viernes, 18 de agosto de 2017

EL ANILLO DEL NIBELUNGO




EL ANILLO DEL NIBELUNGO

 
            Os voy a contar una historia que quizá no conozcáis. O quizá sí. Se trata de la leyenda del oro del Rhin: ¿la conocéis?
            Las cabezas se movieron hacia uno y otro lado.
            -El tesoro de los nibelungos; ¿os suena?
            Las cabezas siguieron negando.
            -El señor de los anillos.
            Ahí ya muchos dijeron: “¡sííí...!” Y es que aquella generación había oído hablar de Tolkien, pero no del cantar de los nibelungos.
            -Veréis. Hay un río en Alemania que discurre entre bosques y montañas: es el Rhin. Hoy, a su paso por Frankfort, está contaminado y las fábricas han hecho mella en sus aguas. Pero antes no era así. Antes estaba rodeado de árboles, hierba, hongos, helechos y musgo; y los árboles se inclinaban en la orilla para besar sus aguas; y sus aguas eran cristalinas.
            “En el Rhin vivía un pueblo de enanos que se llamaban los nibelungos. Su rey, Alberico, era el hombre más rico de la tierra; y cuantas más riquezas atesoraba, más riquezas quería; Alberico estaba obsesionado por el oro del Rhin. El oro yacía en el fondo del río, bañado por sus aguas. El lecho del Rhin escondía un fabuloso tesoro.
            “Tres ninfas había en el fondo del río. Tres ninfas lo guardaban. Nada opusieron cuando Alberico se llevó el oro. Sólo le advirtieron que el oro daba poder, pero a costa de arrebatarles el amor. Alberico, borracho de codicia, eligió el poder. Y cuando salió del río le pidió a Mime que le hiciera dos cosas: un yelmo que lo volviera invisible y un anillo que lo hiciera poderoso. Mime era su hermano. Los nibelungos vivían en cavernas trabajando los metales, y Mime sabía trabajar muy bien el oro; de sus manos salieron el yelmo y el anillo.
            “Pero el dios Wotan le arrebató todos sus tesoros y Alberico, despechado, lanzó una maldición. Desde entonces el oro le trae al mundo la destrucción, y el anillo es el heraldo del dolor. Wotan les dio el tesoro a dos gigantes para saldar una deuda: Fafner y Fasolt; y los gigantes, que siempre estaban de acuerdo, empezaron a pelearse. Fafner mató a Fasolt y Wotan aprovechó la pelea para apoderarse del anillo; pero lo dejó en el bosque, en una gruta, custodiado por Fafner, y a Fafner lo convirtió en dragón. 
 
   
         “Mime codiciaba el tesoro y esperaba su oportunidad. Su oportunidad llegó cuando murió Sigmundo. Sólo Sigmundo había podido arrancar del tronco de un fresno la espada que en él había clavado Wotan: y aquella espada fabulosa se rompió durante el combate. Su esposa, Siglinda, al morir Sigmundo, murió también: pero antes se encontró con Mime y le entregó al pequeño Sigfrido, su hijo; y le dio los dos trozos de la espada de su padre.
            “Sigfrido creció y Mime ambicionaba el anillo. Sus ojos pérfidos lanzaban destellos de codicia. Se afanaba en unir los dos trozos de la espada para que Sifgrido matara al dragón, pero no lo conseguía; y fue Sigfrido el que, al hacerse joven, consiguió forjar la espada de nuevo. Sigfrido mató a Fafnir y luego a Mime, advertido de su codicia por el canto de los pájaros: para él fue entonces aquel enorme tesoro. Pero se quedó con el yelmo que volvía invisible y con el anillo que hacía realidad todos los deseos. El anillo se lo dio a Brunilda cuando se casó con ella, y por eso él conoció el amor; pero para ella ya sólo quedaba la muerte.
            “Sigfrido se había bañado en la sangre del dragón, que lo volvió invulnerable; pero le cayó en la espalda una hoja de tilo, y aquel fue el único lugar de su cuerpo que siguió siendo vulnerable; Hagen, el hijo de Alberico, le clavó allí su lanza y lo mató. Y se echó sobre él para arrebatarle el anillo.
            “Todo ardió en un cataclismo infernal. Todo se consumió y fue la maldición del anillo. Sin saber cómo, ni de dónde, las aguas del Rhin volvieron para sepultar el tesoro que nunca se les debió quitar. El anillo quedó convertido en ceniza. El anillo del nibelungo. Sólo trajo destrucción y muerte, porque liberó al deseo de la fuente que lo protegía, que era el amor. Los deseos, desorientados, se quedaron perdidos, y fueron entregados a una libertad de la que ya no pudieron disfrutar nunca.
            Sintió los rostros transfigurados, como si tuvieran que volver de un paraíso; y era que la historia les había gustado. Juan, entonces, les sacó su moraleja, que era lo que pretendía inculcarles con aquella historia.
            -En el mundo –dijo- hay muchos tesoros. Mucho oro del Rhin, mucho anillo del nibelungo. O quizá mejor; es el mismo anillo que rueda de sitio en sitio, y a quien se lo encuentra le trae el poder y la desgracia. Los tesoros del mundo son tentaciones para nuestros sentidos, pero bajo las apariencias está el anillo escondido. Hay que estar alerta ante los tesoros del mundo. 


            -Pero entonces ¿no tenemos derecho a ambicionar riquezas? –objetó Cristal con vehemencia.
            -Sí, por supuesto. Todos tenemos derecho a hacernos ricos. Todos tenemos derecho a prosperar. Pero tened cuidado, porque las riquezas, cuando nos sobran, nos empujan a buscar cosas que no necesitamos; cosas que nos perjudican. Gabino fue un pastor analfabeto al que le tocó la lotería: dejó de trabajar; se emborrachó de lujo y dinero y estropeó su vida. Urtain fue campeón de boxeo y no supo gobernar su riqueza: acabó ahogado en deudas, y las deudas acabaron con su vida: se suicidó. Es peligroso tener más de lo que podemos gastar, porque entonces (parece una paradoja) la riqueza nos empobrece.
            -¿No es bueno ser rico? –le apremió Darío.
            -Sí que lo es, siempre y cuando tengamos otro tesoro: que es nuestra riqueza personal, manada del amor. Los tesoros del mundo nos dan poder, y nuestros íntimos tesoros nos dan amor. La libertad, si sólo es poder, causa nuestra desgracia; sólo somos felices cuando la libertad ama, cuando el poder está guiado por el sentimiento. Eso ya lo decía Platón, pero de Platón hablaremos otro día.
            Juan Luis meditó un momento antes de acabar la clase. Y al hacerlo se quedó mirando con el rostro a sus alumnos, pero con los ojos miraba al suelo; y como recordando instintivamente que para concentrarse hay que callar, se apoyó con el pulgar en la barbilla tapando los labios con el dedo índice. Los alumnos, mientras tanto, extendieron su murmullo, y aquel murmullo no le impedía meditar. Al cabo de un rato (que quizás fuera medio minuto) la mente de Juan volvió de donde estaba.
            -Veréis. Hay varias formas de sentirnos afectados por las cosas. Las emociones son afectos muy fuertes, pero duran muy poco. Los sentimientos son todo lo contrario: son delicados, pero duran mucho. Las pasiones son fuertes como las emociones y duran tanto como los sentimientos. Sin amor, nuestras pasiones son obsesiones. No está mal ser feliz cuando somos ricos, pero no hay que obsesionarse con el dinero.
            Por la noche todavía le daban vueltas estas cosas. Le martilleaba la idea del amor y la codicia. Le rondaba la maldición del anillo. Y cuando acabó de cenar, después de estar un rato con Doris e Ingrid, las dejó viendo la televisión y se volvió a su cuarto; se preguntó por qué no podemos fiarnos de la riqueza; por qué es tan peligroso ser rico. Por su cabeza, como una nube, flotaban sombras de barrigas hinchadas que anunciaban la tormenta; y eran la presencia siniestra de una pasión, de un tesoro: el tesoro de los nibelungos.



1 comentario:

  1. Por la noche todavía le daban vueltas estas cosas. Le martilleaba la idea del amor y la codicia. Le rondaba la maldición del anillo. Y cuando acabó de cenar, después de estar un rato con Doris e Ingrid, las dejó viendo la televisión y se volvió a su cuarto; se preguntó por qué no podemos fiarnos de la riqueza; por qué es tan peligroso ser rico. Por su cabeza, como una nube, flotaban sombras de barrigas hinchadas que anunciaban la tormenta; y eran la presencia siniestra de una pasión, de un tesoro: el tesoro de los nibelungos. Grato final, cierto, el temor a ser rico es de ciertas personas, si no sabemos manejar con sabiduría la riqueza se nos va por los dedos o nos lleva la codicia, hay que tener temple de humanidad para aceptar que podemos ser más que felices con nuestra riqueza, sin reparos, miedo ni vergüenza. Que las panzas de los Nibelungen sigan flotando...

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