si comprimimos el agua por encima de la presión atmosférica disminuirá el volumen o aumentará la temperatura. Si calentamos agua en una cumbre montañosa a dos mil metros de altitud disminuirá la presión atmosférica, y por lo tanto deberá bajar también la temperatura de ebullición: eso es lo que sucede. La observación espontánea debe ser completada con la ley de los gases perfectos.
            Pero el segundo y tercer ejemplos no enuncian leyes de la naturaleza: si las mujeres se han ocupado hasta ahora del hogar no es porque hayan nacido para ello, sino porque nos hemos acostumbrado a ello y muy bien podremos, si queremos, empezar a cambiar de costumbre; de modo que si yo pienso en una mujer no estoy pensando necesariamente en un ama de casa, porque ésa no es su naturaleza; como tampoco está en la naturaleza del hombre trabajar fuera de casa no más que trabajar en ella; que una mujer haya sido hasta ahora ama de casa no quiere decir que tenga que serlo siempre, y a esa confusión del ser con el deber moral es a lo que llama Hume falacia naturalista. El deber corresponde aquí a un “ought”.
            Lo mismo pasa con los dientes de los viejos: la naturaleza que hace que se les caiga no los condena a rompérselos si a alguno, llegado a los sesenta, no se le han caído.
            Ése es el gran descubrimiento de Hume. La falacia naturalista nos avisa de que no debemos confundir todo lo que pasa con fenómenos naturales, porque hay fenómenos sociales que nada tienen que ver con la naturaleza: muchas veces se repiten situaciones de opresión que, no por haber sido siempre así, van siempre a tener que serlo; denunciarlas como ejemplos de falacia naturalista es el primer paso para salir de la opresión; y liberarse las mujeres del peso que las oprime; y los viejos.

 


viernes, 2 de febrero de 2018

EL CANTE JONDO



EL CANTE JONDO


            La oscuridad no era de azabache. Era una oscuridad sin brillo, de un negro seco; tosco como la garganta del cantaor, quebrado como las voces rotas, más allá del corazón: quejíos de allende el pecho; pozo sin fondo de los impulsos más primarios, instintos atávicos. Y en esa tosca negrura, lecho elemental, yace el aliento áspero (papel de periódico) que dice lo importante: no el papel brillante de las vanas revistas, que ciega con su brillo para no ver lo cierto. Lo tosco, lo auténtico, lo simple, es lo trascendente; no el brillo azabache de las hojas que hipnotizan; que lo resuelven todo en apariencias, y lo disuelven en la niebla, y que se esfuma en vanidades.
            Era un cielo negro de sombras invisibles. Tiniebla sin brillo, fondo sin forma, figuras sin perfiles, mentiras y verdades. Una cabeza negra, una figura siniestra, una cabeza con cuernos: la figura del minotauro. Tal los ojos de un gato, el iris fosforescente y la pupila dilatada abren un túnel sobre las cosas, y las absorben en un agujero negro; allí van las realidades, y los sueños, navegando en el tiempo, como un barquito velero, regresando a Camarón: un remolino de boca horrible (tal la espuma de Caribdis, el aliento de Escila).
            El minotauro. Un toro siniestro hiende las tinieblas, un relieve en la noche, apenas esbozado en la penumbra, una amenaza. El cielo es un laberinto y sus caminos angostos lo llenan todo de serpientes; miles de serpientes cruzándose, miles de nudos donde se pierde el conocimiento, telaraña de la voluntad, red de los pasos perdidos, prisión de la esperanza. En el laberinto se enredan las mentes turbias, el entendimiento oscuro, la sencillez atascada en obsesiones, la memoria atrapada en los esquemas, los prejuicios enturbiando el horizonte, la bondad que se nubla en la ignorancia. Gloria, perdida en los caminos como un mar de los sargazos, patina en telarañas pegajosas, nudos y nudos de lianas, los caminos del laberinto, las sendas atascadas, las vías sin salida, las pistas falsas. Miles de prejuicios en su mente atenazada. Sus retinas confundidas, sus oídos desorientados, sus manos perdidas en pieles engañosas, con el tacto cambiado. Sus prejuicios, como nudos, atan la salida de los juicios que se forman en su mente, separando las premisas y las conclusiones; y las razones se quedan paralizadas, los argumentos patinan, el sentimiento naufraga en un mar de arrecifes donde se confunden las emociones más evidentes, los instintos más naturales, los impulsos más claros. Todo es un mar revuelto en la mente de Gloria, y hasta su nombre, que es radiante, le está pareciendo ahora una nube de barro.


            El toro es el signo del destino, que viene inexorable, prefigurado en lo que somos, en las fuerzas que nos arrastran. Unas veces la razón, otras los prejuicios; a veces sin corazón, otras descorazonados. El toro. La sombra del minotauro. Estamos perdidos en el laberinto y necesitamos salir de  él: para eso necesitamos un hilo; un hilo de Ariadna. Y cuando llegamos necesitamos todo nuestro corazón para armarnos de valor, para derrotarlo. Para que el minotauro desaparezca ya de nuestras vidas. Para destruir los motivos de nuestra desgracia, y las rigideces de nuestra mente, que son barreras y hay que saltarlas.


            El amor. El destino. La muerte; que es lado contrario de la vida, y nos arrastra. O la arrastramos. Tres fuerzas irresistibles. Tres temas universales. Tres cosas elementales. Por ser lo más importante lo tenemos ante los ojos, y no lo vemos. Por eso es lo más profundo. De las profundidades del alma, como fuerzas elementales, emergen con dolor a la superficie. Brotan a los labios como una queja; el quejío del cantaor, el cante jondo; las profundidades del alma, los abismos insondables, las fuerzas irresistibles. Salen a la luz con la voz quebrada. Su ímpetu pugna en la garganta, choca con la laringe, rompe las cuerdas. No, no son fuerzas capaces de ser atadas: rompen la voz y la voz se quiebra, se desgarra. La voz sale a la superficie como un quejío. El grito, cuando es arrastrado por la voz, se rompe: la voz del flamenco no puede ser perfecta, tiene que estar cascada. Y como no cabe en la laringe (porque las cuerdas se le rompen), tampoco cabe en el pentagrama: se rompen sus cinco líneas y las notas se pierden, se alejan, se escapan. El cante jondo no puede estar atado. Se rompen las voces del pentagrama y es como la música hindú o el jazz, música que no se puede escribir porque es libre; se escribe su esqueleto, su ritmo, su melodía; pero las rigideces de las voces no son cante jondo como el esqueleto no es la carne; el cante jondo es libertad: por eso nace roto. La música atada es bonita, y el cante jondo no puede ser bonito: es rudo, tosco, quejumbroso, de voces sueltas que suben por el tiempo, ad libitum, sólo esa voz grave, callada y rota (más que voz es un quejío), puede hacer algo más que hablar del amor: lo vive. Las otras voces hablan del amor. No el cante jondo, porque es eso: jondo, profundo. Las otras canciones se quedan en la superficie. Y el quejío que desgarra el aire puede, hiriendo el cielo con su flecha rota, herir y derrotar al minotauro.
            Natalia era un quejío que no salía de su boca. Ingrid sólo hablaba del amor: ella lo vivía. Pero lo vivía desde su profunda ignorancia. El cante jondo es sabiduría. Por eso la voz de Natalia era burda, pero no ruda: no se quebraba. La queja de Natalia salía de las profundidades, pero ella no la comprendía. No podía encerrar en un pentagrama lo que sentía, pero tampoco sabía cantarlo. Su madre, en cambio, estaba llena de pentagramas, pero sólo Ingrid conocía sus canciones: mas como no las sentía en carne propia su voz no se rompía; no era un quejío. Ingrid no sentía por impulso, sino por simpatía. Ni Gloria, ni Ingrid, ni Natalia podían acercarse a las profundidades del cante. Derrotar al minotauro. Soltar la palabra viva.
            Hasta que se acordó de su pasada lejanía. De la sinfonía inacabada. Del tiempo entrecortado. Se acordó de Delibes, de Lola Herrera, del hastío. Y le vino de aquellos tiempos un quejío. La voz, rasgándole las entrañas, le atravesó el pecho y se rompió en su garganta. Fue auténtica. Natalia, estremecida por su pureza, se asomó al abismo. Desde allí tocó el vértigo los sones del flamenco. La voz rota, el sentimiento puro, las profundidades del alma. Habló del amor que sintió, el amor que retenía a Natalia. Y entonces Natalia sintió el dolor convertido en arte: había derrotado al minotauro. Con Ingrid, que había sabido sentir con ella. Y fue el triunfo del amor, la vida sobre la muerte, la libertad sobre el destino. Fue vencer a la fatalidad, hundiéndose en la superficie, hasta lo profundo. Ése fue el poder curativo del cante. Del cante jondo. De lo sublime de la garganta.




viernes, 26 de enero de 2018

AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS



AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS


            Decía Sócrates que para comportarse bien hay que saber lo que está bien y lo que está mal, y eso era verdad; un niño que no sabe que es malo beber agua de un pozo porque ignora que está envenenada la beberá cuando tenga sed, y habrá obrado mal sin saberlo; o fumará sin saber que el tabaco es dañino; o meterá goles con la mano ignorando que sólo se pueden meter con la cabeza o con el pie. Eso, referido a acciones que nos perjudican.
            También hay acciones que perjudican a los demás. Yo hago mal regalándole pasteles a una persona diabética, y le habré hecho daño sin querer; o prestándole mi videojuego a un amigo que sufre ludopatía; y también molesto cuando grito al hablar, sin darme cuenta, o, como quien dice: sin ser consciente de ello.
            Me perjudiquen a mí o perjudiquen a los demás, esas cosas las hago por ignorancia; o sea, sin querer. Pero si le corto la pierna a un paciente para evitar que le suba la gangrena quiero hacerle un bien superior al daño que le voy a producir (perder la vida es mucho peor que perder una pierna). En este caso conozco los dos efectos de mi acción, los comparo y elijo acto seguido la solución menos mala, pues no es posible conservar a un tiempo la pierna y la vida.
            Pero ¿y si sabiéndolo elijo la solución menos buena? Entonces Sócrates se habría equivocado; porque yo sabría distinguir entre lo que está bien y lo que está mal y habría elegido, a pesar de todo, la peor de las soluciones; conocer el bien no sería suficiente para obrar bien.
            La solución de Sócrates recibe el nombre de intelectualismo moral; obrar bien es lo mismo que conocer el bien, y no es posible hacer las cosas mal sabiendo cómo hacerlas. Un joven que ha asistido en el instituto a charlas sobre los efectos del tabaco puede perfectamente no dejar de fumar; y es que no basta con saber lo que está bien para ser bueno, también hace falta querer ser bueno, tener la voluntad de elegir lo bueno cuando lo más fácil es lo malo. Esto se llama voluntarismo moral, y lo defendía San Agustín.
            Hay gente que tiene conocimiento pero no tiene voluntad. Tener voluntad es ser capaz de elegir lo bueno aunque no sea cómodo; preferir el bien al placer cuando el bien es lo difícil y el placer agradable. Por bien entendemos lo que nos da plenitud, por mal lo que nos empobrece y por placer entendemos (lo mismo que con el bien) un enriquecimiento personal; pero hay veces en que pasar un rato bueno nos asegura una vida mala como cuando disfrutamos de embutidos, alcohol y tabaco envenenando son ello nuestra sangre. Sentir placer es entonces disfrutar de un bien presente. Lo que ocurre es que el placer a veces nos procura un bien duradero y otras veces nos lo quita: sólo en este segundo caso el placer es malo; el mal está asociado al placer y el bien al sufrimiento, como cuando tomamos medicinas que no nos gustan; el mal placentero es un reflejo condicionado que puede más que el bien desagradable.


            Para Sócrates, tener conocimiento es suficiente paras ser buenos. Para San Agustín el conocimiento no basta, hace falta también tener voluntad. ¿Y qué es la voluntad? El amor. Tener fuerza de voluntad para no comer pasteles cuando te apetece es quererte lo suficiente para no querer morir de diabetes si la padeces; es quererte con todas las fuerzas de tu corazón. Del mismo modo que no sucumbir a la tentación de convertir en tu esclava a la persona amada es quererla lo bastante como para dejarla libre: aunque queramos tenerla con nosotros a todas horas; de ahí que el amor sea a un tiempo placer y sacrificio Amor no es solamente sentir atracción por una persona, sino sentirte atraído también por su felicidad; querer a alguien es querer que sea feliz aunque su felicidad a ti te haga desgraciado; y dejarla marchar cuando no quieres en lugar de obligarla a quedarse contigo a la fuerza; porque ella no tiene la culpa de no quererte aunque tú la quieras. No se puede obligar a nadie a amar a quien no ama. ¿O sí?
            El amor no admite imperativos. Yo me puedo obligar a trabajar cuando no me apetece, pero no me puedo obligar a amar cuando no amo. Mas ¿no hemos dicho que el amor es lo mismo que la voluntad? ¿Que querer es lo mismo que querer querer? O… ¿no es lo mismo sentir amor que sentirte con fuerzas para amar? ¿Que sentir la necesidad de tener la voluntad de amar a quien todavía no amas?
            El amor es una mezcla de sentimiento y voluntad. El sentimiento nos viene sin quererlo, no tiene que ver con la inteligencia y mucho menos con la voluntad; a veces queremos a quien no lo merece, el pensamiento y la lógica nos dicen que no es sensato acercarse a una persona cuya compañía es nociva pero no tenemos fuerza para renunciar a ella: no tenemos voluntad. La palabra “amo” se refiere al amor sentido; la palabra “diligo”, al amor pensado; hay que ser lúcido en estas cosas porque no conviene amar a ciegas; el amor ciego es una pasión que nos condena a la destrucción, a un callejón sin salida.
            Luego está el amor buscado: de “volo”, ese querer que se refiere a la voluntad. El amor sentido te busca, el amor buscado lo buscas tú. La voluntad es una fuerza que te arrastra a obedecer a la razón más que al sentimiento, teniendo en cuenta que la misma persona que es capaz de pensar es capaz de sentir: de lo contrario seríamos robots, no personas. Pero es verdad que la voluntad sopesada te puede llevar a actitudes que tu sentir rechaza. Siento que esa joven es buena, sencilla, humilde, y me quiere con ternura: pero yo no siento atracción por ella aunque me atraiga mucho la persona que es; su forma de ser me hace quererla, pero la atracción erótica (vale decir: sexual) es otra cosa y es ese tipo de atracción el que yo no siento por ella; si ella me quiere de ese modo, yo no puedo quererla aunque como persona la quiera con locura.
            Existe otro tipo de atracción que podríamos llamar de afinidad psicológica: cuando ella por ejemplo siente afán por la acción y mi actitud es, por el contrario, contemplativa y soñadora; en ese caso no compartimos, no ya los mismos gustos, sino la misma sensibilidad, menos tierna y más valiente en ella, más tierna en mí y menos atraído por la práctica del valor. Dos caracteres opuestos como ésos no están en onda para compenetrarse y sentirse. Si, además, no hay atracción erótica, el rechazo es mayor. Yo puedo adorar a esa joven como persona pero no como pareja; y si Grisóstomo quería a la pastora Marcela, no tenía derecho a obligarla a que le quisiera ella a él, porque Marcela no podía forzar su sentimiento imponiéndose formas de querer contrarias a su naturaleza.
            Querer no es lo mismo que querer querer; lo primero es un hecho y lo segundo un deseo de algo de lo que ni siquiera algunas veces somos capaces. Yo quiero a María: no hay nada que decir; María me aprecia, sabe que soy buena persona, pero no se siente atraída por mí: ni eróticamente, ni por su sensibilidad. Un verdadero amor debe ser diligente, sensual y sensible, y ella sólo siente por mí la primera forma de cariño.


            Volvamos con la ética. La voluntad, habíamos dicho, es lo mismo que el amor: pero es un amor intelectual, que es un sentimiento tierno provocado por la inteligencia (como si el corazón se pusiera a latir cuando tenemos pensamientos buenos). El amor a las personas. A todas las personas en general, y a cada persona en concreto. Un amor accesible a la voluntad, que nos mueve a buscar el bien de todas las personas queridas: de todas. De esa manera sí que puede despertarse nuestra sensibilidad con la inteligencia, y con la inteligencia, la voluntad. Ese amor es diligencia, deseo de hacer el bien, ansia de sacrificio, fuerza de obrar según sentimos, sentimiento convertido en voluntad. ¿Y qué pasa cuando queremos así? Que nuestros actos son buenos. “Dilige et quod vis fac”, dice San Agustín: ama y haz lo que quieras; si sientes amor por la persona que hay en cada uno de nosotros, es imposible que no quieras hacerle el bien; bastará con ese se querer humano, entrañable y sensato, para que tus actos sean buenos; nadie que haya querido así ha sido nunca mala persona.
            Es el amor al prójimo. El que nos lleva a compartir con él lo mejor que tenemos: banquete, ágape; y en los tiempos en que nosotros tenemos y él no tiene nada, compartirlo también: charitas; generosidad, ayuda, piedad; misericordia, amar de corazón al pobre, solidaridad, sentir fraterno.
            El otro es amor a la personalidad que hay en cada persona; todos somos iguales como personas, pero tenemos personalidades diferentes, y unas nos atraen y otras no, y entre las que nos atraen, unas nos atraen más (eros) y otras menos (philía); unas con mayor intensidad (hasta el arrebato) y otras con amor tranquilo; al primero lo llamamos simplemente amor; al segundo, amistad.
            El amor de San Agustín no se dirige a la personalidad, sino a la persona. Y es un amor cuerdo (“cuerdo” viene de “corazón”, que en latín se dice “cordis”). Es el amor de don Quijote. Que vivió en una época en que lo normal era desconfiar de los demás, como lo vemos en Gracián y en Quevedo: por eso la confianza, el manantial del que brota la esperanza, de donde mana la piedad, la hermandad, la voluntad que nos lleva a realizar las buenas acciones, no era propia de gente sensata; y la gente buena, diligente y cuerda como quería San Agustín, era objeto de burla, porque “bueno” pasó a ser sinónimo de tonto; y de excéntrico; y don Quijote fue, lo que son las cosas, el más exagerado de los excéntricos.





viernes, 19 de enero de 2018

EL DIABLO MUNDO






EL DIABLO MUNDO


             -Nosotros somos seres libres. El mundo es como una cueva donde estamos encerrados, y hay un dragón que representa las malas influencias; y un espacio vital. Muchas veces nos dejamos llevar por las amistades: si son buenas, expansionarán nuestro espacio vital; si son malas, se comportarán como un dragón, que nos devora. Nuestro espacio vital es el lugar donde crece la semilla del corazón, y el resto es terreno estéril, tierra sin abonar, humo: cizaña. La cueva es una tierra sin abonar: nuestro espacio es el abono. El humo es la cizaña. Y así como el labrador abona la tierra y corta la cizaña, así también nosotros sembramos nuestro espacio y apagamos el fuego.

            -Todos tenéis amigos. Todos los tenemos. Seguro que más de una vez nos vienen a llamar cuando estamos trabajando.
            Guardó silencio. Nadie hablaba. Volvió a insistir.
            -¿No es así?
            -Sí, sí, muchas veces –irrumpió Pedro-. Que te lo diga Darío.
            -¿Darío? –llamó Juan apuntándole con la mirada.
            -Sí –contestó Darío sonriendo-. Todas las tardes.
            -¿Cómo? –inquirió Juan Luis-. ¿Todas las tardes? ¿A qué hora?
            Después de comer.
            -¿Dónde estás tú a esa hora?
            -En mi cuarto. Me pongo a hacer las tareas.
            -¿Y dónde tienes tu cuarto?
            -¡Ése es el problema! Está a un lado de la casa, alejado de mis padres y de mi hermano, pero da a la calle. Estoy aislado por dentro, pero comunicado con el exterior. A todas horas pasan mis amigos, me empiezan a silbar y a tirar piedras, me dicen que me vaya con ellos y nunca acabo de estudiar. Y aunque yo no vaya ellos siguen ahí, bromeando y haciendo el tonto por la ventana, y tampoco estudio.
            -¡Vaya! –replicó Juan Luis-. Parece que tenemos aquí a un hombre atado. Y a un dragón.
            Todos escuchaban, callados. Pero su silencio ahora era inquisitivo. Era como si esperasen la continuación de un capítulo que decía: “continuará”.
            -Os lo explicaré de nuevo: la calle es como una cueva; Darío, que está libre en casa, se encuentra atado a esa cueva: sus amigos, con su insistencia, lo tienen como encadenado, no puede dejar de mirar allí; y él sólo está libre para jugar con ellos, porque si sigue estudiando lo seguirán distrayendo, que es como si lo volvieran a atar.
            A los ojos de los alumnos les salieron miradas de sorpresa. Y de expectación.
            -Y si además es primavera –prosiguió Luis-, el sol que calienta por la ventana lo distraerá más todavía; como la galbana de mayo; como todos esos días que hace demasiado bueno para poder estudiar. El calor es, a veces, como un veneno: como un fuego que nos intoxica; pero el humo también representa el juego, el entretenimiento, la diversión, que es distracción en un doble sentido: porque nos distrae del aburrimiento y nos distrae también de nuestras obligaciones.


            -Nuestra casa es un terreno favorable para estudiar; un terreno abonado.
            -Así que –preguntó Maia- es el mundo el que nos hace ser como somos. Si Darío no tuviera la ventana mirando a la calle, estudiaría más. Entonces no sería tan vago. Porque la culpa de no estudiar sería de sus amigos, no sería de él.
            -Bueno –contestó Juan Luis-, no sé qué pensáis los demás. ¿Creéis que es el mundo el que nos mueve, o que la fuerza de las cosas está en nuestro interior?
            -¡La fuerza está en nosotros! –exclamó Cristal en una exhalación-. ¡Si tú no quieres dejarte llevar por el mundo, el mundo no te arrastra!
            -¡Yo creo que no! –interrumpió Maia-. Hay veces que quieres hacer las cosas y no puedes. No te dejan.
            -¿No puedes o no te dejan? –inquirió Juan Luis.
            -¿Eh?
            -Hay gente que no puede trabajar aunque le dejen.
            -No entiendo –replicó Maia.
            -¿Tú no te has distraído nunca?
            -Sí, muchas veces.
            -¿Quién más se ha distraído?
            Se levantaron varias manos. Otros hablaron sin pedir permiso. Juan Luis le dio la palabra a Pedro para desliar el barullo.
            -A ver, Pedro, ¿tú qué piensas?
            Pedro miró con su cara de ignorante. Su cara bondadosa temblaba con timidez.
            -Yo es que no me concentro. Me distraigo aunque no haya moscas.
            -Yo no –interrumpió Ilse-. Hay muchas veces que quiero trabajar y me entretienen los amigos. ¡Son ellos los que no me dejan! El ambiente puede más que yo.
            -¡Pues yo, si quiero trabajar, trabajo! ¡Si me molesta la gente me voy a otro sitio y arreglado! ¡Te aíslas y ya está!
            -¡Bueno, bueno, no os peleéis! –zanjó Juan Luis-. Hay opiniones para todos los gustos. Quizá no haya una respuesta única: seguramente todos tenéis razón. Hay quien puede más que el mundo, y hay quien el mundo puede más que él. El mundo es lo que nos rodea: circum-stantia; esta aclaración la hizo un filósofo español cuyo nombre seguro que os suena: Ortega y Gasset.
            -Yo creía que eran dos: Ortega, y Gasset.
            Juan sonrió con benevolencia. En seguida se dispuso a darles su explicación.


            -Yo soy yo y mi circunstancia. Mi circunstancia es el mundo, pero también es mi propia naturaleza; la mía y la de mi especie, que es la especie a la que pertenezco. Yo soy mi libertad. Hay quien, como Rousseau, afirma que tenemos una naturaleza buena rodeada de un ambiente malo; y quien, como Hobbes, sostiene que los malos somos nosotros. La maldad que hay en el ambiente que nos rodea es el propio mundo en el que estamos. Que es un mundo perverso. El diablo mundo.
            -¿Mi circunstancia es mi naturaleza? –inquirió Jaime-. Mi naturaleza soy yo; yo no soy el mundo, estoy en el mundo.
            -No estoy de acuerdo –explicó Juan Luis-. Tú eres lo que controlas, lo que libremente puedes hacer. A tu naturaleza no siempre la controlas; es como un mundo con el que tienes que luchar.
            Se detuvo un poco para buscar un ejemplo; lo encontró en seguida.
            -Si Pedro dice que su naturaleza es distraída, debe ser verdad; él lo sabrá mejor que nadie. Seguramente le gustaría no ser así, pero él es así, no puede cambiarlo. Su naturaleza puede más que su voluntad.
            Y le vino a la mente otro ejemplo.
            -Nuestra naturaleza es humana. Quizá a alguno le hubiera gustado ser pájaro para volar, pero no es un pájaro; no puede volar. La especie a la que pertenece no la ha elegido él, es algo que le ha sido impuesto por la naturaleza.
            Y prosiguió con nuevas ideas.
            -El tiempo en el que vivís es otro mundo en el que tenéis que luchar: no tenéis que luchar contra él, tenéis que luchar en él. ¿Que a alguno le hubiera gustado vivir en la Edad Media? Lo siento: ha nacido en el siglo XX; él no es libre de cambiarlo. Y lo mismo que con el tiempo, pasa también con el espacio. Quizá a alguno le hubiera gustado nacer en Grecia, pero ha nacido en España. Y le hubiera gustado nacer en una familia rica, pero no ha sido así. Y le hubiera gustado... El destino. Todo eso es el destino. No depende de nosotros. Nuestra naturaleza, nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra clase social, todas esas son realidades que tenemos que admitir aun a pesar nuestro: están ahí. Son mundos en los que tenemos que vivir. Son nuestro mundo. Nuestra circunstancia.
            Se acercó a la mesa y rebuscó entre unos papeles que había traído. Cuando encontró el que buscaba lo leyó para sus alumnos.
            -He pensado en Espronceda, que ve (leo) “el mundo cual magnífico escenario”[1]. El nacimiento es una caída, así lo expresa por boca de Salada, que es uno de los dos protagonistas de El diablo mundo. Salada, que lleva una vida de sinsabores y de desgracias, se vio
                                   arrojada en el mundo una mañana
                                   cuando la luz entre miserias vi[2].
La caída es un tema que procede de la tradición cristiana. Del pecado original. Y el mundo, como imaginara Platón, refugio del engaño.
                                   Mas, ¡ay!, volad, huid, engañadoras
                                   sombras por siempre[3].
Lo que no nos engaña es lo que no se ve: “formas sin forma”[4] lo llama Espronceda; formas que son ideas, y las ideas no se ven: se piensan. Lo que vemos es mentira, y en el pensamiento está la verdad. Alguien hay (alguna fuerza oculta) que se empeña en engañarnos. Espronceda lo materializa en una voz que habla de los humanos.
                                   Yo confundiré a sus ojos
                                   la mentira y la verdad[5].
El mundo que vemos, oímos y tocamos, es un mundo de placeres. Y el placer despierta la ilusión. Vosotros sois jóvenes, estáis llenos de ilusiones y sentís la llamada del placer. Pero cuando pasen los años, dice Espronceda, con la juventud se marcharán las ilusiones:
                                   ¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura![6]
Y nos queda el vacío.


                                   Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron[7].
A menos que hayamos sabido buscar los placeres del pensamiento y alejarnos de este mundo, siendo soñadores, y volar:
                                               ¡dame que del mundo
                                   rompa mi alma la prisión sombría,
mis pies desprende de su lodo inmundo,
y en alas de Aquilón álzame y guía![8]
            Porque la vida por encima de los placeres es una ilusión. Y vencemos cuando mantenemos viva la ilusión en nosotros, sin depender de las ilusiones que nos da el mundo. El mundo. Los placeres. El engaño. La materia.
                                   La flaca, vil materia
                                               (...)
                                   y sombras y luces,
                                   la estancia que gira[9].
La materia es el engaño. La sombra; pero las sombras no tienen fuerza para actuar. La fuerza está en la voluntad; en el espíritu.
                                   La materia al espíritu obedece
                                   hasta que, yerta al fin, cede y fallece[10].
La muerte sobreviene cuando desaparece la energía, la voluntad; cuando desaparece el espíritu de la materia, cuando se queda sin fuerzas. El espíritu de la circunstancia se enfrenta a nosotros y nos gobierna, si desfallecemos. ¿Quién puede más: nosotros o el mundo? El que tenga más fuerza de los dos.
                                   Ver todo el mundo que gira
                                   a mi alrededor.
                                               (...)
                                   Tú vendrás donde yo elija[11].
El mundo y yo somos dos fuerzas en contacto. El mundo trata de envolverme, de atraparme. Yo trato de abrirme camino en el mundo. No podré caminar si el mundo es duro como el diamante, ni el mundo me podrá tragar si yo soy un diamante puro. Pero nadie en el mundo es tan duro que no se pueda moldear. El diamante no existe, es un ideal; un límite que ni yo ni el mundo podremos atravesar nunca. La vida se mueve dentro de sus límites, que son la dureza irrompible y la infinita blandura. El mundo y yo somos dos fuerzas que chocan; dos espíritus echando un pulso para abrirse camino, como dos caballeros embistiendo en un puente porque ninguno quiere dejar pasar al otro. ¿Y por qué? ¿Por qué hemos tenido que encontrarnos en el puente?
                                   Juntos tú y yo lanzados en la vida[12].


Hemos nacido sin que nadie nos pida permiso. Hemos sido lanzados a la vida. Arrojados al azar. Y hemos caído allí donde el destino ha querido. El destino es nuestro mundo, nuestra circunstancia; nosotros somos nuestra libertad. Una libertad luchando contra el destino, eso es lo que somos; luchando en el mundo en el que hemos caído, con él o contra él, con el destino o contra el destino, con su ayuda o con su oposición. Ninguna libertad puede oponerse al destino, que ha trazado el marco de nuestra vida; dentro de esos límites lo podremos todo, pero si escapamos a ellos nos destruirá como se destruye la materia al chocar con la antimateria. La libertad es una fuerza dentro del destino; pero si se opone a él, no es más que debilidad.
                                   Rompamos del destino las cadenas[13],
dice Espronceda; y eso quiere decir que la fuerza de nuestra voluntad puede vencer al mundo, no que pueda escaparse de él. Yo puedo salir victorioso de los retos que me plantea mi tiempo, pero no puedo elegir otro tiempo para vivir. La libertad es, más que una fuerza dentro del tiempo, una fuerza dentro de mi tiempo; si se empeña en salir de él, como un cuadro empeñado en salirse de su marco, perdería toda su fuerza y dejaría de ser libertad. La libertad es, en suma, una fuerza dentro del destino. Y eso es reconocer lo que decía el título de la ópera de Verdi: la fuerza del destino; las coordenadas espacio-temporales de nuestra libertad. Sólo si acepta los límites de la historia y de la naturaleza podrá exclamar, con Espronceda:
                                   El hombre aquí ha de enredar
                                   sin que le enrede el enredo[14].
Todas las telarañas del mundo pueden ser vencidas; todos los líos pueden desliarse; todos los obstáculos se pueden salvar. Si aceptamos el punto de partida, si aceptamos los obstáculos que nos ha puesto el destino: sólo entonces podremos elegir nuestras aventuras, nuestros propios obstáculos, dentro del repertorio que tenemos al alcance de la mano. Un ideal es una ilusión forjada entre las cosas de este mundo, pero si buscamos ideales que no están en él, no seremos seres ilusionados, sino ilusos. Es de ilusos plantearse metas inalcanzables. Y entre las que podemos alcanzar, hay que elegir las que nos hacen triunfar en el mundo, no las que hacen que el mundo triunfe sobre nosotros. Si elegimos vivir envenenados por las drogas, nos habrá vencido el mundo; si elegimos resistir al encanto de las drogas, habremos vencido al mundo. El mundo es una cueva. Como todas las cuevas, ésa no es ni buena ni mala. Tiene cosas buenas y cosas malas. El mundo tiene fuerzas positivas y negativas, energías que nos ayudan y energías adversas: en nuestra mano está elegir las que más nos convienen. Y sabemos que lo bueno cuesta trabajo, eso es una ley universal.


            Y entonces dijo Darío:
            -Perdona, ¿no se dice que la naturaleza sigue la ley del mínimo esfuerzo?
            -Sí, así es –repuso Juan Luis.
            -Entonces lo más natural sería ser vago.
            -No –cortó Juan Luis al vuelo-. Lo más natural es ser feliz con el menor esfuerzo posible; que no es lo mismo que esforzarse lo mínimo a costa de la felicidad. Suponte que el esfuerzo sea dinero. Cuando vas a la compra tú no vas buscando lo más barato, porque entonces comprarías siempre vino malo, que es el que cuesta menos. No. Tú lo que buscas es calidad, y dentro de la calidad quieres la que cuesta menos, sin que la bajada del precio signifique una merma en la calidad. En resumidas cuentas, tú lo que buscas es la mejor relación calidad-precio.
            Darío se quedó pensativo, paralizado su pensamiento por esta respuesta. Y Juan Luis aprovechó para sacar conclusiones de ella.
            -No sé si conocéis a Georges Moustaki. Es un cantante francés de origen griego. En una de sus canciones reivindica “el derecho a la pereza”. Yo estoy de acuerdo con él. Ser feliz significa disfrutar de la pereza, pero la felicidad cuesta esfuerzo. Para ser perezoso y desgraciado no hace falta esforzarse, pero para disfrutar verdaderamente de la pereza hay que trabajar. Si no te duchas porque te da pereza aguantarás la roña y te picarán las pulgas, pero si te tomas el trabajo de ducharte disfrutarás de una piel fresca y de una sensación de bienestar: la misma que te invade cuando estás limpio. Si quieres te pongo otro ejemplo. Mira, si no estudias cuando tienes que estudiar y haces el vago, sentirás el pesar de no hacer lo que debes; y cuando suspendas, ese peso te pesará cada vez más. Pero si estudias lo necesario y te diviertes después, la diversión tendrá un sabor más exquisito; además, cuando apruebes te sentirás más ligero, porque te quitarás un peso de encima: de lo que te has examinado ya no tendrás que volverte a examinar; y si te examinas de nuevo te costará menos, porque luego no tendrás que estudiarte todas las cosas, sino solamente repasarlas. Al revés que el vago, que cada vez irá acumulando suspensos y cada vez tendrá más cosas que estudiar. El estudio del vago va pesando como una bola de nieve. El del perezoso feliz pierde peso, como el agua que se evapora, porque ha comprendido que la vida es una carrera y la meta es la pereza; para llegar a la meta hay un punto de partida, que es el esfuerzo, el trabajo, el despliegue de la voluntad.
            Ahora Darío estaba perplejo. Juan Luis había puesto el mundo al revés. Y Juan Luis remató la faena con una guinda que le puso al pastel.
            -Recuerda lo que hemos dicho: divertirse es distraerse del aburrimiento, no de la felicidad. Para disfrutar de la pereza hay que ser feliz, pero el vago piensa lo contrario: piensa que con la pereza alcanzará la felicidad.
            -Explícate un poco mejor.
            -La felicidad la da el trabajo: no la pereza. Lo que da la pereza es el disfrute, el goce, pero gozar sin ser feliz es lo mismo que circular sin gasolina: te durará poco. La felicidad es la gasolina de la pereza. La felicidad requiere trabajo y la pereza produce placer. Pues bien: cuanto más esfuerzo habrá más goce, y el trabajo es la fuerza del placer.










[1] Espronceda, Poesías completas. Edición a cargo de Don Juan  Alcina Franch. Barcelona, Bruguera, 1968;  p. 120. 
[2] Ibídem, p. 335.
[3] Ibídem, p. 156.
[4] Ibídem, p. 225.
[5] Ibídem, p. 216.
[6] Ibídem, p. 244.
[7] Ibídem, p. 250.
[8] Ibídem, p. 375.
[9] Ibídem, p. 196.
[10] Ibídem, p. 223.
[11] Ibídem, p. 347.
[12] Ibídem, p. 335.
[13] Ibídem, p. 335.
[14] Ibídem, p. 299. 

viernes, 12 de enero de 2018

FRANCE GALL




FRANCE GALL
  

            Tenía un pelo rubio que brillaba como el sol. Tenía una cara de ángel. Y una voz como los adolescentes que sueltan gallos aunque canten bien. Tenía la edad de la inocencia, te daban ganas de apretujarla como cuando coges un pajarillo en tus manos o un pollito recién nacido, de terciopelo amarillo, todo ternura, todo bondad. Nos hizo soñar con el amor cuando el amor era un sueño, cuando amar era recordar y embelesarse y volar sin tocar tierra. Porque en la tierra está la realidad y la realidad era enemiga de los sueños. Era apenas una muñeca frágil, una muñeca de trapo, una muñeca de cera, dulce como el sonido que acaricia nuestros oídos cuando la música se diluye y se vuelve niebla, y en esa niebla se funden la imágenes que no tienen perfiles, las manchas sin contorno, los sentimientos que no tienen palabras y las palabras que sólo son música, y fuera de la música no había nada.
            Corría el año 1965. France Gall había ganado en Eurovisión. Los que aún teníamos diez años nos debatíamos entre la infancia que ya no era y la juventud que aún no llegaba. Éramos adolescentes como ella. Al otro lado del espejo estaba el rostro hermoso, pero sensual, de Brigitte Bardot; sin embargo ella no era sensual, sino sensible¸ era humo de sueño, casi vapor de agua, y Brigitte Bardot era lava ardiente, labios carnosos y piel arrebatada; era más, en aquellos tiempos de zozobra, el amor que no se toca que el ardor que se toca con el cuerpo, suave y terso, donde naufraga en el abismo de la carne: la carnada. Los que éramos adolescentes y estábamos en la luna no éramos Brigitte Bardot, todo cuerpo y nada niebla; éramos France Gall, apenas rayo de sol, incorpórea, ideal, como la Sigrid del Capitán Trueno; escarcha de la tierra de Thule que sólo existía en la imaginación, vikingos que eran buenos y espadas que no mataban; así era ella, France Gall, una sombra sin cuerpo, pero sombra de luz, la luz de sus cabellos, un rostro diáfano, unos ojos sin malicia, ni siquiera la malicia del adolescente, todo era inocencia: y en las cárceles de España se maltrataba y se pegaba.
            Nosotros éramos France Gall: un sueño al margen de la realidad, cuando la realidad era realidad y no podía ser soñada. Era una adolescencia real, y una España falsa. Crecimos creyendo que el mundo era bueno, como las muñecas de cera que yacían dormidas en una canción: y eran las mujeres lavando la ropa, allí, cuando todavía no había lavadoras; fregando el suelo cuando todavía no había fregonas; haciendo la comida en las cocinas de carbón, las más de las veces puchero, judías y garbanzos, carne las menos, o muy pocas, y las mañanas de invierno clavadas en la escarcha; el churrero gritaba por la calle y las vecinas hacían el brasero, los obreros en la fábrica. Una atmósfera sórdida y fría, tosca, dura, desagradable y ronca, prosaica y gris. Y una palmetada en la escuela y una torta en casa y un miedo terrible a la guardia civil, que el respeto se cimenta sobre la desmesura. Era un mundo de plomo donde nada era amable, pero creíamos en Bambi y en Cenicienta y en Blancanieves, y en los cromos del chocolate y en los álbumes que rellenábamos y en el mundo falso de Pepe Pinto, Manolo Escobar o Rafael Farina: todavía no se había cantado el Viva España.


            Sobre aquellos retales flotaba France Gall. Como un aire fresco en un humo duro, duro y espeso, que picaba en la garganta: como el humo que se escapaba todos los días por las chimeneas de la fábrica. Era como el aliento que se pegaba en las ventanas, en el invierno frío, y nosotros lo esculpíamos soltando vaho en los cristales y aplastándolo con las manos. Y era un mundo imaginario. France Gall era el adolescente que necesitaba soñar, que necesitaba evadirse del mundo igual que nosotros necesitábamos respirar, y surcar los espacios vacíos, las nebulosas flotantes, las figuras que no tienen cuerpo y los cuerpos que no tienen alma: France Gall era el alma de quienes no habían conocido la guerra. Sus cabellos rubios no eran de la raza aria, sino de las entrañas mismas del sueño, de las entrañas. Todavía recuerdo su voz adolescente, como la nuestra, llena de gallos; cantándole a la muñeca de cera y de sonido, cantando entonada sin un solo gallo: su mirada era limpia, sus ojos dibujaban un mundo sin maldades, y el mundo era inmenso en el pozo estrecho de nuestro corazón, pues allí cabía todo a condición de que fueran sueños: sueños donde casi no cabía nada.
            France Gall acaba de morir. Tenía setenta años. Se la llevó un cáncer que la estaba visitando de nuevo, porque era tan guapa, aun cuando fuera mayor, que hasta la enfermedad flotaba sobre ella queriéndosela llevar, como una enamorada. Pero en lugar de acariciarla con una nube se metió en su cuerpo y la acarició con una daga. Se esfumó con ella el viento donde se esfuma la realidad, la niebla que deshacía los perfiles, el cuerpo que era el alma. Y nos dejó desnudos, huérfanos de sueños y desnudos de disfraces, los disfraces con que se paseaban las cosas reales. Pero toda ella era real: aquella inocencia de los adolescentes era real; estar en la luna mientras pisabas la tierra era real; la música era una mentira más real que las cosas mismas, aunque sólo fuera humo para quienes no soñaban: y era necesario soñar, soñar para alegrar el mundo y no llenarlo de falsedades. Aquella España de charanga y pandereta era falsa. Aquella tierra que vomitaba emigrantes era falsa: lo era en las coplas donde emigrar era amar las raíces huecas construyendo realidades vanas. Pero France Gall sí que era real, tan real como una muñeca de cera; los sueños de los adolescentes eran falsos, pero era cierta la realidad del adolescente que soñaba: tan cierta como que yo ahora estoy escribiendo y ahí fuera está nevando; tan cierta como que mi madre ahora es vieja y a mí se me van gastando los años y tan cierta como que las mujeres lavaban la ropa, fregaban el suelo, encendían el brasero y hacían garbanzos; pero no lo era como Antonio Molina, que bajaba a la mina tan contento de ser minero riendo y cantando, y bebiendo marro. Había una España falsa y nos la pintaban bien, y otra España que siempre se escondía para que nadie la pintara. Pero con sus estrofas falsas la muñeca de cera era tan verdad como la propia France Gall, y los pobres adolescentes que, sin disolver los sueños todavía en la piel lasciva de Brigitte Bardot, se evadían del mundo en la realidad soñada. Porque en ese mundo todavía era posible el amor: cuando los adultos habían renegado de él sin conocerlo apenas, y también se habían olvidado de cuando eran críos y también soñaban.  


            Pero, ¿sabes?, aquella muñeca de cera había crecido en una realidad sórdida de la que Eurovisión no se acordaba. De la guerra de Argelia donde morían los mismos soldados que mataban; de la guerra de Indochina, que también fue colonia francesa y también se mataba. Había una realidad sorprendente y dura detrás del rostro angelical, y el ángel había nacido del demonio, que es lo que era Francia cuando en la metrópoli usaba micrófonos y en las colonias usaba balas. El mundo es así, pero el estiércol no es la suciedad que nos mancha sino el barro que nos alimenta y la peste que nos abona el campo: pues tenemos la virtud de no ahogarnos en nuestra inmundicia sino de hacer de ella su lodo bueno, destruyendo su lado malo. France Gall. Una niña rubia, apenas adolescente, de pulmones limpios acechados por el tabaco de Serge Gainsbourg, que era quien le compuso la canción; y que tenía los pulmones podridos como chimeneas de humo que salían del cigarro eterno. Ha muerto France Gall.
            Tres años después de su triunfo, los estudiantes pedían en París que la imaginación subiera al poder y buscara realismo pidiendo lo imposible; ella misma era un imposible sueño que había sido hecho realidad por don Quijote. Vapores proteicos donde duermen las formas, las formas de las cosas, espíritu sin cuerpo o con un cuerpo tan etéreo que parece que nadie toca. Me acuerdo ahora de aquella España. De la adolescencia que no debiera morir nunca, porque los adolescentes ya sólo crecen (cuánto me apena verlo) a solas con el cuerpo olvidándose del alma; se olvidan de la escarcha que empolvaba los cristales y esculpía las formas borrosas en la ventana; y se olvidan de vivir, porque en su vida ya no hay sueños y hace tiempo que la nieve ya no tiene la mirada blanca. Y, ¿sabes una cosa?, también mi France Gall era falsa. La mía era francesa y la verdadera era de Luxemburgo; y Luxemburgo fue quien ganó en eurovisión, de ninguna manera Francia. También la memoria lleva a nuestras cabezas, sin nosotros quererlo, historias verdaderas que se incrustan en la memoria falsa.